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Comentario del Mensaje, 25 de mayo de 2003

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¡Queridos hijos! También hoy los invito a la oración. Renueven su oración personal y especialmente oren al Espíritu Santo para que les ayude a orar con el corazón. Intercedo por todos ustedes, hijitos, y los invito a todos a la conversión. Si ustedes se convierten, alrededor de ustedes todos serán renovados, y la oración será alegría para todos ellos. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!

La Bienaventurada Virgen María durante todos los años de apariciones, con el mismo amor y la misma exigencia dice: “Hoy los invito a la oración’. En estas breves palabras puso su corazón y su amor hacia nosotros, sus hijos. Ella anhela y desea que nos convirtamos, y eso quiere decir también que seamos felices. Ella no predice el futuro ni satisface nuestra curiosidad humana, sino que nos habla justamente de lo que Dios quiere de nosotros. Por el hecho de haber concebido a la Palabra de Dios, Cristo, Dios nos dice todo por medio de Ella, nos dice lo que para nosotros es lo más importante.

“Renueven vuestra oración personal’. María habla a cada corazón. No se dirige a las masas, sino que al individuo, a la persona, con nombre y apellido. Se trata de mí y de ti. Ella sabe bien de que el mundo se puede cambiar solamente si se empieza por el individuo. Nada sucederá si esperamos que él otro cambie, que sea mejor, que comience a orar, perdonar y vivir de manera más consciente y responsable su vida y su fe. Es más fácil cambiar y vencer a los demás que a nosotros mismos.

La oración es un medio que nos ayuda a transformarnos. Si la oración no nos cambia, entonces deberíamos cambiar nuestra oración y nuestra forma de orar. La oración por la oración no tiene sentido si acaso no nos cambia, si el corazón por medio de la oración no crece ni se acerca a Dios. Por eso nos dice: “Oren al Espíritu Santo’. San Pablo en la carta a los Romanos dice: “Igualmente, el mismo Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad porque no sabemos orar como es debido; pero el Espíritu intercede por nosotros con gemidos inefables.’ (Rom 8,26)

Un orante reza de esta manera: “Ven, Espíritu Santo, a nuestras ciudades, a nuestros hogares, a nuestras familias, a nuestras actitudes, a nuestros corazones. Sin Ti leemos libros, y no nos hacemos sabios, sin Ti hablamos mucho, y no nos acercamos. Sin Ti todo es para nosotros acontecimientos, hechos y números. Sin Ti nuestra vida se diluye en días sin sentido. Sin Ti no hay fidelidad. Sin Ti los pensamientos se vuelven desvarío. Sin Ti la técnica nos separa. Sin Ti las iglesias se convierten en museos. Sin Ti la religión es palabrería. Sin Ti nuestra sonrisa se petrifica. Sin Ti el ambiente que nos rodea se convierte en desierto. Ven, Espíritu Santo, nuestro vacío implora tu plenitud. Ven, Espíritu Creador, habita en nuestro mundo.’

Podríamos y deberíamos continuar orando e invocando al Espíritu Santo, a fin de que venga y descienda en todos los lugares de nuestra vida en que aún no está. Es necesario que venga y descienda también en nuestras familias en que hay incomprensión, maltrato, aprovechamiento y acusación. Que vaya donde reinan el odio, la blasfemia, la embriaguez y la inmoralidad. En los lugares en donde la gente está cautiva, atada por el pecado y desesperados.

“Si ustedes se convierten, alrededor de ustedes todos serán renovados’. Es imposible que los que nos rodean permanezcan siendo iguales, si acaso nosotros estamos en el camino de la conversión. Por eso nos dice en el mensaje del mes pasado: “Decídanse también hoy por Dios para que El, en ustedes y a través de ustedes, cambie el corazón de los hombres y también el vuestro.’

Por todo eso, Dios nos envía a Su Madre María. Y en los lugares donde se aparece brota y florece la presencia del Espíritu Santo. Muchos lo experimentaron al peregrinar a Medjugorje con el corazón abierto y arrepentido, con el deseo de acercarse a Jesús por María. Donde está María, se hace presente también el Espíritu Santo. Ella es la Esposa del Espíritu Santo. Lo sabemos con seguridad por las palabras del ángel Gabriel: “El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra’ (Lc 1,35), y por las palabras de Jesús a los apóstoles para que se quedaran en la ciudad esperando la venida del Espíritu prometido, y por lo que ellos esperaron Pentecostés en oración con María en la Sala de la Ultima Cena. Que la Pentecostés que se avecina no sean sin espíritu - sin el Espíritu de Dios que Dios nos quiere dar por medio de María.

Fr. Ljubo Kurtovic

Medjugorje 26.05.2003.



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