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Comentario del Mensaje, 25 de diciembre de 2001

SEAN UN SIGNO EN ESTE MUNDO TURBADO

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¡Queridos hijos! Hoy los invito y los animo a la oración por la paz. Los invito especialmente hoy, trayéndoles en mis brazos a Jesús recién nacido, a unirse a El por la oraicón y llegar a ser un signo para este mundo turbado. Anímense los unos a los otros, hijitos, a la oración y al amor. Que vuestra fe sea para los otros, un estímulo para creer más y amar más. Los bendigo a todos y los invito a estar más cerca de mi Corazón y el Corazón del Niño Jesús. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!

En el mensaje anterior del mes de noviembre, poco antes del tiempo de Adviento, la Virgen nos llamó a preparar nuestros corazones para la venida del Rey de la Paz, quien es el único que puede y desea dar paz al corazón del hombre, del cual viene el odio y el amor, el perdón y la venganza, la paz y la turbación. En el corazón del hombre surgen las decisiones por el bien o por la guerra. Sin Jesús la paz es imposible. Vanos son todos los esfuerzos humanos, iniciativas y políticas para establecer la paz. La turbación y el odio vienen de un corazón turbado, asimismo, la paz y el amor vienen de un corazón pacificado por Dios. Todo depende donde se encuentren las raíces de mi ser y de mi existencia, donde he plantado el árbol de mi vida. A Dios podemos acercarnos únicamente con un corazón abierto que no duerme, un corazón que cree, un corazón que no está encadenado por la soberbia, que con dificultad se arrodilla ante otro hombre y ante el Creador. Para que esta Navidad no pase de largo por nuestras vidas, es necesario descender al nivel de un niño para poder encontrar la Navidad. Jesús nos dice: Si no se hacen como niños. Niños, puros de corazón, y no infantiles. Es necesario detenerse ante el pesebre y absorber esa escena, ese misterioso acontecimiento de un nacimiento insólito que acaeció en nuestra Tierra. A partir de ese suceso ya nada es igual, esta Tierra ya no es maldita y no está condenada a la ruina. Es necesario sentarse a los pies de Jesús, descender del monte de la propia soberbia y presunción de que todos lo sabemos y lo podemos solos, a fin de que el Niño Jesús nos hable y fecunde con su paz. Aprendamos en esta Navidad la confianza que poseen los niños, aprendamos del Niño Jesús, quien ha descendido a la Tierra en la indefensión de un niño recién nacido, a fin de que pudiéramos comprenderlo y aceptarlo más fácilmente. Los niños también aceptan, comprenden y obedecen más fácilmente lo que sus padres les dicen, si éstos saben ponerse al nivel de los niños. Así también Dios descendió a nuestro nivel para hacerse más comprensible; asimismo, la Bienaventurada Virgen María descendió a nosotros y nos habló en un lenguaje comprensible. Todos sus mensajes pueden ser resumidos en dos palabras: oren y conviértanse. Conviértanse de las cosas y objetos muertos a un Dios vivo de quien proviene toda alegría y paz.

También en este mensaje no habla y anima a la paz, no sin razones, puesto que nos damos cuenta de estar rodeados y llenos de turbaciones de toda clase y de todos colores. Nada en la vida sucede por casualidad. Todo tiene su causa que quizás nosotros no conocemos. También la paz y la turbación tienen sus causas y razones. No existe un destino ciego en nuestras vidas, como a menudo se dice.

Del mismo modo que el 24 de junio de 1981, cuando la Virgen se apareció a los videntes con el Niño Jesús en brazos, así también en este mensaje, Ella nos trae y nos da a Jesús, quien tiene la respuesta a nuestras preguntas, la solución a nuestros problemas. María también hoy nos da a Jesús que es Camino, la Verdad y la Vida. Lo da nuevamente como lo dio de una vez para siempre a esta humanidad dándolo a luz con su fe en Belén. Ese acontecimiento no es un cuento devoto sino una realidad que aconteció en este planeta. Sin Jesús, somos criaturas perdidas que vagabundean por esta Tierra sin sentido ni metas. Sin El no tenemos caminos, sino caminos falsos. Si no lo tenemos a El, nos quedan la mentira, la muerte y la desesperación.

Durante su vida en la Tierra, Jesús se preguntó: “¿Y cuándo venga el Hijo del hombre, encontrará fe en la tierra?” Jesús no viene solamente esta Navidad, sino cada día desea visitarte. Quiere encontrar la puerta abierta, una mano cálida y tendida, la luz de la fe encendida. Jesús te quiere visitar también en tu vida común de cada día coloreada por la monotonía y el peso del trabajo, te visita a través de una persona poco simpática y menos querida; Jesús te visita en todos los encuentros y conversaciones con la gente, ¿lo podrás reconocer? Jesús se pregunta si querrás escuchar Su Palabra: ¿serás como Pedro y arrojarás las redes, desearás en nombre de Su Palabra perdonar y bendecir a la gente, la vida, tus caminos y las cruces de tu vida o maldecirás y te entregarás a la desesperación? Jesús pregunta hoy también si encontrará fe. La Virgen no cesa de alentarnos y entusiasmarnos y cuenta con nosotros que deseamos y aceptamos las palabras de sus mensajes. Ella sabe que a nosotros no nos pueden amenazar nuestros enemigos y aquellos que nos odian, sino que lo que más nos amenaza, es nuestra ausencia de fe, amor y amistad hacia Jesús. Somos responsables de nuestras vidas y también de las vidas que Dios nos ha puesto en el camino. Nuestra felicidad depende de la felicidad de otros. Procuremos a partir de hoy, y no mañana, auscultar el eco de la voz de Dios como un anhelo de nuestro corazón. Silenciemos el ruido y las voces que nos hablan de noticias que nos ensombrecen y de catástrofes, provenientes de los periódicos, radio o televisión, a fin de que podamos sentir la cercanía y el cálido corazón de nuestra Madre celestial y del Niño Jesús que la Virgen da a luz y nos dona.

Fra Ljubo Kurtović

Medjugorje, 26. 12. 2001.



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