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Comentario del Mensaje, 25 de octubre de 2004

QUE JESUS ESTÉ EN EL CORAZON DE VUESTRA FAMILIA

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¡Queridos hijos! Este es un tiempo de gracia para la familia y por eso los invito a renovar la oración. Que Jesús esté en el corazón de vuestra familia. Aprendan, en la oración, a amar todo lo que es santo. Imiten la vida de los santos, que ellos sean para ustedes un incentivo y maestros en el camino de la santidad. Que cada familia se convierta en testigo del amor en este mundo sin oración ni paz. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!

Nuestra Madre celestial María en su mensaje se dirige a las familias. Nadie como Ella tiene tanta experiencia y virtudes tales con relación a la vida familiar. María fue adolescente y novia - esposa de José y virgen - madre del Hijo de Dios y viuda después de la muerte de José. Sintió y vivió todas las alegrías y penas del nido familiar, los entusiasmos y las angustias, los miedos y la muerte, todo eso hasta la tragedia más dolorosa, la del Hijo crucificado. Vivió la fiesta pascual con el Hijo resucitado que finalmente la llamó a reinar. Comenzó sirviendo humildemente y terminó reinando en el Cielo.

Ella no goza solamente de la gloria celestial sino que viene a visitarnos, se aparece y cuida de nosotros, sus hijos, que estamos recorriendo todavía el camino que nos lleva al objetivo final y a la gloria. Por eso dirige su palabra, llama, aconseja y enseña. Las palabras de María son claras y simples y se refieren a nuestra vida cotidiana, a nuestras relaciones en la familia en que nace y se educa la vida del hombre. Por eso para María como madre, la familia, padres e hijos, es tan importante. Nadie está más cerca de los padres que sus hijos. Su amor hacia los hijos los impulsa a cumplir la primera y más grande responsabilidad de los progenitores - la educación de sus hijos. Esa responsabilidad es más grande que todas las tareas profesionales y oficiales, que todas las tentativas de hacer carrera en la sociedad. San Pablo decía: “El que no se ocupa de los suyos, sobre todo si conviven con él, ha renegado de su fe y es peor que un infiel.” (1 Tim 5,8) María es para nosotros un ejemplo de educación y un modelo de vida familiar. María lleva en su corazón un tesoro que desea entregar también a nosotros. Los Evangelios testimonian: “Mientras tanto, María conservaba estas cosas y las meditaba en su corazón.” (Lc 2,19) El mismo evangelio destaca: “Su madre conservaba estas cosas en su corazón.” (Lc 2,51) En María tenemos ese tesoro maravilloso de la sabiduría de Dios que Ella nos desea dar a nosotros y a nuestras familias. El modo de educar de María en el ámbito de los hechos humanos fue, mirado desde fuera, tan común que nadie en Nazaret pudo vislumbrar al Mesías y a Dios en el Hijo de María. María era exteriormente tan común como lo son sus mensajes en los cuales se esconde la vida de Dios para nosotros. Mirado desde dentro, el modo de educar de María fue inusual en su simplicidad, perfecto en todos los aspectos y procedimientos, puesto que estaba consciente de que estaba educando humanamente al Santo de los Santos. Para tal educación necesitaba tener un corazón perfecto y un alma en armonía, y de eso no carecía la Inmaculada y la Llena de gracia.

María nos llama a la santidad. Y la santidad es algo inusual en la vida común de las personas. Es sabido que no educa a los hijos en primer lugar el conocimiento pedagógico profesional sino el comportamiento ejemplar de los padres. Existen muchos profesionales en el ámbito de la pedagogía científica que no han educado bien a sus hijos, pero también hay muchas madres analfabetas que educaron maravillosamente a los propios hijos. La madre educa mejor con su ser y bondad que con su conocimiento profesional.

María nos llama a renovar la oración y a través de la oración se renovará nuestro corazón y nuestra familia. Jesús está a la puerta de cada familia con el deseo de entrar y de compartir con nosotros. El llamado a la puerta de Jesús podrá ser escuchado por la familia que ora junta. No permitamos que nada excepto Jesús esté en el centro de nuestras familias.

Fr. Ljubo Kurtovic
Medjugorje, 26.10.2004



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