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Eco de Maria Reina de la Paz 213 (Enero-Febrero 2011)

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“Aunque el hombre llegue a olvidarse de
Dios o a rechazarle, Dios no se cansa de
llamar a cada hombre a buscarle para que
viva y halle la felicidad. Pero esta búsque-
da exige al hombre todo el esfuerzo de su
inteligencia, la rectitud de su voluntad y
también el testimonio de otros para que le
guíen en la búsqueda de Dios….”
(Catecismo de la Iglesia Católica)
Mensaje, 25 de noviembre de 2010:
“¡Queridos hijos! Los miro y veo en su
corazón muerte sin esperanza, inquietud
y hambre. No hay oración ni confianza en
Dios, por eso el Altísimo me permite
traerles esperanza y alegría. Abranse.
Abran sus corazones a la misericordia de
Dios y El les dará todo lo que necesitan y
llenará sus corazones con la paz, porque
El es la paz y su esperanza. ¡Gracias por
haber respondido a mi llamado!”
Abrid vuestros corazones
a la misericordia de Dios
La mirada de Maria penetra en lo pro-
fundo de nuestro corazón, de nuestra alma, y
ve todo aquello que nosotros no percibimos:
la miseria del corazón humano cuando per-
manece cerrado en su naturaleza humana.
La muerte sin esperanza es la desemboca-
dura natural de una vida en la que hemos
dejado de lado a Dios; la inquietud y el
hambre
indican lo incompleta que es esa
vida, el vacio en el que trascurre.
Pero, ¡Cuidado!: lo que Maria nos dice
no solo es valido para los que “viven sin
Dios”, sino también para nosotros que nos
consideramos cristianos, para nosotros que
“oramos”, para nosotros que “tenemos fe”,
para nosotros que desde nuestro corazón,
nos consideramos mejores que muchos
“pecadores”; también para nosotros, ¡Tal
vez especialmente para nosotros, son estas
palabras de Maria! No basta con decir,
“Señor, Señor” para entrar en el Reino de
los cielos, ni jactarnos de haber realizado
inmensas obras en Su Nombre; no bastan ni
las palabras ni las obras; es necesario “hacer
la Voluntad del Padre que esta en los cielos
(cfr. Mt 7, 21-23).Nosotros, que solemos dar
mucha y hasta demasiada importancia a
nuestras obras y a nuestras palabras, tene-
mos mucha dificultad en comprender y
aceptar esta enseñanza de Jesús. Pero nos
basta con dejar de razonar por un instante
según la lógica humana y entrar en la “lógi-
ca de Dios”, la que recoge el Evangelio, para
poder comprender. A pesar de los logros de
la ciencia y de la técnica, en nuestra vida
siempre faltará algo, sobre ésta pesará siem-
pre la muerte; no podemos “salvar para
siempre” nuestro cuerpo, y mucho menos el
alma, si prescindimos de Dios. Sin embargo,
desde que Dios se hizo hombre, desde la
Encarnación de Jesús, Dios ya no esta lejos
de nosotros; ahora Dios esta cerca de noso-
tros, junto a nosotros, incluso en nosotros si
así lo deseamos.
Pero nosotros rechazamos el encuentro;
nosotros rechazamos la comunicación con
El, no oramos; no nos fiamos de El. No hay
oración ni confianza en Dios, por eso el
Altísimo me permite traeros esperanza y
alegría.
Dios nos sigue esperando,
pero…¿Hasta cuando? En la tiniebla de
nuestro corazón irrumpe Maria, enviada por
Dios para seguir trayéndonos (¿hasta cuan-
do?) esperanza y alegría. Jesús lloró por
Jerusalén que no supo reconocer el tiempo
de su Visita; ¿Queremos tal vez ahora noso-
tros obviar este tiempo de Maria entre noso-
tros? ¿Queremos seguir echando una mirada
a sus mensajes mientras nuestro corazón
está cada vez más lejos y cansado de oír
siempre “las mismas cosas”? Tal vez en
alguna ocasión hayamos intentado poner en
práctica alguna invitación de Maria, pero
luego la vida nos ha reabsorbido y nuestra
posición es ahora peor que antes. Pero Ella
sigue con nosotros y sigue buscándonos,
sigue llamándonos, nos suplica y nos espera.
Este es el tiempo de la Misericordia de
Dios, última posibilidad que se ofrece a la
humanidad para su salvación, como nos dijo
Jesús a través de Sor Faustina Kowalska y
como Maria hoy nos repite: Abrid vuestros
corazones a la misericordia de Dios y El os
dará todo lo que necesitáis y llenará vues-
tros corazones con la paz, porque El es la
paz y vuestra esperanza.
En verdad, Dios
nos lo da todo, nos ha dado ya todo, más de
lo solicitado, más de lo esperado: nos ha
dado a Si mismo en Jesús. ¿Qué más pode-
mos esperar? No desperdiciemos nuestros
días aquí en la tierra sumergidos en la nada,
en lo aparente, en lo provisional: todo esto
está en poder del enemigo, del mentiroso, de
aquel que mortifica (y que mata) la esperan-
za que está en nosotros. Elevemos nuestra
mirada a Dios Padre; abramos, de par en par
nuestro corazón a El. Que esta invitación
última de este Mensaje de Maria sea nuestro
compromiso cotidiano, y así, Jesús vendrá a
nosotros. Escuchemos esta invitación de
Maria, tan parecida a esa orden dada antaño
a los siervos en Caná de Galilea, y hagamos
lo que ellos hicieron. Así, el agua que ofrece-
remos será vino celestial.
N.Q.
Mensaje, 25 de diciembre de 2010:
“¡Queridos hijos! Hoy, mi Hijo Jesús y
yo deseamos darles abundancia de gozo y
de paz para que cada uno de ustedes sea
un alegre portador y testigo de la paz y de
la alegría en los lugares en que viven.
Hijitos, sean bendición y sean paz. ¡Gra-
cias por haber respondido a mi llamado!”
Portadores y testigos
de paz y de gozo
La oración del Profeta: “Rociad, cielos
de arriba, y las nubes destilen la justicia;
ábrase la tierra, y prodúzcanse la salvación y
la justicia; háganse brotar juntamente (Is
45,8) y sobre todo, la versión de San Girola-
mo, “Rociad cielos de arriba, y que las
nubes lluevan al Justo…”, me parecen una
buena introducción a este Mensaje de Maria
que se abre con el don sobreabundante del
gozo y de la paz.
Cielos y tierra se encuen-
tran, se tocan, se compenetran. Queridos
hijos, hoy, mi Hijo Jesus y yo deseamos
daros abundancia de gozo y de paz.
Esta abundancia es plenitud, es comple-
ta. El gozo y la paz, esos bienes tan desvalo-
rizados en nuestro mundo actual, tan adulte-
rados y tan vacios de pureza, a través de las
manos y de los corazones de Jesús y Maria,
se nos ofrecen con todo su fulgor, con todo
el poder de su divina e inmaculada naturale-
za. Nos toca a nosotros saber acogerlos tal
como se nos ofrecen; conservarlos en su vir-
ginidad, protegerlos de todo uso mundano,
de todo mercantilismo, de toda apropiación
indebida. No se trata de bienes comerciales,
no son bienes privados, no nos pertenecen:
no son propiedad nuestra en ningún sentido.
Son el Soplo del Espíritu Santo, son Aliento
de Vida, son gotas que rezuman del Corazón
del Padre, que saben a Sangre inocente, que
saben a Cruz.
Paz y gozo que no aseguran poder ni
gloria humana, ni éxitos mundanos, ni satis-
facciones de ningún tipo. Paz y gozo que no
nos eximen de enfermedades, de humillacio-
nes, de sufrimiento ni de traiciones. Sin
embargo son dones de inestimable valor no
solo en la otra vida, sino ya aquí en esta tie-
rra. Paz y gozo que nos colocan en el Cora-
zón de Dios Padre, que nos libran de todo
miedo y que nos liberan de cualquier escla-
vitud; todo esto, se nos dona para que cada
uno de nosotros sea un alegre portador y
testigo de paz y alegría en los lugares don-
de vivimos.
Esta es una clausula esencial y no limita
la gratuidad del don, sino que exalta su ori-
gen divino; todo bien que proviene de Dios,
no es para uso exclusivo de uno mismo, sino
para el bien de todos. La paz y el gozo no
disminuyen si se comparten, sino más bien
crecen; es el milagro de la multiplicación de
los panes,
tan a menudo obrado por Jesús y
Enero / febrero de 2011 - Editado: por Eco di Maria, Via Cremona, 28 - 46100 Mantova (Italia)
A. 27, n. 1 - 2 "Poste Italiane s.p.a. - Spedizione in Abbonamento Postale - D.L. 353/2003 (conv. in L. 27/02/2004 n° 46) art. 1, comma 2, DCB Mantova
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siempre presente en la historia de la Iglesia,
hasta nuestros días. Todo lo que es exclusi-
vamente tuyo, se entristece, se hace misera-
ble y pronto se pudre. Lo que se nos dona,
vive y florece. En este mundo tan dividido
en castas, en grupos de poder, en clanes, en
ideologías religiosas contrapuestas, parece
prevalecer más el divisor que el Dios del
Amor; pero no es así. El sacrificio de Cristo
no es en vano y el Amor triunfará. Perma-
nezcamos en oración ferviente y asidua,
vivamos los mensajes de Maria, llevemos y
testimoniemos la paz y el gozo, que son
dones de Dios. Hijos míos, sed bendición y
sed paz
,nos exhorta Maria. Y esto es lo que
debemos ser; el resto lo pondrá Ella, lo hará
Jesús.Paz y gozo en Jesús y Maria.
Nuccio Quattrocchi
El misterio
de nuestra existencia
Intentemos recordar nuestro pasado.
Algún episodio sobre nuestra escuela, cuan-
do era muy niños… algo que hayamos vivi-
do en primera persona y que viva en nuestra
memoria de manera mas o menos nítida, a la
edad de tres años o de cinco…o incluso
antes. Nos hemos hallado viviendo esta vida
sin haberlo solicitado ni deseado; respirába-
mos e incluso teníamos un nombre cuando
todavía no éramos conscientes de ello.
¿Cuándo nos dimos cuenta de “estar
en el mundo”? Tal vez un día nos hayamos
detenido a reflexionar estupefactos, como
hacen los niños: “¡Existo! ¡Yo también
estoy!”
Cambiamos ahora de dirección y mira-
mos al futuro. Seguramente cada uno de
nosotros sabe bien lo que va a hacer maña-
na, y tal vez dentro de un mes, o de un año,
y …¿Mas allá?
Aquí es donde podríamos perdernos
entre sueños y proyectos, pues bien sabemos
lo inciertos que pueden ser. Y ¿Si mirára-
mos todavía mas adelante? Lo único cierto
es que antes o después moriremos. Y des-
pués, ¿en el mas allá?
Nuestra vida se nos da como un don: el
inicio y el final de este recorrido se nos esca-
pa, no nos pertenecen. Nadie se ha dado la
vida por si solo ni nadie es necesario para
este mundo. Me doy perfecta cuenta: todo
puede continuar su curso, incluso sin mi
existencia…
Tal vez todo esto nos baste para decir
que Dios debe existir. Un Dios que me ha
deseado, que ha pensado en mi y que me ha
plasmado como ser único, ¿Ha querido que
existiera de manera original e irrepetible en
la historia de este mundo? ¿Un Dios que me
da libertad de elección, pero que me hace
comprender que esta vida mía no me per-
tenece del todo
y que esta integrada en un
proyecto mayor?
No, no hay respuesta. Estamos nueva-
mente ante el misterio: ¡Cuánto limitada es
nuestra razón, y cuánto grande nuestra liber-
tad! Quien haya decidido que Dios no existe
hallará argumentos suficientes para no reco-
nocer los signos que nos llevan a El. Quien
en cambio permanece abierto a Su encuentro
quedará estupefacto infinitas veces ante el
misterio de nuestra existencia. Cada nueva
reflexión, cada experiencia de vida será para
él como rayo de luz que penetra mas profun-
damente esa verdad infinita que se nos reve-
lará solo en el cielo.
Francesco Cavagna
La carencia de místicos
crea aridez espiritual
Una de las causas de la disminución de
la práctica religiosa, sobre todo en los países
avanzados, es el debilitamiento de la “inspi-
ración mística”. Es lo que afirma Don Mar-
cello Stanzione, presidente de la Asociación
Milicia de San Miguel Arcángel en una
entrevista al cotidiano Zenit. “La ciencia
teológica que se estudia en las Facultades
hace bien, desde luego, en basarse en el inte-
lecto que es importante, y diría incluso
indispensable – explica Don Marcello –
pero ¡Cuidado en no caer en el racionalismo
teológico! Aquel que cuando se habla de
Angeles afirma que : “Sí, los Angeles exis-
ten;
la Biblia y el catecismo nos hablan de
ellos, pero nosotros no sabemos mucho de
ello; en efecto ellos no son muy importan-
tes, y por tanto no nos interesan mucho…”
Don Marcello, que ha escrito numerosos
libros sobre los Angeles, es también presi-
dente del Centro de Estudios de Angelolo-
gía. “Es raro – nos dice el sacerdote – hallar
cursos de teología que aborden el tema de
Angeles y demonios y esto se nota también
en la predicación de las igle-
sias donde rara es la vez que
se oye hablar de los Espíri-
tus Celestiales. La mística,
en cambio – nos dice Don
Marcello – nos da a enten-
der que Dios sobrepasa
nuestra comprensión lógica
porque es obvio que va mas
allá de ella. La carencia de místicos crea ari-
dez espiritual”.
“El clima de aridez espiritual – nos sigue
explicando –hace que muchos bautizados y
educados en la religión católica busquen
espiritualidad en los grupos de meditación
budista, “new age”(nueva era), sofista y
otros movimientos religiosos alternativos a
la Iglesia de Roma. También, referente a la
angelología, hay poquísimos autores moder-
nos católicos que se ocupan de esta temáti-
ca, mientras que en el pasado eran muchas
las obras de espiritualidad sobre los Ange-
les. Cuando entro en una librería hoy día,
me quedo decepcionado al ver que la gran
mayoría de libros sobre los Angeles son
publicaciones no católicas”, añade.
Para el Presidente de la Milicia de San
Miguel Arcángel, el místico es importante
como testigo, porque “vive en continua
unión con Dios, y de tal unión hace no solo
experiencia intelectual, sino además expe-
riencia existencial profunda y por tanto al
igual que San Pablo, podría afirmar aquello
de: “Ya no vivo yo, mas vive Cristo en mi”
(Gal 2, 20).
Finalmente, citando una frase del fraile
dominico Antonin-Gilbert Sertillanges, Don
Marcello ha dicho que “hay, sin duda, un
nexo entre santidad y exis-
tencia angelical, pero que-
de claro que nadie ha lle-
gado a ser santo por haber
visto Angeles.
¡Si hubo, en cambio,
quien llegó a ver Angeles,
porque llegó a ser santo!
Veremos angeles
Stefano Redaelli, inves-
tigador de un centro espa-
cial, cree en los ángeles y en
su libro “Arrivano in tempo”
(trad: Llegan a tiempo) narra
algunas historias sobre ellos. “Basta con que
queramos verles: pueden presentarse en el
rostro de un amigo, o en un teléfono que sue-
na en el momento propicio” nos afirma. Ste-
fano, licenciado en Física, vive y trabaja des-
de 1997 en Varsovia, donde se ocupa del
caos y del viento solar en un centro de inves-
tigación espacial. En una entrevista a
ZENIT, explica que sus colegas científicos
nunca vieron a ningún ángel en sus investi-
gaciones espaciales. “Tal vez haya que bus-
car a los ángeles sobre la tierra, y no sobre
las nubes o las estrellas” nos dice.
¿Quién son los ángeles de la guarda?
Son creaturas espirituales que nos acompa-
ñan en ese camino arduo y extraordinario
que llamamos vida, con una finalidad espe-
cifica: mostrarnos el camino, cuando nos
perdemos, ofrecernos un apoyo cuando res-
balamos, o una mano para levantarnos y
para sostenernos.
Los ángeles no pasan nunca de moda,
porque el alma nunca pasa de moda. Se pue-
de empolvar, ensuciar, enfermar, atrofiar,
podemos guardarla en un cajón; nunca esta-
rá desusada. Hay sed de luz en nuestro tiem-
po: una sed silenciosa, disimulada por sor-
bos de vida que no apagan la sed. Y se nece-
sitan signos.
Los ángeles hacen esto: muestran una
luz, un signo, hacen de puente entre cielo y
tierra. El ángel es símbolo de una espiritua-
lidad que todos anhelan. Hay quien ante la
palabra Dios sienten un
extraño temor, una sensa-
ción de trascendencia y
distanciamiento. El ángel,
en cambio ,es aceptado
con mayor facilidad. No
creo que Dios se ofenda
por ello. El ángel es
mediador entre Dios y el hombre. Si esta-
mos atentos y disponibles, el ángel nos lle-
vará a Dios. Y nos traerá a Dios.
¿Cómo podemos notar su presencia?
Debemos afinar los sentidos del alma: la
vista, el oído, el olfato, el gusto, el tacto.
Aprender de nuevo a sentir el mundo espiri-
tual. La ciencia enseña el método experi-
mental. Se cree en lo que se halla en la expe-
riencia directa, en lo que se puede medir y
reproducir. Considero que este criterio es,
en cierto modo, aplicable también al mundo
inmaterial.
Para experimentar las realidades
espirituales, debemos poner en marcha el
amor en nuestro corazón. “A quien ame, me
manifestaré” dice el Evangelio. Los ángeles
son manifestación del amor personal de
Dios hacia nosotros. A veces basta con un
modesto acto de amor para que el Cielo se
nos abra de par en par. Quien lo haya expe-
rimentado lo sabe. Podemos llegar a fami-
liarizarnos con este tipo de experiencias.
Tal vez sea la única salvación en un
mundo como el nuestro dominado a veces
por un materialismo asfixiante. Si sentimos
la sensación de no poder ya seguir respiran-
do, de no sentir ya nada mas allá de lo mate-
rial, empecemos a amar: descubriremos
entonces un mundo nuevo, aprenderemos a
habitarlo y lo echaremos de menos. Acabare-
mos prefiriéndolo. Veremos a los ángeles.”
(Zenit)
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Misterios de luz
,
misterios de transformación
de Stefania Consoli
“En el primer Misterio luminoso se con-
templa el bautismo de Jesús…” Así es como
comienza la oración del “cuarto rosario”,
que la Iglesia nos ha propuesto, hace algu-
nos años, para reflexión nuestra, por inicia-
tiva de Juan Pablo II. Y luego continua,
pasando de un evento a otro de la vida de
Jesús sin orden cronológico, ya que los
sucesos descritos se colocan en tiempos y
contextos muy diversos entre sí.
Bien es cierto, en cambio, que hay algo
que los une de modo invisible, un nexo que
derrama sobre todos la misma luz… Descu-
brámoslo.
El recorrido inicia con la escena del
rio Jordán, como ya hemos visto. El Bau-
tismo de Cristo. Distinto al que el Bautista
impartía a todo penitente que imploraba su
conversión, porque en este caso era Dios
mismo quien se sumergía en esas aguas,
para luego iniciar ese viaje mesiánico por
los lugares de Palestina, en busca de las
“ovejas perdidas” de la casa de Israel.
¿Qué sucede realmente en un bautismo?
Sucede una transformación. De un estado de
pecado heredado en origen se pasa a ser
redimidos y llamados a perfeccionarnos a
través de una vida santa. Naturalmente no
era este el caso de Jesús, Cordero inocente y
sin mancha
ya por naturaleza. Dejándose
bautizar en el Jordán, el Señor nos ha queri-
do decir que cualquier cosa que tenga con-
tacto con El, cambia, se transforma, deja de
ser como antes….
Así sucedió aquel día también con las
aguas del rio que acogieron el cuerpo de
Jesús: éstas fueron santificadas por la gracia
divina que manaba de El y sufrieron un pro-
fundo cambio, hasta el punto de transformar
en creaturas nuevas a todos los que hasta
hoy día se han dejado mojar por esta fuente
bautismal, invocando el don del Espíritu
Santo.
Este primer misterio de la luz nos propo-
ne por tanto una condición esencial en el
camino de la fe: la llamada a la transforma-
ción de todo nuestro ser, que debe dejarse
“tocar” por Dios a través de los diversos
eventos de nuestra vida. Una llamada a
sumergirse continuamente en el agua del
Espíritu que lava, purifica y elimina esos
estratos que recubren al hombre interior que
tiene necesidad de emerger de nuevo para
realizarse plenamente en la voluntad de
Dios.
Pasamos al segundo misterio: Jesús en
Caná de Galilea transforma la simple agua
en vino bueno para las bodas. Una transfor-
mación que anuncia “antes de tiempo” su
omnipotencia y el poder de la mediación de
su Madre Maria; una transformación llevada
a cabo para alegría de los comensales de ese
banquete nupcial, pero en realidad destinada
también a nosotros y a todo el mundo: la
epifanía de Dios venido a transformar en
júbilo y exultación nuestras vidas afligidas
por el mal.
De aquí partimos hacia la misión por
excelencia: en el tercer Misterio de la luz,
Jesús predica el Reino de Dios y sana a los
enfermos. Como si nos dijera: si queréis
sanar de vuestras enfermedades físicas, psí-
quicas y espirituales debéis cambiar de
mentalidad, debéis transformar vuestro pen-
samiento, vuestras ideas, vuestra manera de
ver las cosas, el mundo, a vosotros mis-
mos….mirándolas con los ojos de Dios.
“¡Queridos Hijos! – nos dice Maria en
Medjugorje- en este tiempo de gracia, con-
vertíos y poned a Dios en el primer lugar de
vuestra vida
(25 agosto 2007)…Convertíos,
hijos míos, abriros a Dios y a su plan para
cada uno de vosotros”
(25 febrero 2009).
La conversión siempre es supuesto
indispensable para nuestra verdadera sana-
ción, interior y exterior. Caminando según
las leyes del Espiritu sentimos como nuestro
corazón dia a dia se transforma y se renueva
nuestra capacidad de amar.
Démos ahora otro paso más. Subamos
con Jesús al Monte. Al Monte Tabor en este
caso. En el tercer misterio luminoso con-
templamos la transfiguración de Jesús ante
los ojos incrédulos de sus discípulos: “Y se
transfiguró delante de ellos y sus vestidos se
volvieron resplandecientes” (Mc 9,3). Cris-
to cambia su aspecto, muestra anticipada-
mente el rostro que asumirá después, una
vez que ha vencido a la muerte; su rostro
eterno, aquel que resplandece en la gloria a
la derecha de Dios Padre.
Esta vez, la transformación se hace aún
más evidente, pero lo que en verdad sor-
prende es lo que acontece en el corazón de
los apóstoles: ¡Son ellos los que cambian!
Cambia el concepto que tenían de ese Maes-
tro al que seguían de ciudad en ciudad: lo
observan en su majestad divina, completa-
mente distinta de la idea que se hicieron de
el y del Mesías, tal como la tradición lo
había presentado hasta entonces.
Orando este misterio, debemos pregun-
tarnos profundamente: ¿Qué imagen tene-
mos nosotros de Dios? ¿Qué rostro tiene
“nuestro” Jesús? ¿Tal vez el de quien com-
place nuestros pensamientos? ¿El de quien
materializa nuestros proyectos humanos y
nuestros deseos? ¿Aquel que esta encajado
en la formalidad y en la tradición?... o bien,
por el contrario, ¿Estamos dispuestos a
dejarnos sorprender por El y a dejar que nos
deslumbre con su gracia, que nos abre hori-
zontes inesperados y completamente nue-
vos?
Y para hallar una respuesta, pasamos
al quinto misterio de luz: Jesús instituye la
Eucaristía, el misterio de la mayor y más
santa transformación que puede darse: el
cambio de sustancia de un pan que se hace,
de manera admirable, cuerpo mismo de
Cristo. Una transformación increíble, no
sólo porque un puñado de harina se transfor-
ma en carne resucitada, sino porque toman-
do tan sólo un trozo de ese pan, nos transfor-
mamos, somos parte de El, entrando en pro-
funda comunión con su espíritu y su vida
misma.
Es aquí donde nuestras preguntas
hallan respuesta: Dios no es fruto de una
idea. Dios no es una imagen que se adapta a
nuestras exigencias, como un marco a un
cuadro ya hecho. Dios es una realidad viva,
capaz de transformar cada cosa, mejorándo-
la, si le respetamos por lo que es, si estamos
dispuestos a dejarnos poseer por El y a
dejarnos atraer para entrar en esa dimensión
en la que cada uno asume un aspecto nuevo,
transfigurado, purificado, para ser luego ele-
vado definitivamente al Padre. Dios es luz
purísima, y rezando con fe estos misterios,
sus rayos nos alcanzarán allí donde más
necesitemos de una transformación y así
seremos creatura nueva.
Benedicto XVI:
Sacerdotes,
sólo si unidos a Cristo
Durante un año entero el
sacerdocio ha sido centro de
atención. Mucho se ha hablado,
discutido y escrito sobre el sacer-
docio y sobre el ministerio sacer-
dotal. Permanece aún como un
tema muy amplio porque muy
profunda es la gracia ligada al
sacerdote, una gracia que brota
directamente del sacerdocio de
Cristo y que lo actualiza aquí
mismo, en la tierra.
En muchas ocasiones el Papa Benedicto
XVI ha abordado los diversos temas ligados
al sacerdocio, evidenciando que el presbíte-
ro solo puede expresar y vivir en la verdad
su ministerio si esta en total unión con Jesús.
El pasado mes de junio, en Roma, el
Papa ordenó algunos presbíteros. En esa
ocasión, ha señalado de algún modo los ras-
gos que en su opinión el sacerdote debe
tener. Mencionaremos algunos de ellos.
“Sólo quien tiene una relación estre-
cha con el Señor es tocado por El, puede
llevarlo a los demás y puede ser enviado por
El. Se trata de un “permanecer con El” que
debe acompañar siempre al ejercicio del
ministerio sacerdotal; debe ser la parte cen-
tral del mismo, incluso y sobre todo en los
momentos difíciles, cuando parezca que las
“cosas por hacer” deban ser prioritarias.
Dondequiera que estemos, y lo que estemos
haciendo, “permanezcamos siempre con
El”.
El sacerdocio no puede nunca repre-
sentar una manera para alcanzar seguri-
dad
en la vida o para conquistar una posi-
ción social. Quien aspire al sacerdocio para
acrecentar su prestigio personal y su propio
poder, ha malinterpretado el sentido de este
ministerio. Quien quiera sobretodo materia-
lizar una propia ambición, alcanzando un
éxito propio, será siempre esclavo de si mis-
mo y de la opinión pública.
Para ser considerado deberá adular:
deberá decir lo que a la gente le gusta; debe-
rá adaptarse a los cambios de las modas y de
las opiniones, y de este modo se verá priva-
do de la relación vital con la verdad, redu-
ciéndose a condenar mañana lo que hoy día
alaba. Un hombre que enfoque así su vida,
un sacerdote que vea en estos términos su
ministerio, no ama en verdad al Señor y al
prójimo, sino solo a si mismo, y paradójica-
mente, termina perdiéndose a si mismo.
El sacrificio de los cristianos es per-
manecer unidos por el amor de Cristo en
la unidad del único cuerpo de Cristo. El
sacrificio consiste precisamente en salir de
nosotros mismos, en dejarse atraer por la
comunión del único pan, del único Cuerpo y
asi entrar en la gran aventura del amor de
Dios. Así es como debemos celebrar, vivir y
meditar siempre la Eucaristía , como escue-
la de la liberación de mi “yo” (…) De este
modo debemos conocer la Eucaristía, que
resulta luego ser lo contrario del clericalis-
mo, del encerramiento en si mismo
(…)Vivir la Eucaristía en su sentido origina-
rio, en su verdadera profundidad, es una
escuela de vida, es la más segura protección
contra las tentaciones del clericalismo”.
3
Eco 213
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La oración
no son formulas;
engloba toda una vida…
Entonces orarás sin cansarte,
y si la oración no se contenta
de formulas, mantente unido a
Dios durante toda tu existencia,
hasta que tu vida
sea oración incesante”.
Basilio di
Cesarea (homilías)
P
ENSAMIENTOS
S
ENCILLOS
de
Pietro Squassabia
Dividir las tareas
Un día dijo Jesús a los suyos: “…buscad primeramente el Reino de Dios y su justicia, y
todas estas cosas os serán añadidas.” (Mt 6,33). Con estas palabras el Maestro parece pro-
ponernos la siguiente división de tareas: Yo pienso en las cosas materiales y espirituales, y
vosotros comprometeos a amar, o sea a buscar el Reino de Dios….
Este parece ser el acuer-
do que Cristo quiere establecer con nosotros; El, que nos ha donado el deseo y la capacidad
de amar. Por tanto, como necesitado, Jesús espera que nos comprometamos a amar, siem-
pre, en todos los casos, porque de este modo le damos la posibilidad de obrar en nosotros,
y a través nuestro, en los demás.
En el ámbito del Espíritu Santo, no hay un campo neutro: o se “juega” en el campo de
Dios, o en el del demonio. La falta de amor hace que “juguemos” automáticamente en cam-
po adversario y nos expone a perder y a hacerlo mal. Por tanto, a pesar de nuestras debilida-
des, comprometámonos a amar a todos, incluso al que nos obstaculiza, a quien está enojado
con nosotros, a quien nunca nos sonríe, a quien sólo piensa en sus intereses. Así, tal vez, se
nos ofrecerá el don de la paz que morará de manera estable en nuestros corazones. Así, tal
vez, haremos como Jesús, que crucificado, sonrió al “buen ladrón”, perdonándole. Así, tal
vez, se nos ofrecerá una medida rebosante. Maria, Madre del Amor, ocupe un lugar en nues-
tro corazón para que Su amor sea el nuestro, para que todos obtengan el céntuplo: Jesús.
Cuando se ama, nada ya nos preocupa, nada ya nos da miedo, según nos enseña San
Francisco de Asís: ni siquiera el lobo, que se hace hermano, ni siquiera la muerte, que se
hace hermana, ni tan siquiera el demonio, que se queda impotente. Es verdad: el amor disi-
pa toda preocupación, todo miedo, incluso el miedo a la muerte.
La sonrisa
“Regocijaos en el Señor siempre. Otra vez digo: ‘Regocijaos!”
La persona alegre sonríe y dona alegría. Dios sonríe y dio al hombre la capacidad de
sonreír siempre, porque desea que vivamos en la alegría. En realidad Jesús en la cruz no
conquistó al “buen ladrón” con discursos, sino con una sonrisa, a la que aquel hombre res-
pondió, pudiendo así entrar enseguida en el Paraíso junto al Señor. Sí, porque al Paraíso
entra solo el que sonríe; de otra manera no entraremos, nos quedaremos en la puerta hasta
que no aprendamos a sonreír….
El demonio no sonríe nunca, no sabe sonreír; es mas, odia la sonrisa por ser portadora
de bien: la obstaculiza siempre porque le recuerda el amor y la alegría que el rechazó para
siempre.
Quien sonríe sabe agradecer, ante todo, a Dios y luego al prójimo. Quien está triste y
preocupado, en cambio, no agradece y se queja siempre de todo y de todos, incluso del
Señor. Por esto satanás, el acusador, siempre quiere vernos tristes y preocupados, para que
sigamos siempre su labor: acusar a Dios y a nuestros hermanos….
Cuando sonreímos Jesús está junto a nosotros, reposa entre y en nosotros. El no puede
permanecer con nosotros cuando estamos tristes o preocupados, porque su lugar se lo cede-
mos al maligno que prefiere esos ambientes. Clara Lubich (n.d.r. fundadora del Movimien-
to de los Focolares) afirma que es muy importante sonreír porque haciéndolo, el demonio
huye. ¡Tal vez por eso el apóstol San Pablo nos invita a estar siempre alegres! Entonces,
sonriamos siempre en alegría, en toda situación…. Maria alegre nuestro corazón para poder
cantar, como Ella hizo, las maravillas de Su y nuestro Señor.
ofrecieron interiormente a la divina voluntad
para ser portadores gozosos del Misterio de
Cristo como “siervos inútiles”. Agradezco
también a todos aquellos que me dieron
ejemplo de un gran abandono en las manos
del Padre con ese amor ardiente y esa paz
radiante que nacen de la pobreza de espíritu
y del olvido de uno mismo. ¡Oro por todos
ellos, para que puedan discernir bajo la luz
de la Palabra viva el verdadero significado
del sello de Cristo, el Buen Pastor!
El misterio de la verdadera fe
Fe no es sólo creer que Dios existe, sino
permitirle a Dios que realice su proyecto de
amor en nosotros. Fe no es pensar que Dios
existe, sino dar al pensamiento de Dios el
justo lugar dentro de nosotros. Fe es Dios
dentro de nosotros….
Por tanto, rezo continuamente para que
cada sacerdote comprenda el misterio de la
verdadera fe, del sacerdocio ministerial
según el Corazón de Cristo: ¡La libertad de
Dios dentro de ellos! Rezo porque se que mi
simple oración es entregada a Dios Padre a
través de las mismas manos de Jesús sacer-
dote, y es protegida por las manos materna-
les de Maria hasta que llega al Cielo: ¡Así es
como se hace oración verdadera!
M. Grazia Caramaschi Calati
Aquel sacerdote que…
¡Cuánta belleza transfigurada vemos en
la persona del sacerdote cuando acoge la
vida de Dios dentro de sí, antes de ofrecer el
sacrificio de Cristo! ¡Cuánta paz espiritual
transmite un sacerdote que se ofrece total-
mente al Señor en sacrificio de amor junto a
Jesús! ¡Cuánta humildad se recoge en la
vida de ese sacerdote que ora junto al Señor,
simplemente permitiendo al Espíritu Santo
que sea Dios orante y obrante en El!
Los ojos de la fe ven mas allá de las apa-
riencias, mas allá de cada gesto visible
humanamente, mas allá de cualquier palabra
dicha o proclamada. Los ojos de la fe ven
mas allá de la carne que reviste al hombre en
la tierra y comprenden espiritualmente no
sólo el misterio dinámico de la divina Inha-
bitación sino también el de la comunión tri-
nitaria. El sacerdote que se ofrece al Señor
de manera activa, libre, consciente, se hace
icono de la bondad divina; se transforma en
ese canal de gracia que toca místicamente el
corazón de la gente sencilla que busca a
Dios con sinceridad.
El fruto de una plenitud
El sacerdote “lleno” de Dios habla en
virtud de un conocimiento directo del verda-
dero Dios presente en el, que atraviesa espi-
ritualmente su alma transformándola, vivifi-
cándola, purificándola y santificándola de
manera perfecta. El sacerdote que se deja
plasmar interiormente por el misterio de
amor divino, que se deja seducir espiritual-
mente por el Dios Trinidad, que se compla-
ce en escuchar las oraciones de los humil-
des, de los pobres, hallará en él mismo, el
misterio de la palabra viva y obrante, Jesu-
cristo. Sólo con este pasaje interior el sacer-
dote adquiere valor testimonial auténtico de
la Verdad encarnada. De otra manera, el
sacerdote no podrá encontrarse con Cristo
eterno sacerdote, del que proviene todo
sacerdocio, y sin el cual ningún sacerdote
puede dar fruto.
Apoyados sobre si mismos
El sacerdote que en cambio permanece
cerrado en si mismo, no permite que Dios
actué en el, que se manifieste a través de sus
actos: permanece vacio de sabiduría, vacio
de la Palabra viva, estéril en la predicación,
pobre de novedad divina, privado de esa
Presencia que bendice profundamente las
almas. El sacerdote que se apoya sobre sí
mismo, sobre sus conocimientos doctrina-
les, sobre sus costumbres humanas, sobre
sus ideas, desatiende el espíritu del Evange-
lio porque no busca en Dios la fuerza de la
fe auténtica.
Gracias a los buenos sacerdotes
Agradezco a Dios por esos sacerdotes
que me ayudaron en mi camino interior a
encontrarme realmente con Jesús. Gracias a
esos sacerdotes que muriendo a sí mismos,
esforzándose, me dieron enormes enseñan-
zas de fe en Dios y en su providencia, obli-
gándome a mirarme con amor y con firmeza
en mi interior. Gracias a esos sacerdotes que
me acompañaron a dar esos primeros pasos
sosteniéndome y que luego me protegieron
con su ofrecimiento a Dios. Gracias a esos
sacerdotes que me precedieron en mi largo
camino hacia el Reino de Dios iluminándo-
lo con su fe.
Agradezco también a todos los sacerdo-
tes obedientes a la voz del Señor y que se
ORACION PARA SONREIR
Señor, renueva mi espíritu
y dibuja en mi rostro
sonrisas de gozo
por la riqueza de tu bendición.
Que mis ojos sonrían diariamente
por el cuidado y compañerismo
de mi familia y de mi comunidad.
Que mi corazón sonría diariamente
por las alegrías y dolores que compartimos.
Que mi boca sonría diariamente
con la alegría y regocijo de tus trabajos.
Que mi rostro dé testimonio diariamente
de la alegría que tú me brindas.
Gracias por este regalo de mi sonrisa, Señor.
Amén.
(Madre Teresa de Calcuta)
4
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El
balcón
de
nuestra vida
Hay todavía oscuridad en
la casa a pesar de que el sol
comienza ya a levantarse
poco a poco. La mañana se
abre paso y jubila a la noche
con sus sombras oscuras. El
despertar nos pone en contac-
to con las realidades que deja-
mos ayer, antes de soñar tan-
tas cosas siempre inéditas…
Haces de luz atraviesan la persiana dibu-
jándose en el suelo. Parece casi un anuncio,
¡Es hora de abrir la ventana para dejar entrar
el nuevo día!
Un golpe de aire fresco embiste nuestro
cuerpo aún algo torpe; aire que alivia nues-
tro respiro y que dilata nuestro cuerpo vivo.
El primer impacto lo sufren nuestros ojos
adormecidos, que se contraen ante tanta luz,
vigilando si en nuestro entorno hay algo
nuevo…
Este podría ser el comienzo de una
mañana. Alguien de nosotros seguramente
lo habrá experimentado. Pero si nos damos
cuenta, lo mismo podemos experimentarlo
en el espíritu. Dentro de nosotros, en reali-
dad, hay una ventana interior que separa el
mundo visible del otro que representa la
eternidad….
Cuando oramos con sinceridad, cuando
nos sumergimos en el corazón de Maria,
cuando dejamos que los sacramentos actú-
en, cuando estamos en armonía con la crea-
ción….nos acercamos hacia un balcón invi-
sible desde donde, si nos asomamos con
confianza, podemos visualizar parte del
Cielo.
Ante todo, debemos abrir las persianas
de nuestro corazón con la fe, para dejar que
entre la luz de la gracia, que al igual que la
aurora nos trae vida nueva. Luego debemos
dejar atrás nuestros miedos, los pensamien-
tos egoístas, las hipocresías y las falsedades
que continuamente están presentes en nues-
tra relación con Dios, con el prójimo y con
nosotros mismos….
En nuestro interior tenemos infinitas
costumbres que nos hacen por desgracia ser
siempre iguales, incapaces de crecer y de
cambiar. Por comodidad o por temor. Por
necesidad o por escasa confianza. ¿Quién
sabe porque?….Cada individuo es un miste-
rio. Hay también quien cada día se encierra
a sí mismo para poder seguir manteniendo
el control de su propia vida a través de lógi-
cas que garantizan continuidad con un pasa-
do conocido y por tanto aparentemente ino-
fensivo….
Ayer fue Navidad. Llegó a la tierra el
Sol que nace de lo Alto. ¿Hemos acogido la
invitación a abrir de par en par todo nuestro
ser para acoger mejor Su Dia? Ese que nos
regala nuevo estupor y alegría y nos hace
respirar libremente, haciéndonos olvidar el
peso de las preocupaciones de nuestro mun-
do? ¿Hemos aceptado abandonar las “cosas
viejas”, ya usadas el año pasado, para dejar
espacio a lo que se abre hoy ante nosotros?
“Queridos hijos, en este tiempo de gra-
cia, cuando también la naturaleza se prepa-
ra a ofrecer los colores mas hermosos del
año, yo os invito hijos míos, a abrir vuestros
corazones a Dios Creador, a fin de que El
os transforme
y modele a Su imagen, para
que todo lo bueno que se encuentra dormi-
do en vuestros corazones, se despierte a
una nueva vida
y anhelo de eternidad.
(Mensaje del 25 febrero de 2010).
Reflejos de luz
desde la
tierra
de
Maria
de
Stefania Consoli
La
Encarnación
,
un
evento
ordinario
Hemos recomenzado de nuevo. El ciclo
litúrgico finalizó y enseguida ha reiniciado
de nuevo proponiéndonos la contemplación
de los misterios celestiales de la Encarna-
ción y del nacimiento del hijo de Dios. Un
ritmo conocido pero nunca igual, porque es
siempre nueva la gracia con la que se vive
los varios pasajes de la vida de Cristo.
Pero esta intensidad espiritual no está
reservada solo a los “tiempos importantes”
del año litúrgico. También los tiempos ordi-
narios
– a veces aparentemente similares –
reciben el espesor de esa Vida que hemos
acogido nuevamente en Navidad y que aho-
ra se encamina derecha y veloz hacia esa
misión pascual de salvación.
¿Cómo vivimos nosotros estos pasajes?
¿Somos en realidad espectadores externos
de estos eventos o participamos en ellos
hasta llegar a ser protagonistas? Y viendo
que la Eucaristía es máxima expresión de la
manifestación de Dios hoy sobre la tierra,
tal vez debamos preguntarnos algo más con-
cretamente: ¿Somos los que sencillamente
“van” a Misa o los que “viven y celebran” la
Misa?
“¡Queridos hijos! Os invito a vivir la
Santa Misa. Muchos de vosotros han expe-
rimentado la alegría y la belleza de la San-
ta Misa y hay otros también que no vienen
de buena gana. Yo os he escogido, queridos
hijos, y Jesús os da sus gracias en la Santa
Misa. Por lo tanto, vivid conscientemente la
Santa Misa y que cada venida os llene de
alegría. Venid con amor y acoged con amor
la Santa Misa”.
(Mens. 3 abril de 1986).
“¡Queridos hijos! Os invito a una ora-
ción más activa y a una participación más
activa en la Santa Misa. Yo deseo que vues-
tra Misa sea una experiencia real de
Dios…
(Mens. 16 de mayo de 1985).
La Encarnación de Jesus no es un evento
antiguo, no es un recuerdo o un memorial a
celebrar una vez al año. El verdadero sentido
de la Encarnación de Dios es su ingreso en
nuestra carne mortal, cada día. Habitados
por El, por su Espíritu, deberíamos saber
ofrecer a Jesús nuestros miembros para que
sean sus miembros. Ojos con los que mirar
con infinita ternura. Boca con la que decir el
bien, o mejor, bendecir. Manos con las que
consolar, cuidar, servir…Pies con los que
recorrer el camino hacia la meta correcta, sin
errar la dirección, para llegar al Padre.
Dios no puede encarnarse hoy si no le
hacemos un lugar en nosotros. Necesita
templos vivos donde colocar su corazón pal-
pitante para poder amar al mundo, para
poder visitar esas situaciones de tiniebla que
necesitan de su luz para devolver esperanza.
A El no le sirven los muros, las piedras o los
bellos discursos. Jesús quiere nuestra vida
para habitar en ella y donde poder acoger a
todas las almas que lo buscan.
No debemos hacer nada extraordinario.
Tan solo dejar que “nos mueva” como El
desea, en total libertad. Y ser obedientes a
cada impulso que reconozcamos que viene
de El. Estaremos así dispuestos en nuestro
apostolado….
Habremos así celebrado en verdad la
Navidad, si todo esto se llega a cumplir.
Habremos iniciado realmente el tiempo
litúrgico “ordinario” si somos capaces de
hacer nuestro día “extraordinario”. Es su
presencia lo que lo trasfigura. La presencia
de Cristo cambia el signo de nuestras jorna-
das, que si le son ofrecidas, se convierten en
una Misa continua, un perenne agradeci-
miento al Padre por los dones que constan-
temente nos ofrece, comenzando por el mas
valioso que es la vida.
Esforcémonos por Cristo, con Cristo y
en Cristo en vivir con intensidad cada ins-
tante que se nos regala, sabiendo llenarlo de
sentido, sin desperdiciar nada. Miremos con
compasión y con amor todo lo que aún es
limitado e inmaduro en nosotros y en nues-
tro entorno, pero sin detenernos demasiado,
sin dejarnos entretener, porque no hay ya
tiempo para las cosas que nos atañen en lo
personal y con los demás… el tiempo está
ya cerca
y lo importante es Jesús, a quien
debemos devolver todo lo creado. Comen-
cemos con devolverle nuestro pequeño
mundo. Comencemos por nosotros mismos.
El resto llegará por consecuencia. Así sere-
mos Eucaristía viva.
EXTRAORDINARIO
EN LO ORDINARIO
Tu no me pides cosas extraordinarias
Basta un copo de nieve
para que nazca un rio.
Basta una gota de agua
para traspasar una piedra.
Basta una estrella
para iluminar el cielo.
Basta una flor
para alegrar el desierto.
Basta una sonrisa
para que nazca la amistad.
Basta un si
para entregarse a la persona amada.
Basta una lagrima
para borrar montones de pecados.
Basta pocas monedas
para hacer grande un tesoro.
Tu eres un Dios extraordinario,
oh Señor,
Porque juzgas grande y maravilloso
Lo que es pequeño y ordinario,
Porque nada mides con metro y balanza,
Sino solo con el silencioso y escondido
Latido del corazón.
Ayúdame, Señor, cada día
A que te done lo mejor de mí,
Aunque sea poco, porque no me pides
Que haga cosas extraordinarias,
Sino sólo cosas ordinarias
Con corazón extraordinario.
(Anónimo)
5
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¡No es posible
vivir sin Dios!
Medjugorje, 19 de agosto de 1995, a
las 11,40 de la mañana. Salimos de la igle-
sia donde acompañé a mi esposa a la Misa.
Yo entré como espectador porque no creo en
Dios…Para pasar el rato, durante la celebra-
ción, me dediqué a contar los allí presentes:
¡Veintitrés personas, entre ellos, tres niños!
Esta cifra se me quedó grabada en la mente
porque a continuación la comparé con el
número de feligreses que suelen participar
hoy día en la Misa celebrada en italiano en
Medjugorje….
Una vez salidos de la iglesia nos dirigi-
mos a la sacristía donde el sacerdote que
acababa de celebrar la Eucaristía conversa-
ba con ciertas personas que conocí el día
anterior en el barco que nos traía de Italia.
Comenzaba a lloviznar y para no mojarnos
nos protegimos bajo los techos de los confe-
sionarios.
Tras algunos minutos de conversación, y
después de 35 años absolutamente ausente
de la Iglesia y del camino de la fe….. ¡Deci-
do confesarme! Le comunico esta decisión a
mi esposa, mirándome ella algo sorprendi-
da, pero radiante de felicidad. Fue ella, en
realidad, la artífice e instrumento principal
de mi conversión. Esta no fue rápida como
el rayo, sino un recorrido de maduración,
lleno de dudas, interrogantes y miedos….
¡No quiero ir al infierno!
Este recorrido creo que inició el día en
que se materializó en mi mente, o tal vez en
mi corazón, el siguiente pensamiento: “¡No
quiero ir al infierno!” Una exclamación que
me ha dejado perplejo, atemorizado y deso-
rientado, porque yo, víctima de mi orgullo,
no planeaba pedir ayuda a nadie.
Pero desde el Cielo, la Madre Maria velaba
por mi y se prodigaba para que ese deseo
mío de vida eterna se cumpliera a través de
mi conversión…
La lista de la compra
Entré pues en el confesionario y comen-
cé a hablar titubeando…. No estaba aún
familiarizado con este sacramento, perma-
necía anclado en su uso primitivo, antes del
Concilio, cuando era obligatorio ¡Hacer una
lista de la compra! Pero el franciscano, con
paterna dulzura, me ayudó a liberarme del
peso de los pecados que toda mi vida lleva-
ba arrastrando; pecados que a menudo no
era ni siquiera consciente de cometer y de
otros que, con solo nombrarlos, me producí-
an dolor, vergüenza e incredulidad, al pen-
sar que yo había sido el autor…
Los días siguientes fueron maravillosos.
Veía “milagros” por todas partes. Me sentía
un ser superior, un interlocutor privilegiado
y miraba de arriba a abajo a todo aquel que
vivía lejos de la fe, considerando inconcebi-
ble ese estatus….olvidando que yo estuve
en el casi toda mi vida!
El sacerdote “justo”
No podemos dejar de ver en todo esto la
mano de Maria. Las etapas fundamentales
de esta historia evidencian su presencia jun-
to a mí en los momentos cruciales. El Señor
respondió a mi invocación pidiéndole a Su
Madre que me hiciera de guía, llevándome a
Jesus y cumpliendo así su misión correden-
tora.
El Padre Carmelo que acogió mi confe-
sión tras tantos años viviendo yo en la oscu-
ridad, sigue siendo para mí una referencia
espiritual y afectiva: nos vemos solo una vez
al año en Medjugorje y este encuentro me
suscita cada vez mucha emoción y alegría.
Reconozco la intervención divina para que
fuera él quien me reconciliara con Dios
Padre. El encuentro con un sacerdote “equi-
vocado” podría haber comprometido mi
intención.
Desde entonces han transcurrido
muchos años. Con el tiempo, mi relación
con Dios se ha hecho más dulce. Sigo tocan-
do a su puerta, pero le agradezco desde ya
por todo lo que recibo…
¡No es posible vivir sin Dios! No com-
prendo cómo haya yo podido hacerlo duran-
te tan largo tiempo y como todavía ¡Una gran
parte de la humanidad sigue viviendo si El!
Ofrecerse a Jesús a través de Maria
Cada año visito Medjugorje durante un
mes y ofrezco mi servicio voluntario en una
comunidad que acoge peregrinos. Una vez
más, mi esposa me ha dado a conocer una
realidad que ha transformado definitiva-
mente mi vida: el ofrecimiento de la vida,
que te lleva a donarte en plenitud a Jesús por
los demás, a través de Maria.
Esto es lo que los miembros de la comu-
nidad que me acogen y que comparten con-
migo una profunda relación de amistad, se
comprometen a vivir. Verles de año en año
significa para mí reavivar mi fe que, en casa,
en la vida de cada día, corre el riesgo de
debilitarse. En Medjugorje, en cambio,
rodeado de su presencia, y sobretodo “abra-
zado” por Maria, todo me parece más lleva-
dero, más armonioso y me hace desear ser
mejor persona de lo que en realidad soy.
¡Gracias, Jesús, porque te has acordado
de mí y lo has hecho a través de la mano
maternal de la amada Maria!
Luciano Calati
TESTIMONIANDO
...
Siento que doy
mi testimonio con alegría
Agradezco a la Reina de la Paz porque
cada año me llama a estar junto a Ella, en
Medjugorje. También yo, como muchos
otros, he recibido “gracias espirituales” des-
de mi primera peregrinación, en 1997, a tra-
vés de su Corazón maternal. En ese lugar
siento tanta ternura y me suceden tantas
“casualidades”, que sin duda son signo de su
presencia viva. Hace que me encuentre con
personas de alma muy bella y con otras que
están necesitadas de ayuda y de comunión
espiritual.
Siento que doy mi testimonio con ale-
gría, cuando digo que la Virgen me ha lla-
mado a Medjugorje para ayudarme a crecer
en la fe y en la oración, para que sea siem-
pre mas oración del corazón, verdadera, sin-
cera, personal, sencilla; un impulso de amor,
de abandono y de confianza.
Siento que doy mi testimonio con ale-
gría, cuando digo que la Virgen me dio la
gracia de desear profundamente que todos se
salven y me ha llamado a ofrecer mi vida a
Jesús a través de su Corazón Inmaculado por
la salvación del mundo, y me ayuda a ofre-
cer a Dios un amor siempre más puro.
Siento que doy mi testimonio con ale-
gría, cuando digo que la Virgen de vez en
cuando me llama a Medjugorje para darme
nuevas fuerzas y renovar mi paz inte-
rior….Allí he aprendido lo que es la Adora-
ción al Santísimo Sacramento y ha crecido
en mi el amor por Jesus y un deseo profun-
do de entrar siempre más en su misterio.
En la última peregrinación a la que me
apunté en última instancia, me hospedé en
una pensión nueva y bella, estructuralmente
hablando, pero sentía la falta de un lugar para
recogerme en silencio a meditar todo lo vivi-
do en la jornada y estar cara a cara con el
Señor. Me doy perfectamente cuenta de que
es muy importante escoger bien donde alojar-
se, donde el alma, y no solo el cuerpo, pueda
descansar y así degustar la presencia de Dios
y de su Madre, ¡Incluso durante el sueño!
Gracias, Maria, por haberme tomado de
la mano. Gracias, por cada peregrinación a
tu tierra y gracias por presentarme a tantos
hijos tuyos.
Luisa Casarotto
Hacia esta estrella
Es necesario que todo el que adore a Cristo, mientras rema entre las olas
de este mundo, fije su mirada en esta estrella del mar – Maria, que está junto a
Dios, polo supremo del universo – dirigiendo el curso de sus vidas tomando
ejemplo de Ella.
Quien se comporte de este modo, no será abatido por el viento de la vani-
dad; no chocará contra las rocas de la adversidad, ni será tragado por el remoli-
no de los placeres; sino que llegará al puerto de la calma eterna, sin incidentes.
Fulbert
de Chartres
(www.mariedenazareth.com)
He cambiado
Hace poco tuve ocasión de pasar unos
días en Medjugorje y allí dejé mis ansias,
mis preocupaciones del trabajo y de la fami-
lia. ¡Ahora me siento distinta! He vuelto con
el deseo de recitar el Rosario junto a mi
familia, y ¡Afronto ahora todos mis queha-
ceres con una calma increíble!
Tuve ya un profundo encuentro con
Jesús hace 4 años y lo consideré una gracia
enorme, pero ha sido ahora cuando sentí el
deseo de acudir al lugar donde Maria me
esperaba ¡Desde hace ya 29 años!
El aire que se respira en Medjugorje y
cada rincón del lugar, hablan de Ella. Me la
imagino sobre esa colina, el Podbrdo, ¡Tan
difícil de acceder al inicio, pero tan fácil lue-
go de alcanzar! Es allí donde la Madre nos
espera para aligerar nuestro corazón cargado
de pecados; es desde allí que Ella nos sonríe
y nos abraza a todos.
A quien me pide información sobre
Medjugorje, le digo que no espere y que
vaya allí para comprenderla y vivirla….
Venanzia Righi
6
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Amplias vasijas
en manos de Dios
Cuando fijamos nuestra mirada en lo
íntimo de nuestro corazón, salen a relucir
todas las miserias y todas nuestras limitacio-
nes. Es entonces cuando observamos nues-
tra desnudez y nos mostramos tal como
somos realmente: necesitados de ser arropa-
dos por un Amor que vence cualquier resis-
tencia.
He vivido hasta la fecha en bella comu-
nión con mi familia, compartiendo buenas
amistades y ofreciendo mi disponibilidad en
algunas comunidades parroquiales; este
recorrido precisó de esfuerzos y dificultades
típicas del ser humano. Siempre hemos
“buscado” juntos, confiando en Dios, las
debilidades, las inevitables caídas y los
momentos de alegría.
A pesar de ello, una inquietud interior
me invadía de vez en cuando, como si se
tratase de una fisura abierta que ninguna
experiencia humana puede cerrar. Me he
sentido a menudo como un campo que nece-
sita de la lluvia para florecer. Muchas fue-
ron las veces que tendí mis brazos en espe-
ra de respuestas….
He esperado confiadamente y el
Señor, a su debido tiempo, me ha abierto
un nuevo camino,
me ha levantado. Recibí
grandes dones en mi vida, sin del todo mere-
cerlos; entre ellos, la alegría de numerosos
encuentros significativos, y así pude experi-
mentar que nuestra existencia está basada en
estos encuentros que nos desvelan el Amor
que el “Eterno sin tiempo” siente por sus
creaturas.
La viva experiencia de Medjugorje, la
presencia de Maria y de su Hijo, el Amor
Trinitario que encontré también entre los
consagrados de una Comunidad
hicieron brecha en mi coraza.
Comprobé que el Señor está vivo,
se hace presente en el hombre y
obra en nuestra vida de manera
concreta.
Su amor nos invita a la
transformación, se dilata en
nosotros, y pasa de ser pequeña
llama a un gran fuego, basta con
que nos fiemos. Nuestra vida debe
recomponerse pero no con nuestros esfuer-
zos; aunque sean buenas nuestras intencio-
nes, no podemos obrar solos. El Señor entra
en nosotros, amplias vasijas, y nos plasma
como arcilla entre sus manos. Acogidos por
El, podemos caminar, una vez renovados, y
los miedos ya no habitarán en nosotros.
A menudo buscamos cambios que den
más sentido a nuestro presente. El Señor
es en realidad la novedad que buscamos,
precisamente El, que quiere sólo nuestro
bien, que nos transforma; nosotros tan solo
debemos levantar nuestra mirada al Cielo y
orar a Dios Padre, para que nuestra vida
pueda ser santa y bendita.
Esto nos lleva a ver a los demás como
personas a las que encontrar y amar: de
esto tiene necesidad cada uno. Dios mismo,
sin que se lo pidamos, halla el tiempo para
nosotros y nos asiste en nuestra fragilidad,
en nuestras dudas, sobre todo cuando vemos
lo amplio que es el camino y los pasos que
aún nos faltan por dar. San Pablo nos dice
que “ni siquiera sabemos lo que conviene
pedir, pero el Espíritu Santo
intercede por nosotros…”
Nada está aún conclui-
do en mi vida, pero, con estu-
por, siento que el Señor quiere
llenar de su paz mi corazón, y
todas nuestras almas. Cada
momento es una Gracia para
ofrecer y cada encuentro un
don nuevo para compartir.
También Maria nos
mira con ojos atentos de madre y ensan-
cha abiertamente su amor, llevándonos has-
ta su Hijo. Muchas personas en estos años,
se han arrodillado y han orado también por
mí, por mi familia, por mis hijos, por mis
amigos más queridos….confirmando que
Jesús se hace presente en la espiritualidad
de nuestras relaciones.
Todo es don y agradezco al Señor tam-
bién por los que “abrieron” mi corazón y
“partido” su Palabra; puedo aún verla encar-
nada, vivida y realizada en muchos compa-
ñeros de viaje que me preceden. Este es un
bien tan grande que el Señor nos ofrece para
que renovemos cada día nuestro “sí”, sea-
mos testigos y anunciadores de su Amor y
tengamos vida plena.
Lidio Piardi
Yo no os abandonaré…
Los mensajes que la Reina de Paz confía
cada mes a la vidente Mirjana llevan gene-
ralmente un sello muy profundo.
Con
pocas frases la Santa Virgen consigue trazar
para todos nosotros un denso plan de vida
espiritual. Son como diminutas perlas que
debemos acoger con sumo agradecimiento y
responsabilidad, no debemos leerlos para
luego abandonarlos esperando al próximo,
movidos por esa insaciable ansia de noveda-
des y de “signos extraordinarios”. Las invi-
taciones de Maria deben ser asimiladas,
confrontadas con nuestro propio comporta-
miento y luego traducidas en vida vivida.
Solo así valoraremos sus palabras. Solo de
este modo daremos razón a su venida a la
tierra. Solo así daremos las gracias al Padre,
por enviarnos a su Madre e instruirnos, por
devolvernos enteramente nuestra dignidad
como hijos suyos.
Si nos fijamos bien, Maria nos habla
siempre de su Hijo Jesús. El debe ser nues-
tro ejemplo a imitar, para llevar a cabo el
programa de conversión que la Madre nos
propone. El Verbo se ha hecho hombre pre-
cisamente por esto; para enseñarnos que es
posible vivir aquí en la tierra cumpliendo en
cada cosa la voluntad de Dios; permane-
ciendo en nuestra pequeñez, en nuestra
mansedumbre y en nuestra sencillez. Sin
Jesús no podemos avanzar en nuestro cami-
nar, leemos en un mensaje…Debemos acep-
tar esta realidad: Le necesitamos, nadie más
nos puede llevar a la meta, a la realización
de esas promesas de felicidad eterna que
nuestras almas tanto anhelan. El Reino de
los Cielos es ya una realidad presente en
nosotros, pero sólo si aceptamos un serio
camino de purificación, podrá el Espíritu
Santo generarlo en nuestros corazones. Sólo
si aceptamos renunciar a toda autosuficien-
cia, entregando a Maria nuestro ser, se
encenderá en nosotros la luz de la vida, esa
que ahuyenta toda tiniebla y disuelve cada
temor…
No estamos solos. Ella no nos abando-
nará. Nos lo promete. Por tanto debemos
creerle, sin incertidumbres que puedan
retrasar nuestro caminar. No estamos solos,
porque la Madre está con nosotros. No esta-
mos solos, porque hay muchos hermanos en
el mundo que escuchan estos mensajes y
desean progresar en ese camino de santidad
que Maria nos propone en Medjugorje. Una
auténtica y verdadera familia, la familia de
Dios…
Aceptarnos y amarnos con el amor
de Dios es en verdad ¡Otra cosa muy distin-
ta! Caen así los “muros de separación”,
desaparecen los conflictos, las celosías, las
envidias, las rivalidades. Porque en El hay
lugar para todos, y cada uno ocupa el
suyo…
La comunión en Jesús es condición
esencial para ser Iglesia. No somos viajan-
tes solitarios en búsqueda sólo de nuestra
necesidad. Estamos llamados a caminar jun-
tos, sosteniéndonos unos a otros, animándo-
nos, consolando a los más débiles y ofre-
ciendo nuestra propia vida como alimento
cuando tengamos que afrontar los pasos más
duros y más comprometidos.
Solo así seremos en verdad cristianos, es
decir, de Cristo; gente capaz de discernir por
sí misma la verdad, el bien y el mal….Gente
capaz de escoger y de usar de la mejor
manera su libertad….Gente capaz de morir
a sí misma y a sus propios caprichos con tal
de obedecer a la voluntad del Padre….De
esta manera crearemos la familia de Dios,
tal como la desea Jesús!
No estamos solos. Ella nos ayudará. ¡Y no
nos abandonará!
Mensaje del 2 de noviembre de 2010
¡Queridos hijos! Con perseverancia y
amor maternal os estoy trayendo la luz de
vida para destruir la oscuridad de la muer-
te en vosotros. No me rechacéis, hijos míos.
Deteneos y mirad dentro de vosotros mis-
mos y ved lo pecadores que sois. Sed cons-
cientes de vuestros pecados y orad por el
perdón. Hijos míos, vosotros no aceptáis
que sois débiles y pequeños, pero podéis ser
fuertes y grandes al hacer la voluntad de
Dios. Dadme vuestro corazón limpio para
que yo pueda iluminaros con la luz de vida
que es mi Hijo. ¡Gracias!
Mensaje del 2 de diciembre de 2010
¡Queridos hijos! Hoy oro aquí con voso-
tros para que encontréis la fuerza de abrir
vuestros corazones, y de esta manera, cono-
cer el inmenso amor del Dios sufriente.
Gracias a ese amor Suyo, bondad y dulzura,
yo estoy con vosotros. Os invito para que
este tiempo particular de preparación, sea
tiempo de oración, penitencia y conversión.
Hijos míos vosotros necesitáis a Dios. No
podéis seguir adelante sin mi Hijo. Cuando
comprendáis y aceptéis esto, se realizará lo
que se os ha sido prometido. Por medio del
Espíritu Santo nacerá en vuestros corazo-
nes el Reino de los Cielos. Yo os conduzco a
eso. ¡Gracias!
Mensaje del 2 de enero de 2011
¡Queridos hijos! Hoy os invito a la
comunión en Jesús, mi Hijo. Mi Corazón
Materno ora para que comprendáis que sois
la familia de Dios. Por medio de la libertad
espiritual de la voluntad, que os ha concedi-
do el Padre Celestial, sois llamados a cono-
cer en vosotros la verdad, el bien o el mal.
Que la oración y el ayuno abran vuestros
corazones y os ayuden a descubrir al Padre
Celestial por medio de mi Hijo. Con el des-
cubrimiento del Padre, vuestra vida se
orientará al cumplimiento de la voluntad de
Dios y a la creación de la familia de Dios,
tal como mi Hijo lo desea. Yo no os abando-
naré en este camino. ¡Gracias!
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Villanova M., 6 de enero 2011
Resp. Ing. Lanzani - Tip. DIPRO (Roncade TV)
Don Ángelo,
desde su corazón mariano
un mensaje para todos
de La Redacción
Cuando empiezas a leer
este libro “de recuerdos”,
en un santiamén llegas a su
final…Se lee muy rápido, si
bien en esas páginas hay
toda una vida, densa e
intensa. Es la historia de
nuestro querido Don Ángelo, creador y
padre del ECO y sobretodo sacerdote con
carisma muy espiritual y moral. El libro
nace a los diez años de la muerte de Don
Ángelo, y narra su vida a través del recuer-
do de todos los que compartieron junto a él
diversos momentos de su vida, los que le
acompañaron como pastores y los que le
siguieron como ovejas de un rebaño fiel.
Hablan los Obispos de su diócesis a los
que Don Ángelo se dirigía con enorme esti-
ma y afecto filial, e incluso con audaz since-
ridad cuando se trataba de defender a Medju-
gorje y la necesidad de “hacer eco”, en su
pequeño boletín, de los mensajes de la Reina
de la Paz, sin tener que comprometer institu-
ción alguna. Naturalmente, el conflicto inte-
rior “Eco-parroquia” le afligía un poco por-
que sentía restar tiempo a la preparación de
los feligreses para dedicarlo a la “Parroquia
mas grande”, la de los lectores de Eco: “No
tengo ninguna duda, que quede bien claro –
escribía a Monseñor Caporello- pero el con-
flicto Eco-parroquia lo vivo siempre. Pero
otras veces me consuelo pensando que Eco
me ahorra labores inútiles como la de ir
detrás de alguien, a dar explicaciones…Lo
que es realmente alimento espiritual lo reve-
lo a todos, a todos lo que me lo piden…No
tengo dudas sobre la obra que llevo a cabo y
que pienso es bendecida, porque nace de la
nada y halla siempre lo necesario. El interés
y las peticiones del Eco van creciendo….yo
no hice nunca nada para darle publicidad y
divulgarlo, la sencillez del aspecto del mismo
ya habla por sí sola. Eso significa que el con-
tenido tiene su valor, al ser cada vez más soli-
citado. ¿No será tal vez Maria la que mueve
ese interés en estos tiempos nuestros de oscu-
ridad? Si me pide esta labor, ¡Seguro que me
dará la fuerza para realizarla! Los hechos
valen más que las palabras. Fueron los mis-
mos parroquianos los que confirmaron la
bondad de la obra poniéndose gustosamente
al servicio de Eco, ayudando en la asistencia
y en los envíos. Conflicto resuelto.
Habla su hermana, Sor Chiara, monja
carmelitana y confidente suya, a la que Don
Ángelo confía pensamientos fraternos y
familiares, pero también reflexiones espiri-
tuales profundas: “Me decía: la cruz acom-
paña siempre a quien hace el bien, porque el
espíritu del mundo está en contradicción
con quien hace el bien, con el Evangelio-
escribe Sor Chiara. Así fue para Jesús, que
tuvo que afrontar dificultades e incompren-
siones con amor y serenidad. Todo esto, me
daba cuenta, afinaba su espíritu y su com-
portamiento”.
Don Ángelo sabía que podía contar con la
vocación orante y confiada de su hermana y
a ella le confiaba sus certezas, sus indecisio-
nes, sus alegrías y sus preocupaciones. A
ella le pedía “oraciones en soledad” para ese
8 de diciembre, día de la Inmaculada, tan
significativo para la huella del alma: preci-
samente él nació ese día, y en esa fecha reci-
bió su primera Eucaristía: “Así me ofrecerás
a Ella, que ha guiado mi vida”, escribía.
Hablan sus “jóvenes”, esos que duran-
te años se dejaron plasmar por su sabiduría
inspirada que les acercaba a Cristo, a Su
Palabra, a la oración viva y ardiente, a las
meditaciones pero también a las distraccio-
nes sosegadas y alegres. “No tardé en descu-
brir sus enormes virtudes: generosidad, bon-
dad, pero también firmeza, ideas claras en
cuanto a metas educativas. Me pidió que
pusiera orden en mi vida, lo que conllevó
una mayor responsabilidad en mis deberes
como hijo, estudiante y joven católico”
recuerda Enzo.
Hablan sus colaboradores, los que en
determinados momentos le ayudaron a ser-
vir al Eco en sus variados compromisos.
Hablan, nos cuentan y le agradecen porque
cada uno de ellos se sintió acogido y valora-
do.
Y por último, es su enfermedad la que
habla, la que le llevó a las puertas de la eter-
nidad. Habla en las lecturas y en los mensa-
jes escritos y dictados, ya que su mano no se
sustentaba ya para poder escribir: “Hasta
que pueda, celebraré la Misa….pero ¿Es
justo vivir en función de la salud? Pues bien,
te lo he dicho todo, el Señor sigue visitándo-
me, concediéndome sus gracias….queda
claro que sólo en El debemos esperar y que
todo lo demás nos sobra. La Virgen me da la
seguridad de que permanece junto a mí.
¡FIAT! Y añade: “…sea alabado el Señor,
en cuyas manos está depositada mi suerte y
que me mantiene despierto ante la idea de la
eternidad.”
A este respecto, Monseñor Busti, actual
obispo de Mantua, escribe en la presenta-
ción: “Sufrir, ofreciéndose, es Evangelio
aplicado.
De todos modos, saber morir no
es fácil. Creer que vivimos para morir y que
se muere para vivir, es el mayor testimonio
que un sacerdote puede dar a sus fieles.
Aquí es donde el “Credo” pasa de palabra
profética a estar llena de Aquel en el que
hemos creído.
Los lectores escriben
Linda Cunningha-Dominguez, desde
Londres, Inglaterra: “Os pido aceptéis mi
donativo para vuestros gastos de envío.
Estoy enferma y no puedo trabajar. Por esto
mi contribución es modesta, pero conozco a
mucha gente que viaja a Medjugorje gracias
a Eco y los que no pueden ir, reciben nume-
rosas gracias leyendo este periódico.”
Anurée Bétot, desde Saint Avit, Fran-
cia: “Gracias de corazón por vuestro valio-
so Eco. Gracias a vuestro pequeño periódico
he viajado por primera vez a Medjugorje
este año en autobús”.
Sor Edesia Rossato, desde Quito,
Ecuador: “Gracias por el valioso Eco que
tan amablemente seguís enviándome. Espero
siempre vuestro boletín ¡Como si viniera
Maria a visitarme! El Señor siga bendiciendo
a todas las almas que salváis con vuestro
sacrificio, que esta obra mariana os deman-
da.”
Stefania Dobosova Ruzomberok, des-
de Eslovaquia: “Sería feliz si seguís
enviándome el Eco. Una vez leído, lo paso a
otros para que los maravillosos pensamien-
tos que contiene, dictados por el Espíritu
Santo, se divulguen. En vista de que sólo se
divulga gracias a donativos, no sólo en Eslo-
vaquia, trataré de ayudaros también econó-
micamente.”
Jaqueline Hiver, desde Saint Calais,
Francia: “Gracias por el nuevo ejemplar de
Eco de Maria, tan vibrante de entusiasmo,
de alegría, de virtudes teologales, de fe, de
esperanza y caridad que la Santa Virgen nos
transmite en Medjugorje. Me gusta leer y
releer los diversos mensajes que manan de
una fuente pura y fecunda. ¡Gracias por
todos estos artículos maravillosos!”
Jean Wexler, desde Soultz, Francia:
“Recibo el Eco de Maria con enorme ale-
gría. Gracias de todo corazón por vuestra
labor y por vuestra devoción. Maria y su
Divino Hijo os recambiarán con el céntu-
plo.”
A.Breysse, desde la República de
Togo: “Deseo siempre recibir el Eco de
Maria para alimentar y cultivar la devoción
mariana de mis feligreses. Os lo agradezco
de antemano y os encomiendo en las oracio-
nes maternales de la Virgen Maria.”
Ayeko Ovoudougnon, desde Togo:
“Con gran respeto os pido que me envíes el
Eco para una distribución en el amor de
Jesucristo, mirando a una evangelización
para gloria de Dios y salvación de las
almas.”
Robert Courchesene, desde Montreal,
Canadá: “Soy miembro del orden Francis-
cano secular de la fraternidad Santa Familia,
en Montreal. He distribuido ejemplares del
Eco a miembros de mi fraternidad y ¡Todos
lo apreciaron! Gracias…”
El Eco de María
vive sólo de donativos
que pueden hacerse
por VÍA BANCARIA:
Associazione Eco di Maria
Banco de Valencia
(Grupo BANCAJA)
IBAN: ES59 0093 0999 1100 0010 2657
CUENTA CORRIENTE Nº:
0093 0999 11 0000102657
Para nuevas suscripciones o para
modificaciones en la dirección escribir a la
Secretaría del Eco
ECO DI MARIA
Via Cremona, 28 - 46100 Mantova -
Italia
E-MAIL: eco-segreteria@ecodimaria.net
Eco en Internet: http://www.ecodimaria.net
E-mail redacción: ecoredazione@infinito.it
¡Que Jesús,
la Palabra y la Sabiduría de Dios,
nos ilumine en nuestra vida!
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