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Comentario del Mensaje, 25 de agosto de 2002

PIDAN A DIOS EL DON DE LA FE

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¡Queridos hijos! Aún hoy estoy con vosotros en la oración, para que Dios les dé una fe más firme. Hijitos, vuestra fe es pequena y vosotros ni siquiera sois conscientes, a pesar de eso, hasta qué punto no estáis dispuestos a pedir a Dios el don de la fe. Por eso estoy con vosotros, hijitos, para ayudarlos a comprender mis mensajes y a ponerlos en vida. Orad, orad, orad, solamente en la fe y la oración, vuestra alma encontrará la paz y el mundo la alegría de estar con Dios. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!

La Madre María, la Reina de la Paz nos confirma en la fe y en la seguridad, al prometernos su presencia. Ella, que estuvo presente en los momentos más difíciles de la vida de Cristo, ha estado y estará siempre con la Iglesia de Cristo y con todas las generaciones hasta hoy en día. Ella estuvo junto a los apóstoles en oración esperando la promesa que de lo alto llegase el poder y la fuerza del Espíritu Santo. Ella es creyente y viajera que camina con nosotros, ora y cree con nosotros. Con Ella, elegida de Dios, nuestra fe es mayor, el amor más fuerte y la esperanza indestructible. La fe es una gracia y un don. La recibimos de Dios, y Dios se sirve de las personas para ofrecernos su salvación. Por eso nos ha dado la Iglesia en ese camino de fe, y en la Iglesia, nos ha dado a la Madre María y a sí mismo. Sin fe, nuestra vida es prácticamente inconcebible. El niño cuando nace, cree a sus padres, y así puede crecer y desarrollarse en paz y seguridad. Por eso puede abandonarse en el regazo de sus padres sabiendo que lo recibirán y protegerán. Creer significa también saber. Sin fe no podemos crecer en conocimiento, no podemos movernos libremente, tenemos miedo de todo. Lo opuesto de la fe es el miedo, la desconfianza. El hombre que no cree en los demás, debe defenderse, protegerse y vivir permanentemente en el miedo y en la tensión de que otros lo puedan agredir, asesinar o le puedan robar. El fundamento de nuestra vida es la fe y la confianza en Dios y luego, en las personas que Dios ha puesto en nuestro camino. Vivir sin fe, es como levantar una casa sobre la arena que en cualquier momento puede derrumbarse.

Jesús de sus discípulos pidió la fe. Dijo: “Tu fe te ha salvado”. Aunque es Jesús quien salva. Pero es como si hubiera querido decir: “Por medio de tu fe has permitido que te ayude. Por medio de tu fe me has abierto la puerta por la cual he podido entrar a traerte mi salvación y curación.” En el Evangelio vemos como Jesús no puede hacer muchos milagros en la gente que se le acerca por interés, por curiosidad y sin confianza en su persona. Es necesario implorar la fe, tener la fe de esa mujer del Evangelio que estuvo enferma durante doce años, que se acercó a Jesús con la fe de quien espera de El la salvación y la salud. Muchos tocaron a Jesús, pero esa mujer al tocar a Jesús fue la única que pudo sanar, y Jesús sintió una fuerza que había salido de él. Se curó porque le dijo a Jesús con todo su corazón: Sí. Tuvo el valor de entregarse y darse a Jesús porque El pudo darse a ella. Creerle a una persona significa también conocerla. Sin la fe, eso es imposible. Y Dios es esa persona. Uno se puede acercar a una persona solamente con un corazón abierto, con un corazón que se da y está dispuesto a aceptar al otro como un don. A Dios no lo podemos conocer completamente porque es siempre nuevo y diferente. Dios desea siempre sorprendernos. Con El nunca nos sentimos aburridos. La oración puede llegar a ser aburrida pero Dios nunca. Si la oración se nos hace difícil, eso es un signo de que hay mucho egoísmo que debe morir en nosotros, a fin de que Dios pueda irrumpir en el primer lugar en nuestra vida.

El pecado en nosotros nos ha quitado la fuerza para todo bien. Por eso experimentamos que es difícil orar, es difícil perdonar, amar, confesarse, ordenar nuestra vida según los mandamientos de Dios. Por eso la Madre María, nos advierte - no están dispuestos a pedir a Dios el don de la fe porque no conocemos ese don y no sentimos necesidad de él. Crecer en la vida espiritual significa fortalecer las virtudes de la fe, de la esperanza y del amor en nosotros. Quién puede decir, yo creo plenamente en Dios, amo a Dios de modo perfecto, yo mantengo la esperanza incólume. Nos damos cuenta que siempre podemos crecer más y mejor en la fe, la esperanza y el amor. Podemos crecer hasta la plenitud de Cristo en nosotros porque hemos sido creados a su imagen. Por eso la Virgen viene a visitarnos, por eso nos habla, no permitiendo que permanezcamos en nuestra paz, sino desea ofrecernos la paz de Su corazón que se ha entregado a Dios.

Fr. Ljubo Kurtovic

Medjugorje, 26.08.2002



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