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Eco de Maria Reina de la Paz 215 (Majo-Junio 2011)

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30º ANIVERSARIO
DE LAS APARICIONES
Una vez y para siempre, hace dos mil años,
Maria ofreció su “SÍ”
al Señor de la Vida y de la historia.
Fiel en el tiempo a la voluntad divina,
en los últimos treinta años aceptó
permanecer físicamente entre nosotros…
Así es como, en Medjugorje,
la Madre nos muestra
el camino de la sencillez
y de la obediencia al Padre,
para que el “SÍ” que Le ofrezcamos,
sea una vía de salvación para la humanidad
y de redención para todo el universo.
Mensaje del 25 de marzo de 2011
“¡Queridos hijos! De forma especial el
día de hoy, deseo llamarlos a la conver-
sión. A partir de hoy, que nueva vida
comience en su corazón. Hijos, deseo ver
su ‘sí’, y que su vida sea una vivencia
gozosa de la voluntad de Dios a cada
momento de su vida. En forma especial,
los bendigo con mi bendición maternal de
paz, amor y unidad en mi corazón y en el
corazón de mi Hijo Jesús. ¡Gracias por
haber respondido a mi llamada!”.
¡Vida nueva
en vuestro corazón!
Caen las torres del orgullo humano y pro-
vocan muerte y guerras. Terremotos y tsuna-
mis arrasan llevándose por delante casas y
gentes… La energía nuclear gestionada por el
hombre queda fuera de control, y en lugar de
bienestar, produce contaminación mortal. Las
dificultades en las relaciones entre gentes y
naciones generan vejaciones y atropellos. Los
problemas de convivencia buscan soluciones
en la ley del mas fuerte en lugar de hacerlo en
el derecho del mas débil.
El escenario del mundo es siempre el de
la expulsión del Edén: pero, Jesucristo
¿Vino realmente al mundo para nada? Así lo
parece si nos fijamos en las imágenes que
los televisores traen a nuestras casas, impo-
niendo nuestra atención; pero la verdadera
realidad no se halla en esa documentación
que poseen los medios; debe ser buscada en
una dimensión distinta, en una dimensión a
la que éstos no alcanzan, y que necesaria-
mente sobrepasa cualquier análisis científi-
co y cualquier documento fotográfico. La
realidad no se puede limitar a los escenarios
apocalípticos de nuestros días, y mucho
menos al bienestar aparente aunque resplan-
deciente, de ese mundo vividor que a diario
nos proponen y capta nuestra atención.
Entre estos extremos hay una humanidad
que no es noticia, que no es digna de pagina
de sucesos, pero que rige y sustenta al mun-
do: es la muchedumbre que honra, aun sin
ser plenamente consciente, la Imagen que
lleva dentro (Gen 1, 26-27).La realidad, pre-
sente en todo rincón de la Tierra, es la del
que ama la imagen de Dios que lleva dentro
de si, aun sin verla con nitidez porque ahora
vemos por espejo oscuramente
(1Cor 13,
12ª). Esta realidad habita en quien cumple la
Voluntad de Dios, es decir, en quien vive
según Su Proyecto, y esto está al alcance de
todo hombre; basta con que ofrezcamos con
alegría nuestro al Padre, pidiéndole que lo
vivamos durante nuestra existencia: ¡nunca
nos faltará su ayuda! Hijos míos, deseo ver
(no solo oír, sino VER) vuestro sí y que
vuestra vida sea vivir con alegría la
voluntad de Dios en cada momento de
vuestra vida.
Maria así lo hizo y nosotros
podremos hacerlo también, si nos abandona-
mos a Ella.
Esta es la vida nueva a la que Maria nos
llama; no es una vida renovada en su exte-
rior, en su apariencia, sino una vida nueva
en nuestro corazón,
es decir, nueva no solo
en las obras sino también, y ante todo, en
nuestros deseos, en nuestra espera y en
nuestros sueños. Una vida en la que habite
Jesus, una vida animada por su Espíritu San-
to, una vida de sabor simple pero capaz de
dar sabor (como la sal) a todo lo que vive.
Una vida iluminada por la Fe, fundada en la
Esperanza, consumada por el Amor. Esta es
la vida que no teme derrumbamientos, ni
terremotos, ni radiaciones mortales, porque
está anclada en esa Roca, que es Jesus; es
parte de esta Roca (cfr. Mt 7, 24-25).
Abrámonos a la bendición que Maria nos
ofrece al final de este precioso Mensaje. Es
precisamente en el Corazón de Maria, en el
Corazón de Jesus donde debemos colocar-
nos, no para escondernos, sino para ofrecer-
nos totalmente a Ellos, para vivir la nueva
vida
a la que Maria nos llama, vida que sea
testimonio de Su Amor y profecía de salva-
ción para el mundo.
Tu, hermano, y tu, hermana, que te sien-
tes inútil y cansado, tu que te sientes aplas-
tado por tu pecado o por tus limitaciones, tu
que sientes el sabor agrio y amargo de tu
vida de éxito y de poder, tu puedes salvarte
a ti mismo y al mundo: ¡Solo debes abrir las
puertas de tu corazón a Cristo! Queridos
hermanos, la Muerte de Jesus no fue en
vano: de Su Corazón traspasado emana aun
Agua viva que lo purifica todo y Sangre que
da vida a la Nueva Vida.
Nuccio Quattrocchi
Mensaje del 25 de abril de 2011
“¡Queridos hijos! Así como la natura-
leza muestra los colores más hermosos del
año, también yo os invito a que con vues-
tra vida testimoniéis y ayudéis a los demás
a acercarse a Mi Corazón Inmaculado,
para que la llama del amor hacia el Omni-
potente brote en los corazones de ellos. Yo
estoy con vosotros y sin cesar oro por
vosotros, para que vuestra vida sea refle-
jo del Paraíso aquí en la tierra. ¡Gracias
por haber respondido a mi llamada!”.
Vuestra vida sea
reflejo del Paraíso
El hombre, la creatura humana, no puede
prescindir de Dios, no puede vivir sin El.
Esta limitación no mortifica nuestra existen-
cia, como quisiera hacernos creer el malig-
no, sino que por el contrario, es una prueba
empírica de la grandeza de cada uno de
nosotros. El hombre, de hecho, no es grande
por lo que hace, sino por lo que es. Hecho a
imagen de Dios, está siempre llamado a rea-
lizar en su vida la imagen que lleva en si
mismo; llamado a ser hijo de Dios en su
Hijo Jesus, el hombre es invitado a dejar cre-
cer en sí esta filiación que, por sí misma, lo
aleja de toda caducidad, de toda limititación,
para elevarlo a esa dignidad que ninguna
creatura puede soñar con alcanzar. Al revés,
olvidarse de que es Su imagen, de ser llama-
do Hijo, desnaturaliza al hombre en su ver-
dadera Esencia, y contrariamente a lo que
pueda parecer, mortifica la calidad de su
vida, incluso la biológica. Desde esta pers-
pectiva, el Mensaje de Maria muestra su
verdadero alcance: es una llamada existen-
cial, es la advertencia dulce y terrible de la
Madre que ve a su propio hijo en peligro, y
es un peligro que amenaza la vida en su
inseparable integridad biológica y espiritual.
Aturdidos por el caos de nuestras ciuda-
des, ocupados en mil cosas formalmente
necesarias, absortos en nuestra actividad,
nosotros, habitantes de los países llamados
ricos, tenemos cada vez menos tiempo para
reflexionar, para pensar y en definitiva,
para... vivir. Víctimas de una publicidad que
impone modelos de vida contra-natura, esta-
mos perdiendo el sentido de la dignidad de
la persona, uniformándola cada vez más a
un producto de mercado. Cada vez mas
aparcados cómodamente en nuestro aparen-
te bienestar, creemos hallar en él felicidad y
salvación, y en este iluso sueño, arrastramos
a los demás. Y cuando alguien cae víctima
de sus propias ilusiones, con mayor o menor
falsedad nos compadecemos de el, pero no
detenemos ésta loca carrera hacia la auto-
destrucción. Y también cuando la misma
Tierra se rebela y de repente nos muestra la
fragilidad de las obras de nuestra opulencia,
nos apresuramos a reconstruir esas ruinas lo
más rápido posible con una ceguera extrema
y oscura como la muerte.
Mayo / Junio de 2011
- Editado: por Eco di Maria, por Eco di Maria, Via Cremona, 28 - 46100 Mantova (Italia)
A. 27, n. 5 - 6 "Poste Italiane s.p.a. - Spedizione in Abbonamento Postale - D.L. 353/2003 (conv. in L. 27/02/2004 n° 46) art. 1, comma 2, DCB Mantova
215
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No, ese no es el camino, nos dice Maria;
y nos lo ha dicho con la Vida antes que con
las palabras; nos lo dijo aceptando la Volun-
tad de Dios, presentada por el arcángel
Gabriel, nos lo ha dicho conservando en Su
Corazón lo que Le parecía misterioso o
incomprensible en Su experiencia como
Madre, nos lo ha dicho en los días santos y
muy amargos de la Pasión y Muerte de Su
Hijo. Nos lo ha dicho y nos lo dice todavía
desde Medjugorje. Y aun nos dice hoy: Os
invito a que con vuestra vida testimoniéis
y ayudéis a los demás a acercarse a Mi
Corazón Inmaculado, para que la llama
del amor hacia el Omnipotente brote en
los corazones de ellos.
El testimonio que Maria nos pide pasa
por nuestra vida, no por nuestras palabras;
no se basa en discursos ni en actos ocasiona-
les o solo formales. La observancia de cómo
nosotros vivimos es lo que ayuda al prójimo
a acercarse a Su Corazón Inmaculado, y esto
es necesario para que la llama del amor
hacia el Omnipotente brote en los corazo-
nes de ellos.
Nuestra responsabilidad es
grande, bella y tremenda al mismo tiempo,
porque puede favorecer pero también obsta-
culizar el acercamiento al Corazón Inmacu-
lado de Maria. Tal vez también por esto,
Maria ora sin cesar por nosotros, para que
nuestra vida sea reflejo del Paraíso aquí
en la tierra.
Reforzados por la oración, abandonémo-
nos a Ella para que nos consagre a Su Cora-
zón Inmaculado, desde el cual alcanzaremos
la llama del amor hacia el Omnipotente.
Paz y alegría en Jesus y Maria.
N.Q
.
La vida como
culto espiritual
Con el bautismo todos recibimos la lla-
mada a ser creaturas nuevas y a participar en
el sacerdocio de Cristo. Obviamente, cada
uno de nosotros realizará esta misión de una
manera distinta, según nuestra originalidad
y de los dones que hayamos recibido.
Muchas veces, pero, los cristianos viven
pasivamente, no sabiendo reconocer su
misión, o piensan que sólo unos pocos son
los que reciben de Dios una llamada perso-
nal ¡Pero Dios no llama a unos a la santidad
y a otros a una vida mediocre! Dios dirige la
misma llamada a todos sus hijos, y por esto
se nos llama a comprender el valor infinito,
universal, de cada acción nuestra y de cada
paso interior que damos.
Ofrecerse para ser transformados
“Os exhorto pues hermanos, por la mise-
ricordia de Dios, que ofrezcáis vuestros
cuerpos como una víctima viva, santa, agra-
dable a Dios: tal será vuestro culto espiri-
tual. Y no os acomodéis al mundo presente,
antes bien, transformaos mediante la reno-
vación de vuestra mente, de forma que
podáis distinguir cual es la voluntad de
Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto
(Rm 12, 1-2).
Estas palabras de San Pablo nos ayudan
a comprender o a profundizar el significado
del ofrecer nuestra vida a Dios, que es la
base de nuestra llamada cristiana. Ofrecer-
nos nosotros mismos como sacrificio vivo,
santo y agradable a Dios
no significa morir,
enfermarse o hacer algo especial, sino
aprender a vivir como Dios quiere que viva-
mos, aprender a consagrar a Dios nuestros
cuerpos, pero también nuestros sentimien-
tos, las cosas que hacemos, las personas y
cosas relacionadas con nosotros. Quiere
decir aprender a dejar que Dios entre en
nuestra vida y darle así un valor más profun-
do a todo lo que hacemos. San Pablo añade:
“este es vuestro culto espiritual”. El culto es
una celebración, y el sacerdote es el que pre-
side la celebración. Por esto, vivir el ofreci-
miento a Dios quiere decir vivir en plenitud
nuestro sacerdocio real, entrar en el sacerdo-
cio de Cristo.
Una celebración viva, en la vida cotidiana
Cuando entendamos que el ofrecimiento
significa celebrar un culto espiritual, enton-
ces nunca viviremos la Eucaristía como algo
apartado de nuestra vida,
apartado de lo que haga-
mos en nuestra jornada.
Al contrario, nuestra jor-
nada debe ser una pro-
longación de la Eucaris-
tía, dar vida a los sacra-
mentos que recibimos.
¿Cómo podemos vivir el
sacerdocio real en nuestra
vida? ¿Cómo podemos
darle culto o celebración
a las cosas sencillas que se nos pide que
hagamos en nuestra vida de diario? Tenemos
simplemente que aprender a dar los mismos
pasos en nuestra jornada que los que damos
en la Eucaristía: abrirnos para vivir un
encuentro profundo con Jesus en la Misa
debería prepararnos para abrirnos a los
demás, a encontrar a los demás en Dios.
Recibir el perdón de Dios debiera enseñar-
nos a perdonar, a ayudar al prójimo a liberar-
se de muchos pesos y sentimientos de culpa
que le oprime. Escuchar la palabra de Dios
nos lleva a escuchar a todos, a no cerrarnos
en nuestras ideas, a abrirnos a la comunión.
Vivir el momento de la consagración Euca-
rística debe enseñarnos a consagrar a Dios
toda labor nuestra, todo encuentro nuestro,
todo pensamiento o proyecto. Recibir la ben-
dición de Dios debe despertar en nosotros la
llamada a ser bendición. Todo bautizado
debiera saber transmitir la bendición a todo
lo creado, a las personas, a las situaciones
que te encuentras cada día, alejando así el
mal.
Si conseguimos dar estos pasos en nues-
tra vida cotidiana, entonces experimentare-
mos la belleza de ofrecernos junto a Jesus en
la Santa Misa, y sentiremos que realmente
Jesus eleva al Padre todo lo que hemos vivi-
do e intentado ofrecer en nuestra jornada.
La Eucaristía es un evento cósmico
“En cuanto dependa de vosotros, estad
en paz con todos los hombres. No seas ven-
cido de lo malo, sino vence con el bien el
mal.” nos dice San Pablo en su carta a los
Romanos (Rm 12, 18.21). La Eucaristía es
un evento cósmico. El sacerdote que cele-
bra, abraza en el sacrificio eucarístico a toda
la humanidad, vivos y muertos. También
nosotros, si queremos vivir plenamente
nuestro sacerdocio real, debemos desear el
bien para todos, abandonar nuestros juicios
y hacer de todo por ayudar a los demás, para
vivir en paz con todos. San Pablo dice: “No
seas vencido de lo malo, sino vence con el
bien el mal”. Solo Jesucristo tiene poder
sobre el mal; si nosotros, mediante nuestro
ofrecimiento vivimos unidos a El, entonces
experimentamos su fuerza en nosotros. Y
cuanto más crezca nuestro amor a Dios, más
fácilmente venceremos y alejaremos el mal
de nosotros y del prójimo.
No podemos vencer al mal con nuestras
fuerzas, y muchas veces no podemos ni
siquiera resolver o cambiar situaciones
negativas. Pero si vivimos en unión con
Dios, experimentaremos que ni siquiera en
el sufrimiento tiene poder el mal sobre noso-
tros, es decir, no nos alejará de Dios, no apa-
gará en nosotros la fe.
Una acogida respetuosa
“Recibid al débil en la fe, pero no para
contender sobre opiniones. Cada uno de
nosotros dará a Dios cuenta de sí. Así que
ya no nos juzguemos mas los unos a los
otros, sino mas bien decidid no poner tro-
piezo u ocasión de caer al hermano (Rm
14,1.12-13).
La madurez espiritual se demuestra
sabiendo acoger y respetar a los demás, en
cualquier nivel que se encuentren. Para
saber cómo comportarnos basta con que
reflexionemos sobre cómo se comportó y se
comporta el Señor con nosotros. Jesus se
nos ha acercado y nos ha acogido incluso
cuando vivíamos alejados de El; nunca nos
ha humillado, ni siquiera cuando no entendí-
amos sus palabras, sino que se ha reclinado
sobre nuestra pequeñez, ayudándonos a cre-
cer y a madurar gradualmente.
Jesus establece con nosotros una rela-
ción personal, sin compararnos con los
demás, sin que compitamos con el prójimo.
También nosotros debiéramos aprender a
comportarnos como El, debiéramos saber
acercarnos a los demás con su misma delica-
deza, acogiéndonos unos a otros con respe-
to y amor.
Chiara Bernardi
La gracia es mayor
que el pecado
“Alégrate, llena de gracia…”, exclama el
Angel en su visita a la Virgen de Nazaret,
revelándole así su identidad mas profunda,
el “nombre”, por así decir, con el que Dios
mismo la conoce: “llena de gracia”.
La llena de gracia, la Inmaculada, es
fuente de luz interior, de esperanza y de con-
suelo. En medio de las pruebas de la vida y
sobre todo ante las contradicciones que el
hombre hoy día afronta en su entorno y den-
tro de sí, Maria, Madre de Cristo, nos dice
que la gracia es mayor que el pecado, que la
misericordia de Dios es más poderosa que el
mal y sabe transformar a éste en bien.
Por desgracia a diario experimentamos
el mal, que se muestra de muchas maneras
en las relaciones y en los eventos, pero que
en realidad tiene su raíz en el corazón del
hombre, un corazón herido, enfermo e inca-
paz de curarse por sí mismo.
La Sagrada Escritura nos revela que en
el origen de todo mal está la desobediencia a
la voluntad de Dios, y que la muerte está
dominando porque la libertad humana ha
cedido ante la tentación del Maligno. Pero
Dios no deshace su plan de amor y de vida:
a través de un largo y paciente camino de
reconciliación ha preparado la alianza nueva
y eterna, sellada por la sangre de su Hijo,
que para ofrecerse El mismo como expia-
ción, “nació de mujer” (Gal 4,4). Esta mujer,
la Virgen Maria, se benefició anticipada-
mente de la muerte redentora de su Hijo y
desde su concepción fue preservada de toda
culpa. Por tanto, con su corazón inmacula-
do, Ella nos dice: Confiaros a Jesús. El nos
salva.
(Benedicto XVI – de una homilía)
2
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En Medjugorje,
la Virgen está viva
Desde el principio siempre he creído que
las apariciones de la Madre de Dios en Med-
jugorje son obra del Espíritu Santo. Hoy,
especialmente, distingo clara-
mente entre aparición de la
Virgen, entendida como gra-
cia extraordinaria ligada a un
lugar concreto y a un momen-
to histórico, y aparición como
presencia de la Virgen en todo
el espacio, en el tiempo y en la
eternidad.
Las apariciones son una
gracia, son una confirmación
de la maternidad y de las aten-
ciones de la Virgen hacia toda
la humanidad, de su misión
como Madre de Dios. Y esta
es una gracia para todos noso-
tros. Por esto entiendo que
nuestro fin último no es dete-
nernos en las apariciones
como fenómeno sobrenatural,
sino aprender a vivir en presencia de Maria,
que nos atrae continuamente a la vida de la
Santísima Trinidad. En Medjugorje la Vir-
gen se aparece desde hace tanto tiempo por-
que quiere enseñarnos a vivir en su presen-
cia y en la de Dios.
Nos guía a lo esencial
En Medjugorje se acentúa profundamen-
te la teología del misterio Pascual: el paso a
través de la pasión y la muerte que nos lleva
a la Resurrección. Este es el mensaje funda-
mental que nos dejan las apariciones y no
puede ser otro porque la Madre guía siem-
pre hacia lo que su Hijo ha vivido, hacia la
única y verdadera sanación. Por tanto la Vir-
gen nos guía hacia la esencia, hacia el mis-
terio del cristianismo: la Eucaristía, el mis-
terio pascual. Y al final nos manifiesta la
dimensión trinitaria, porque en realidad no
podemos hallar a Maria en su plenitud si no
la hallamos en la Santísima Trinidad.
Una relación viva
En mi opinión estamos llamados a entrar
en relación viva y continua con Dios y con
Maria. La Virgen, de hecho, no se aparece
en Medjugorje para permanecer junto a
nosotros por unos minutos al día, sino para
que comprendamos que hemos sido creados
para estar con Dios, para relacionarnos con
El continuamente, para reconocer su voz.
Hace tiempo un amigo sacerdote me
dijo: “Mi querido Padre Tomislav, ¿Quién
controlará todo esto? Yo le respondí: “Este
es precisamente nuestro problema, que lo
queremos controlar todo, mientras que Dios
nos llama a caminar y a crecer, a orientar al
prójimo hacia el Espíritu Santo a través de
Maria, para que Ella pueda guiarle hacia
Jesus, y junto a El, a Dios Padre. Esta es una
verdad muy valiosa: después de todo lo que
he vivido desde el inicio con los videntes, y
más tarde con muchos fieles y consagrados,
he comprendido que no puedo y tampoco
deseo controlar a nadie. Debo solo preocu-
parme de caminar, de experimentar la cerca-
nía de Dios y de mostrar al prójimo la rela-
ción con Dios, de manera que sea el Señor
quien nos guie, el que dirija todo y a todos.
La novedad de Medjugorje
La novedad que Medjugorje trae a la
Iglesia y a la humanidad es el encuentro con
el Dios vivo. Tal vez a alguien esto no le
dice mucho, pero si estamos frente al Dios
vivo y le permitimos que El nos dirija total-
mente, cambiando
todo en nosotros de
acuerdo a su pro-
yecto, entonces esto
es una novedad
absoluta.
Creo que las
intenciones de Dios
a través de Medju-
gorje sean estas:
Atraer a sí al hom-
bre a través del
Corazón Inmacula-
do de Maria, atraer
a la Iglesia, y a tra-
vés de ella, al mun-
do entero. Cada uno
debe encontrar al
Dios vivo y, en la
fe, contemplarLe
cara a cara.
Llamados a ser sencillos
Este encuentro con Dios lleva consigo
también otras novedades: la vida cristiana
debe hacerse sencilla, debe liberarse de for-
mulas y de todo lo que represente cerra-
miento o peso para el Espíritu. La sencillez
nos guía a una relación directa con Dios, a
quien Jesus quiso guiar a todas las personas
a las que predicó.
Estamos pues llamados a esa sencillez
de la que habló el Papa Benedicto XVI,
cuando entonces era cardenal: “La renova-
ción de la vida de la Iglesia no consiste en
acumular actos de piedad y en la creación de
instituciones, sino en pertenecer integra y
únicamente a la comunidad de Cristo… La
novedad, la renovación significa hacernos
sencillos, convertirnos a esa sencillez auten-
tica y verdadera que es el misterio de todo lo
que existe….pero esto no es otra cosa sino
el eco de la sencillez del Dios Único” (J.
Ratzinger, El nuevo pueblo de Dios).
En el Espíritu Santo todo se renueva
El éxito de esta novedad es el mismo
que se ha obtenido en la Primera Iglesia,
constituida por la asamblea de los Apósto-
les, por Maria, por las mujeres y por los dis-
cípulos allí presentes cuando el Espíritu
Santo bajó sobre ellos y los llenó de sí. Todo
se hace nuevo y todo se renueva continua-
mente. No se trata de una novedad que se
aleja del Evangelio, sino de una dinámica
nueva, de una vitalidad nueva, así como la
primavera es una novedad para el invierno,
el verano es una novedad para la primavera,
y así sucesivamente… Es un proceso vital
continuo que trae muchos frutos. Es el signo
del dinamismo de la vida de fe, que se dife-
rencia del estancamiento que, en ciertas cos-
tumbres religiosas, halla a veces matices
diversos y peligrosísimos.
Una calidad de vida espiritual
Ya en el quinto aniversario de las apari-
ciones, advertí que muchos se equivocan al
pensar que la parroquia de Medjugorje lle-
gará a ser una segunda Lourdes, o una
segunda Fatima. Personalmente pienso que
no debe hablarse demasiado sobre Medju-
gorje, para no transformarla en una ideolo-
gía. La Virgen no nos convoca en el monte
de las apariciones, en el Krizevac o en la
iglesia parroquial por ser Medjugorje un
santuario mas, sino porque desea introducir
a la humanidad en los nuevos tiempos.
Con las apariciones de Medjugorje ha
comenzado un tiempo nuevo. Se trata de
una nueva calidad de vida espiritual, de una
nueva calidad de vida general que envuelve
todo nuestro ser, porque la llamada cristiana
no busca solo nuestro resurgir espiritual,
sino también el corporal. Nosotros casi nun-
ca pensamos en la resurrección del cuerpo,
y por consiguiente no puede darse su trans-
formación. La transformación del hombre
entero es la verdadera novedad.
La gracia hoy es más poderosa
Veo que en este momento las gracias en
Medjugorje son más poderosas que en los
inicios. Las gracias en este tiempo son tan
poderosas que atraen a todo el que camina
hacia la eternidad, hacia el Dios vivo. Y
estos fieles entran en el misterio de la vida,
entran en esa comunión de la que habla San
Juan al final del Apocalipsis: ”El morará
con ellos; y ellos serán su pueblo, Dios mis-
mo estará con ellos como su Dios”. “He
aquí, yo hago nuevas todas las cosas” (cfr.
Ap 21, 3-5).
A l mismo tiempo la fuerza de estas gra-
cias deja de un lado a todo el que no está
interesado, los deja fríos, no porque Dios les
rechace, sino porque ellos se cierran a esta
gracia de crecimiento, de transformación en
hombre nuevo.
Se cumplen las promesas
En ciertos feligreses se manifiesta a
veces escepticismo e inmadurez. En su com-
portamiento hallamos algo extraño: ellos se
ocupan de las cosas que suceden en torno a
la Virgen, pero no se interesan de la vida de
la Madre dentro de sí mismos; se ocupan de
lo que acontece en torno a si mismos, se ocu-
pan de actividades externas, en lugar de
abrirse a Dios para trabajar con El y permi-
tirLe que cumpla todas sus promesas.
Nuestra llamada consiste en entrar en el
templo vivo de nuestra alma, en permanecer
abiertos con Maria para que el Espíritu San-
to baje, trabaje en nosotros y nos transforme
en creaturas nuevas, a través de la vida y el
sacrificio de Jesucristo. Solo así podremos
alcanzar la verdadera resurrección.
de P.Tomislav Vlasic
Tomado de: A Medjugorje la Madonna é viva
“No os sintáis extraños al destino
del mundo, sino sentiros piedras
preciosas de un bellísimo mosaico
que Dios, como gran artista, va
formando día a día…ofreciendo
nuestro dolor a Dios a través de
Cristo, podemos colaborar en la
victoria del bien sobre el mal, por-
que Dios hace fecundo nuestro
ofrecimiento, nuestro acto de
amor”.
Benedicto XVI
3
Eco 215
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Reflejos de luz
desde la
tierra
de
Maria
de
Stefania Consoli
Treinta años
de
vida pública…
Llegamos al 30º aniversario de las apari-
ciones de la Virgen Maria en Med-
jugorje. Casi no debiéramos añadir
palabra alguna. La gracia que lo
mueve todo es realmente increíble
y nos deja boquiabiertos… ¡Un
evento único en la historia de la
humanidad! Precisamente nuestra
generación ha tenido el privilegio de acoger
a la Madre de Dios por tan largo tiempo y
tan lleno de mensajes que traen siempre la
verdad del Cielo.
Ríos de gente llegan a esta pequeña
población que con el paso de los años ha
cambiado totalmente su aspecto para adap-
tarse a la demanda de alojamiento y de res-
tauración de los peregrinos que llegan de
todas las partes del mundo. No siempre
compartiremos opinión sobre el estilo y el
ambiente tal vez mundano que se ha ido cre-
ando entorno a la Iglesia – en su día rodea-
da únicamente por viñas y bosques. Pero no
es el caso de detenerse demasiado sobre este
tema, porque el valor de Medjugorje se debe
posicionar sobre plano bien distinto: el del
Espíritu, el de la vida de Dios.
Habrá pues fiesta en Medjugorje.
Quien va desde hace años no querrá faltar a
la cita. Muchos aun llegan por primera vez,
y también para ellos se abre un camino nue-
vo en su vida: inesperados casos de conver-
sión, de revisión, de renacimiento.
Hay gracias para todos en Medjugorje.
Cada uno puede hallar lo que más necesita,
como demuestran las cartas que amigos
nuestros nos han enviado al regresar a casa
y que aquí publicamos en parte. Es la voz de
los hijos de Maria, hijos queridos por Ella
porque responden a su llamada. Algunos
antes, otros más tarde. Algunos de una
manera, otros de otra. Lo importante es lle-
gar allí con el deseo de encontrar el rostro de
Maria, que reflejándose sobre el nuestro,
puede incluso cambiarnos nuestras propias
facciones, endulzando nues-
tras líneas, eliminando ten-
siones y adquiriendo paz,
dejándonos alcanzar y
transfigurar por el Amor.
Naturalmente no basta con
ir a Medjugorje o escuchar
las invitaciones de la Virgen para que cam-
biemos nuestras actitudes que a menudo
expresan mucho apego a nuestro propio yo:
el egoísmo trata siempre de dictar su ley a
nuestras elecciones cotidianas… Pero la
Virgen Maria, además de sus palabras llenas
de sabiduría maternal, nos dona siempre una
provisión de gracia que nos ayuda a vencer-
nos a nosotros mismos y a tratar de caminar
por el camino que Ella, con paciencia y fide-
lidad, nos sigue trazando a todos nosotros.
Nosotros solo debemos custodiar esa reser-
va
y saberla administrar con sensatez, día
tras día.
A menudo hemos exhortado, también a
través de nuestro Eco, a aprovechar bien la
permanencia en Medjugorje, evitando esas
distracciones superficiales que no favorecen
nuestra inmersión en la oración y en la gra-
cia. Todo sucede en nuestro interior, den-
tro de nosotros. Si no toca las cuerdas mas
intimas de nuestro ser, nuestro viaje puede
que sea inútil, desaprovechado. El deseo
más bello, pues, que podemos pedir a la Rei-
na de la Paz en este 30 Aniversario de su
venida, será nuestra capacidad para poder
vivirlo todo como lo viviría Ella: con senci-
llez, recogimiento y con fe humilde. El res-
to lo pondrá Dios y nos colmará de dones.
El más grande entre ellos, la presencia viva
de Maria, nuestra Madre y Reina.
Un punto
de
partida
En nuestra vida viajamos. Pero no siem-
pre se prevén las etapas. Es más, a veces
debemos incluso cambiar las vías de nuestro
tren: surgen imprevistos, algo inesperado,
objetivos fallidos, se cortan relaciones… Sin
preverlo, nos hallamos modificando nuestro
rumbo, debiendo escoger una meta que nun-
ca hubiéramos imaginado.
Nuestra vida está hecha también de esto.
Y no es nada cómodo verse ante la incerti-
dumbre del recorrido o con la desilusión de
ver fracasar lo que nos parecía infalible, aca-
bando en un callejón sin salida.
Quien lo ha experimentado, y en un
determinado momento de su camino se ha
hallado peregrinando a Medjugorje, en la
mayoría de los casos ve abrirse un nuevo
camino ante sí: un camino que parecía cerra-
do pero que aho-
ra insospechada-
mente parece
abrirse para ir
mas allá: mas
allá de las ilusio-
nes, mas allá de
las desilusiones;
mas allá del
miedo a un futu-
ro que se presen-
ta árduo y ame-
nazante…
Los testimonios
que publicamos
nos hablan de
vidas transformadas, nos hablan de cam-
bios “de 180 grados”; se testimonia la gracia
que nace del encuentro con Maria y con un
Dios vivo y personal. En estos casos pero, es
fácil caer en un error: creernos haber llega-
do ya a nuestro destino final – “en Medju-
gorje todo es distinto, todo es más fácil…” –
podemos pensar.
Eso es más que comprensible. Una pau-
sa como descanso es necesaria para recobrar
fuerzas y seguir la carrera que el mundo a
menudo nos impone: “Venid a mi todos los
que estáis cansados y agobiados, que yo os
aliviaré” leemos en San Mateo (11,28).
Pero, luego debemos retomar el camino!
No podemos detenernos. El camino es largo
y necesita de nuestra disponibilidad a estar
siempre listos para partir, para abandonar
todo lo viejo y seguir a Jesus por caminos
siempre nuevos y originales.
Por esto Medjugorje no puede ser
nunca estación final de nuestro camino. Si
en verdad encontramos a Dios a través de
Maria en ese lugar, por necesidad nos vere-
mos empujados a retomar la marcha hacia
metas desconocidas, motivados por la gracia
que nos hace testigos vivos, pero también
protagonistas de la historia de una manera
nueva: más conscientes de nosotros mismos
y de la realidad que nos rodea, y sobre todo
menos condicionados por la relatividad de
la vida cotidiana porque en nosotros habrá
tomado ya su lugar lo absoluto de Dios.
No, Medjugorje no puede ser nunca
estación final de nuestro camino, mas solo
un punto de partida. Las diversas etapas de
nuestra vida son solo estaciones interme-
dias. La destinación final, gracias a Dios,
¡Será el Cielo!
Vendo mi oro
a cambio de un tesoro
Suelo ir a menudo a Medjugorje.
Habiendo saboreado ese nuevo gusto de la
vida, ¡No puedo dejar de ir de nuevo! Y
cada vez hallo una perla ante mis pasos,
cuando camino por esos montes y lugares
bendecidos por la presencia de Maria, y
sobre todo cuando acepto aventurarme en
la profundidad de mi ser para poder hallar
el verdadero rostro de Dios, que me ama,
me instruye y me colma de bienes.
“No os hagáis tesoros en la tierra, don-
de la polilla y el orín corrompen, y donde
ladrones minan y hurtan; sino haceos teso-
ros en el cielo…” (Mt 6, 19), dice el Maes-
tro. Una invitación a todos los hombres
para que liberen su corazón de todo apego
a bienes materiales, y así hacer sitio a los
bienes celestiales. Pero para mí fue una
propuesta aun más concreta, que se hizo
realidad cuando por diversos motivos mi
marido se halló en dificultades económi-
cas. No queriendo usar, por tanto, nuestro
dinero en común para mis viajes a Medju-
gorje, de vez en cuando prefiero vender
algunas de mis pequeñas joyas de oro, que
en el tiempo me fueron regaladas, y así
pagarme el viaje: “Por eso oré, y me fue
dada la prudencia, supliqué, y descendió
sobre mí el Espíritu de la Sabiduría. La
preferí a los cetros y a los tronos, y tuve
por nada las riquezas en comparación con
ella. No la igualé a la piedra mas preciosa,
porque todo el oro, comparado con ella, es
un poco de arena; y la plata, a su lado, será
considerada como barro” (Sab.7, 8-10).
Una vez más la Sagrada Escritura confir-
ma lo que en mí se hizo alegría y elemento
constante en mis peregrinaciones a Medju-
gorje: siento, de hecho, esta urgencia por
privarme de todo lo que enriquece mi vani-
dad para así ganar esos tesoros que ninguna
mano de hombre puede crear. Vendo mi
oro, por tanto, y cada vez parto hacia allí
más ligera y más dispuesta a acoger lo nue-
vo que Maria tiene preparado para mí.
Debo admitir en cambio, que cuando
observo el entorno de la Iglesia – lugar que
debiera expresar lo más sagrado de Med-
jugorje – y veo la cantidad de tiendas con
vitrinas cargadas de oro para atraer a los
peregrinos e invitarles a hacer adquisicio-
nes “importantes”, me digo: “Señor mío,
que miserables somos… ¡Cómo nos apro-
vechamos de tu gracia en beneficio de
nuestro interés egoísta! Ayúdame Señor
mío a no juzgar, sino a dar ejemplo a quien
no conoce el valor de la riqueza autentica
y no acoge verdaderamente el don de tu
Madre!
Tosca Fabriani
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TESTIMONIANDO
Más ligera
“Más ligera, proyectada hacia un amor
más libre…”. Así es como resumo mi esta-
do interior tras 20 años desde que le ofrecí
mi “si” a la Reina de la Paz. Hace treinta
años se anunció que la Virgen se aparecía a
unos jóvenes de un pueblecito de Herzego-
vina. Enseguida me informé de las aparicio-
nes a través de los medios de información:
prensa, radio, cassettes y escuchando los
mensajes y los testimonios. Y así empecé a
seguirlas. Y en 1990 mi primera visita a
Medjugorje, con gran parte de mi familia.
Recuerdo desde el inicio el “¡Heme
aquí!” que le ofrecí al Señor, a través de
Maria, acogiendo las invitaciones de la Rei-
na de la Paz; el despertar interior de algunos
puntos de mi corazón que necesitaban ser
tocados y sanados; la profundidad de la ora-
ción; la Palabra viva del Señor que habla en
la vida; Sus promesas; mi abertura a una
nueva floración en mi y entorno a mi…
Y en seguida también, una prueba: la
acción del maligno. Cada cosa bella, cada
cosa entendida como vocación siempre se
bloqueaba, algo siempre se interponía en
medio. Pero ¡Llegó la Gracia del Señor!
Aun en las perdidas, ¡Su gracia se hizo pre-
sente! Al igual que en el Evangelio, en mi
vida he sido guiada hacia una pérdida no
solo de las cosas malas y pecaminosas sino
también de muchas buenas, seguramente
porque debían ser purificadas.
Maria Santísima me ha acompañado en
el camino hacia Jesus, que siendo rico, se
hizo pobre; El, para enriquecernos, y yo
para deshacerme de todo lo que me estorba-
ba y así poder seguirle. Seguir a Jesus, ante
todo, para luego seguir Sus proyectos.
Seguir a Jesus, y el resto me será dado por
añadidura, gratuitamente y cuando menos
me lo espere, de manera nueva, distinta…
Haber perdido mucho en el campo de
las relaciones, de los deseos y proyectos,
de las capacidades incluso fisiológicas por ir
avanzando en la edad – a pesar de los dones
que Dios me da – me ha llevado a experi-
mentar dentro de mí este estado de ligereza,
de fluidez, de adaptabilidad y avidez interior
que me hace mucho mas inmune frente al
enemigo… Y de modo concreto soy mucho
más versátil para Dios. Percibo que cuanto
más pierdo y renuncio, más libre y eficaz se
hace en mi el Espíritu de Dios. Se destruye
una parte corruptible y nace una juventud
interior.
Siguiendo a Jesus, en el Corazón Inma-
culado de Maria, se me permite superar
cualquier mal y entrar en una nueva dimen-
sión. Fluye así con mayor libertad la fuente
de Resurrección que el Señor ha puesto en
mi espíritu.
Elena Ricci
El ultimo pedrusco
Ha pasado ya casi un año desde el último
viaje a Medjugorje y finalmente fijamos una
nueva fecha para el próximo: ¡El 24 de mar-
zo salimos! Diez días antes iniciamos la
cuenta atrás. Cuanto más se acerca ese día,
más intensas se hacen las jornadas, más
estresante el trabajo y hasta la vigilia toca
sudar…
Pero gracias a Dios, el momento llega.
Tras los clásicos contratiempos que suele
haber en los viajes, llegamos a la meta y te
sientes enseguida como en casa. Abrazos y
sonrisas que te acogen: “¡Bienvenido de
nuevo!”
y un sentimiento de paz profunda te
llena el corazón.
La primera cita es junto a la Madre, en la
Colina de las Apariciones. Lo vivo casi
como una preparación a la subida del Krize-
vac de la mañana siguiente, donde cada uno
deberá afrontar su propio Gólgota… ¿Cómo
podríamos comenzar sin el consuelo de
nuestra Mamá, tan dulce e intenso como lo
es siempre?
A los pies del Monte de la Cruz, el día
siguiente siento algo de ansiedad. Sé que
este Vía Crucis no es como
los demás… La mochila invi-
sible
que llevo sobre mis
espaldas está llena de “pie-
dras”, de diversas formas y
tamaños. Pero hay una que
llama la atención: es la piedra del egoís-
mo… Estoy listo para subir, Señor mío,
todo lo dejaré bajo tu Cruz…
Pero, tras el primer paso, me viene a la
mente la tristeza que vi en los ojos de una
señora que había encontrado poco antes. Su
sobrina, de 16 años, está gravemente enfer-
ma. ¿Qué hago yo entonces? Decido aban-
donar dos de mis “piedras” y subir otras dos
para ellas.
Se sube a la cima sin “poner marchas”,
solo desgranando el rosario, único bastón
para esta subida. Dejo piedras por el camino,
y cargo con otras: con otras de personas que
no han podido estar aquí, que no pueden
subir conmigo, pero que tendrían necesidad
de hacerlo... Solo me queda mi “pedrusco”.
Señor mío, ¡Estoy aquí para esto!
Las estaciones del Vía Crucis van pasando
una tras otra. Ya estamos. Ya la veo: alta,
imponente… Estoy feliz y cansado, estoy
bajo la Cruz del Redentor.
Me arrodillo y vacio poco a poco la
mochila, ofreciéndole todas las piedras que
traje conmigo. Bueno,¡ Ahora me toca a mí,
Señor mío!:
tengo en mi mano mi última
piedra, el “pedrusco”. Pero una vez más me
invade una imagen: dos ojos sufrientes…
Un sufrimiento que conozco bien, que com-
prendo. Sé también que solo tu, Señor mío,
la puedes consolar.
Entonces, aquí bajo la
cruz, dejo también esta última piedra. No
para mí, sino para esta persona.
Puede que no haya ofrecido mi pecado,
Señor mío, pero tu me consolaste pocas
horas después, regalándome esa sonrisa de
esa tía; mostrándome a esa persona en la
cola del confesionario con esos ojos ya
menos tristes.
Todo esto valió mi tercer via-
je a Medjugorje. Te agradezco, Padre mío,
te agradezco, Madre mía…
Giovanni Saiani
Del desprecio al estupor
Así que, amiga mía, después de ir varias
veces a Lourdes y a Fatima, has querido
“probar” Medjugorje…, a pesar de la des-
confianza en los sacerdotes que frecuentas.
Muchas fueron las amigas que te hablaron
con entusiasmo de este lugar, e incluso sim-
ples conocidos que te paraban por la calle y
te explicaban sus experiencias preguntándo-
te: “Pero Ud. que es tan religiosa, ¿Cómo es
que nunca ha ido a Medjugorje? Aquel es un
lugar distinto a los demás: piense que mi
marido se ha confesado allí después de estar
veinte años sin hacerlo. Ha cambiado radi-
calmente, ahora no se pierde una Misa; el,
que nunca asistía…” y cosas por el estilo.
Y entonces al final, partiste para allí. Te
encontré a tu regreso pero cuando iba a pre-
guntarte que tal fue tu experiencia tu te habí-
as anticipado a hablar con resentimiento y
disgusto: quedaste escandalizada por todos
esos puestos de vendedores que vendían de
todo, hasta “grappa” y otros tipos de licores;
escandalizada por esas imágenes de la Vir-
gen grabadas sobre cualquier tipo de mer-
cancía; por la confusión reinante “¡Incluso
en la Iglesia! Me habían hablado de ese
ambiente especial que esa oración recitada
en tantos idiomas resultaba ser muy tocan-
te… pero yo me sentí trastornada, sentí
como que me ahogaba y decidí salirme”.
Al vivir esa situación, sentí una gran
pena: las críticas hacia Medjugorje me dolí-
an en el alma, como si se dirigieran a mi
madre, y trataba de decir algo pero tú seguí-
as hablando.
En la plaza de la Iglesia has visto a
muchos sacerdotes tomando confesión, pero
incluso eso te pareció un espectáculo. Y per-
maneciste allí con tu rabia interior hasta que
un franciscano de larga barba te hizo señas
para que te acercaras; en ese momento pen-
saste que se lo indicaba a otra persona, pero
allí estabas solo tu y nadie más, y te dirigis-
te a el diciéndote que no pensabas en ningún
momento confesarte... Y mira por dónde,
que el franciscano, mirándote a los ojos, te
pide con bondad: “¿Qué te ocurre, hija
mía?”. Te bastó con oír esto para que tu,
como río desbordante, le hablaras de tu desi-
lusión, de tu rabia y de no sé que mas…
“Yo desde luego no entiendo como haya
podido suceder, terminaste diciendo, pero
cuando por invitación del Padre entré de
nuevo en la Iglesia, todo lo que antes me
pareció desagradable, vulgar e inaceptable
se me hizo de repente maravilloso y fasci-
nante. ¡No lo olvidaré nunca!”.
Y yo no olvidaré esa luz que se encendió
en tus ojos, mientras pronunciabas esas
palabras. De verdad, ¡La Virgen está viva en
Medjugorje!
Nilde Totti
Mensaje a Mirjana del 2 de mayo de 2011
“Queridos hijos, Dios Padre me envía para mostraros el camino de la salvación, porque El,
hijos míos, desea salvaros y no condenaros. Por eso yo, como Madre, os reúno a mi alrededor, por-
que con mi amor materno deseo ayudaros para que estéis libres de la suciedad del pasado y comen-
céis a vivir de nuevo y de manera diferente. Os llamo a que resucitéis en mi Hijo.Mediante la con-
fesión de vuestros pecados, renunciéis a todo lo que os ha distanciado de mi Hijo y que ha hecho
que vuestras vidas sean vacías e infructuosas. Decid “SÍ” al Padre con vuestro corazón y poneos
en camino de la salvación, a la que El os llama a través del Espíritu Santo. ¡Gracias! Rezo espe-
cialmente por los pastores, para que Dios les ayude a estar a vuestro lado, de todo corazón”.
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NOSOTROS,
rostro del pueblo de Dios
¡Que bello es mirar los rostros de estos
hermanos míos en Medjugorje mientras
oran, hablan, escuchan, se confiesan, pase-
an, comen…
Procedemos de tan variados lugares del
mundo. Estamos todos: obispos, enfermos,
esposos, feligreses, sacerdotes, turistas, cris-
tianos recién convertidos, ruidosos, jóve-
nes… Es la Iglesia de Dios. En su universa-
lidad. Hemos venido todos para decirle gra-
cias
a nuestra Madre. ¡Que bello!
Mi esposa y yo hemos transcurrido algu-
nas semanas en oración, en silencio, confe-
sándonos con frecuencia, escuchando la
Palabra, participando en varias celebracio-
nes, en la reflexión personal, en adoración a
Nuestro Señor Jesucristo. Personalmente
dediqué gran parte de mi tiempo a tomar
fotografías (pero sin cámara fotográfica)
a estos hermanos míos, a este pueblo de
Dios. Son fotografías tomadas con los
“ojos”, con las “orejas” (effatá), y con el
“corazón”. Al tomarlas, no creo haberme
distraído de mi verdadera presencia en Med-
jugorje y espero también no haber molesta-
do o distraído a los demás.
Las imprimo ahora, desordenadamen-
te, sin una lógica. No quiero que su recuer-
do se esfume de mi mente:
Marido y mujer, tal vez alemanes, muy
ancianos, mano en la mano, bajo un sol
demoledor, arrodillados, orando ante la esta-
tua de Cristo Resucitado…
El rostro radiante, la voz, a menudo rota
por la emoción de celebrar la Santa Misa, de
un sacerdote indio que vive en Italia desde
Mas allá del pecado,
mas allá del pasado…
Desde hace ya 20 años hubiera podido ir
a Medjugorje, como pecador, como lo hago
ahora. Amigos míos muy cercanos me pre-
cedieron, creyeron y hoy día viven en Cris-
to y por Cristo.
Yo he esperado “pecando”;
entre comillas porque cada pecado es liber-
tad en Dios, así como cada virtud. Solo Dios
está capacitado para forjar, golpe tras golpe,
la fuerza de las espadas que están a su servi-
cio. Se trata solo de facilitarle la labor. Yo
no le facilité la labor, pero El ha creído en
mi.
A través de su Madre y por boca de mi
esposa, me llegó la llamada…
Una acogida que invita al encuentro
Llego a Medjugorje desde Italia con mi
familia hacia el atardecer, con el sol ya tan
bajo que cubría el frente de la Parroquia de
Santiago Apóstol, y también los tenderetes
de souvenir, los bares, los restaurantes y las
casas casi todas en su estado rústico, sin una
determinada finalidad arquitectónica…
Descargadas ya las maletas en la casa de la
Comunidad que nos acoge con calor y afec-
to, nos dirigimos espontáneamente hacia la
Parroquia. La Iglesia está muy llena. La
Misa en croata que oímos por los micrófo-
nos exteriores - ya sentados algo estrechos y
con nuestros abrigos - nos da a entender que
el día siguiente se festejará la Anunciación.
Sin darnos cuenta, hemos llegado al pueblo
de la Reina de la Paz ¡El día 24 del mes, en
el año del 30º aniversario!
Pero la gracia de Medjugorje no está
presente solo en lugares “sagrados”. En la
esencialidad de nuestro vivir es donde expe-
rimentamos el amor tangible del Señor. La
mesa del comedor de la Comunidad donde
nos alojamos es, de hecho, punto de encuen-
tro con los dones de Dios que nos sustentan,
ofrecidos en la sencillez y en la armonía.
Siento un profundo placer al servir los pla-
tos de los demás comensales, al compartir
vivencias, historias, anécdotas con una
familia extensa, como antaño, al menos en
mi recuerdo de los días de fiesta. La siesta
que hacemos en la Casa, además, nos restau-
ra más que cualquier comida: el silencio te
lleva derecho hacia Nuestro Señor, que
mece tu corazón… me siento en dialogo
continuo con no sé Quien, pero seguro de
que soy escuchado, aun sin mediar palabra.
De tu a tu
Es de noche y, en la Iglesia, casi llena,
hay Adoración Eucarística. La custodia esta
sobre el altar y los feligreses todos recogi-
dos, parece que hagan turno de oración,
saliendo y entrando, en el mayor silencio y
respeto; hay quien permanece frente al altar
principal para luego ponerse a los pies de la
estatua de la Reina de la Paz, en la nave dere-
cha. Mi esposa y yo permanecemos durante
una hora en recogimiento; parte en oración y
parte en adoración a la Sagrada Forma, mano
en la mano. Ofrezco mi agradecimiento por
mis primeros 50 años de vida y enseguida
observo juicioso, mi vida entera. Nos pone-
mos también nosotros ante la Reina. Le agra-
dezco por todo ofreciéndole el Ave Maria
más profundo que mi corazón haya recitado
nunca, y que agita mis huesos como cuerdas
de un arpa. Una profunda sensación de per-
dón a mi mismo me invade y regenera mi
corazón, surcando mi rostro con lágrimas de
alegría y de profunda paz interior.
El viento de la Llena de gracia
Al día siguiente, el Monte de las apari-
ciones atrae nuestra atención y a el nos
encaminamos. Un agradable brisa, fresca
pero suave, empuja nuestros cuerpos ayu-
dándonos a caminar, desgastando aun más
esas piedras del camino ya lustradas por los
que nos precedieron. Como gotas de agua,
en gravedad inversa, desde la base del Mon-
te los peregrinos se dispersan cada uno por
su trazado, dejando una trama de ora-
ción…Un manto de Hosannas parece envol-
vernos a todos, hermanos y hermanas desco-
nocidos entre ellos pero reconocidos por su
Única Madre, que a todos llama y desea.
Ante la estatua de Maria, algunas oracio-
nes que repito
mentalmente flu-
yen junto a mi san-
gre, por todo mi
cuerpo; un gozo
extremo y una viva
sensación de perte-
nencia colorean mi
corazón. Ese rostro
de Madre Celes-
tial, entre las
ramas en flor, es
maravilloso como
lo es el paisaje
desde allá arriba.
Bajamos con calma, gozosos por la
experiencia vivida. La brisa ahora nos acari-
cia el rostro, refrescándolo, y frena nuestros
pasos. A la altura de la Cruz Azul, un hom-
bre bien vestido, como si fuera a su oficina,
se arrima a nosotros en la bajada y nos dice:
“…cuando el viento acaricia el Monte, Yo
estoy con vosotros”, y nos saluda con una
sonrisa. Son palabras de la Madre…
En el abrazo misericordioso de la Iglesia
La Parroquia nos espera para la Misa
más solemne a la que jamás he asistido. El
techo de la Iglesia parece no poder contener
la presión de la oración. No comprendo ni
una palabra porque es en lengua croata, pero
me abandono entre los fieles arrodillados y
cabizbajos. Permanezco con la frente sobre
mis rodillas y me siento casi transportado
hasta el altar mayor, como si mi cuerpo,
levantado y horizontal, pasara de mano en
mano, purificándose en cada roce. De
repente percibo claramente la fuerza de la
Iglesia en oración que ofrece acogida, pro-
tección y purificación al alma que participa
en ella; el pecado que se deshace como la
nieve al sol, el perdón te alcanza para indi-
carte el camino impidiéndote mirar hacia
atrás, al pasado. Aquí es donde renaces con
mirada nueva… El aire afuera ha cambiado,
se ha hecho más frio y un cielo muy nubla-
do promete en breve lluvia.
El monte que lava los pecados
El día siguiente, antes del amanecer, me
asomo fuera de casa y la lluvia me moja las
gafas. Es lluvia densa. Renuncio con disgus-
to, hasta que en la tarde subo al Krizevac,
sólo y lleno de deseos. La oración ritma mi
paso, en voz alta; Padre Nuestro, y un paso,
que estas en los cielos, y otro paso… hasta
llegar a esa Cruz que mira imponente hacia
el Cielo. La lluvia se hace ahora más densa,
la cumbre es toda mía, pero poco después
pienso que lo mejor es iniciar ya la bajada.
Siento que el agua que está cayendo pueda
lavarme por entero, por dentro, en mi inte-
rior, donde los pecados de mi pasado se han
hecho hueco. Llego al coche, empapado por
la lluvia, lavado por el Espíritu Santo, con-
tento como un niño, lleno de respuestas a
preguntas que no había realizado, satisfecho
de corazón…
Alimento de paz
Concluimos el viaje saludando a Medju-
gorje y asistiendo a la Santa Misa. Siento
que un camino nuevo se abre ante mí. En la
homilía, el sacerdote no s invita a perdonar-
nos a nosotros mismos, a que absolvamos a
nuestro corazón, porque solo así cortaremos
con nuestro pasado y nos abriremos al pre-
sente y por tanto a un futuro nuevo, reconci-
liados con Dios, seguros sobre el sendero
trazado por Jesus, que transformó por noso-
tros el sufrimiento en Amor total, a través de
la Resurrección.
Me hallo ahora en completa paz conmi-
go mismo y dispuesto a recibir la Eucaristía.
La espero con alegría. Por fin el don tan
esperado y nunca comprendido… Un tem-
blor me recorre todo el cuerpo, parece como
si me ardiera la piel. Me siento como si reci-
biera un abrazo corporal tan intenso que
pido todavía perdón por el tiempo que perdí
en Su ausencia…
Me hallo ahora recorriendo un nuevo
camino, que ahora incluye renuncias signifi-
cativas, todavía portadoras de sufrimiento,
pero no ya de tormento, no ya de desorienta-
ción. Estoy seguro que esto me permitirá
observar lo que ocurre dentro de mi alma y
a encontrarme con el prójimo con mayor
libertad, para leer juntos la historia de los
hombres tal como Dios la ha escrito para
nosotros, según Su voluntad y para nuestro
bien.
Stefano Salvatore
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hace 7 años y visita Medjugorje por primera
vez…
La charla escuchada de dos parejas en
un restaurante que discutían sobre las dife-
rencias entre Lourdes y Medjugorje, cuya
conclusión era que Lourdes era preferible ya
que en su hotel preparaban los “spaghetti al
dente”
La confesión tomada por un joven
sacerdote coreano a una mujer de su país:
durante la confesión el sacerdote estaba
arrodillado a los pies de la penitente, al final
de la confesión el sacerdote estaba de pie y
la mujer arrodillada…
El corro nocturno y alegre de un cente-
nar de polacos entorno a la estatua de la Vir-
gen en la plaza de la Iglesia…
Los ojos lucidos y alegres de muchos feli-
greses…
La armonía que irradiaba un joven del
lugar, que arrodillado y bajo una lluvia
estremecedora, permaneció inmóvil durante
la entera adoración nocturna…
El rostro radiante y la bella voz de un
joven italiano que sentado en una silla de
ruedas, cantaba: Jesus me ama…
La traza luminosa, en forma de cruz,
vista por todos los presentes, en el cielo
estrellado de Medjugorje…
El lamento de dos distinguidos y adine-
rados señores, fumando en pipa, por carecer
de ascensor el hotel donde se alojaban…
El rostro siempre luminoso de mi espo-
sa, excepto cuando se entristecía al escuchar
mis impaciencias y mis puntualizaciones…
El correr apresurado y alegre de los
coreanos al dirigirse a la Iglesia…
La alegría de haber vivido con éxito el
ayuno de miércoles y viernes de una entera
familia de Avellino, Italia…
La paz de mi corazón tras haberme con-
fesado, bajo un árbol…
Los papelotes recogidos del suelo por
un señor italiano, ante la estatua de Cristo
Resucitado…
Los cantos a la Virgen de un simpati-
quísimo gitano, improvisados por la calle,
con la guitarra, de noche, con mucha gente
que participaba…
El rostro disgustado de nuestra guía por
nuestros retrasos y por perder el tiempo en
cosas inútiles…
Los muchos y ruidosos teléfonos móvi-
les siempre encendidos…
Los rosarios recitados en la tranquila
tarde bajo la cruz azul…
Las sonrisas y las ligeras reverencias de
los coreanos cuando nos cruzábamos por las
calles del centro…
La tranquilidad de los niños del lugar…
El estupor al ver como un montón de deshe-
chos fueron transformados por el Padre
Slavko en una pequeña área infantil, inmer-
sa totalmente en la hermosa naturaleza del
lugar…
Los rostros serenos de muchos jóvenes
que salieron de la esclavitud de la droga…
Todo esto representó también Medju-
gorje para mi. La Virgen Maria conoce bien
estas fotos, y no sólo estas. Nos conoce a
todos. Conoce nuestras ansias, nuestras
indecisiones, nuestras alegrías, nuestro
caminar columpiado hacia la Salvación eter-
na. Nunca deja de incitarnos. Nunca deja de
obrar por nuestro bien…
Te presento a ti, oh Madre, a estos herma-
nos míos, a mi, a mi esposa, a mi familia y
sobre todo a los mas “alejados”. Quédate
siempre junto a nosotros. Ayúdanos siem-
pre… Gracias.
Salvatore Sigillo
ISLAS
DE UN ARCHIPIELAGO
Noticias de una
peregrinación a Medjugorje
Ellas, las guías espirituales, te han pedi-
do precisamente a ti, que expliques y acojas
el profundo significado de esta peregrina-
ción. Dicen que tu lo sabrás hacer muy bien.
Pero solo si utilizas palabras distintas a las
de ellos. Porque tu, por desgracia, aun estas
entre los que, (muy numerosos todavía), no
han superado ese muro que separa a los que
aspiran al encuentro con Dios, de los que ya
lo han encontrado, abrazado y lo conservan
en su corazón.
Tu, ante la hoja en blanco, sabes de
todos modos que lo que si podrás es expre-
sar el resumen de “tu” peregrinación. El
sentido incierto de tu
vacilante búsqueda de
verdadera espiritualidad
en esta tierra bendita de
Maria, por Ella protegi-
da y animada.
No faltaron las ado-
raciones intensas, los
apasionados Vía Crucis
(y no solo sobre los
escabrosos Krizevac o
Podbrdo), las vigorosas
homilías de la Santa
Misa, las numerosas y
concentradas oraciones,
los testimonios apasio-
nados, las profundas confesiones, las pala-
bras siempre vivas, calientes y gozosas de
Vicka… Todo aquello que normalmente
crea ese ambiente del todo especial que
caracteriza a Medjugorje, tu lo has encontra-
do y como de costumbre, te ha impresiona-
do.
Y es también innegable que esta vez
todo se ha desarrollado desde una perspecti-
va del todo distinta a la habitual. No se
miraba solo en vertical, hacia lo alto, hacia
el Cielo y su contenido; quien nos guiaba
por este camino, nos empujaba verticalmen-
te, lenta y decididamente, por los senderos
escondidos y profundidades de nuestra
alma. Allí abajo, donde Dios siempre nos
toca a la puerta, pidiendo que se la abramos
para que entre en nosotros. Una perspectiva
que requiere esfuerzo por parte de todos, día
a día.
De todas las vivencias, cada uno habrá
gustado, visto y guardado una impresión
muy personal sobre Medjugorje. Porque
todos nosotros que vivimos sobre la superfi-
cie del mar de la vida, somos y permanece-
mos como “islas”.
Nosotros, o por lo menos casi todos,
somos pobres islas errantes y desprovistas,
que llegamos de lejos. Guiamos nuestra
cotidiana existencia (a la que en breve vol-
veremos) sobre la turbulenta superficie de
este mar en tempestad, entre olas violentas y
huracanes que nos golpean por todos los
lados. Todos tenemos, quien más quien
menos, heridas, traumas y fracturas que
sanar.
Islas de un archipiélago que sólo en las
profundidades de este mar (profundidades
distintas para cada uno), están unidas entre
sí por una base común que las unifica a
todas. Una conexión que no se hace visible
pero a la que desde siempre aspira con avi-
dez. Una profundidad hacia la cual estamos
llamados a acercarnos con amor y confian-
za, a través de palabras sabias.
Tu , como los demás, escuchas con aten-
ción ansiosa la voz de estas guías que ya se
dejaron plasmar interiormente por el Espíri-
tu Santo; personas que con los ojos de la fe
consiguen ver cada cosa mas allá de cómo la
presenta su fugaz apariencia, que están en
sintonía con Dios, que le hablan de tu a tu,
que lo sienten en el corazón y viven gozosa-
mente con El y para El.
Tu que estas (y a pesar de todo permane-
ces) cerrado en ti mismo, tu que no conoces
todavía la combinación del cerrojo de tu
corazón, observas con envidia y estupor a
quien te habla con tanta sencillez, como si
ello fuera lo más fácil del mundo. Y para ti
es como si alguien tratara de convencerte de
lo fácil que es cruzar una placa de vidrio,
cuando llevas ya veinticinco años chocán-
dote contra ella. Te parece haber ya aprendi-
do, por tu cuenta, cuánto lógico y útil es
abandonarse por
entero en las
manos del Padre,
con la confianza
sin límite de un
bebé en manos
de su madre.
Pero, evidente-
mente, no es así.
No percibes que
en el centro de tu
alma vive un
Divino Huésped:
el Espíritu Santo,
con quien debie-
ras restablecer
esa relación inicial que tuviste al nacer.
Sabes que Dios juzgará tu espíritu, pero ni
siquiera percibes donde pueda hallarse ese
espíritu dentro de ti.
Tu no sabes cómo dejar a Dios que rea-
lice en ti Su proyecto de amor. No sabes
ponerte en sintonía con El mediante la fe y
la oración. Por tanto, no sabes cuál es la
misión a desarrollar que te había encomen-
dado.
Probablemente hagas muchas obras en
nombre de Dios, pero no realizas la obra de
Dios.
Tu no permites que Cristo viva en ti. Y
no sabes vivir en Cristo y por Cristo. Sabes
que a la unión mística con Dios se llega solo
mediante la sincera y libre donación de si
mismo a Dios en Cristo a través del Cora-
zón Inmaculado de Maria…
y a tu oído, esto
suena como fórmula de difícil interpreta-
ción.
Obviamente, sabiendo que naciste libre,
te aterroriza el peso de la responsabilidad,
de las consecuencias de tus acciones porque
nunca sabes hasta que punto sean las apro-
piadas… ¡Y así con todo! ¡Cuántas las cosas
que no sabes!
Pero sigues intentándolo; dices - con
sinceridad - a Dios: “Mírame, heme aquí,
aquí estoy. Me desnudo de todo pensamien-
to mío, de toda aspiración mía, de todo
deseo mío… Te lo ofrezco todo: mi corazón
limitado, mi alma seca, mi espíritu esquivo,
mi pensamiento insano, mi viejo cuerpo
deteriorado (cosas que en realidad ya son
tuyas). Te ofrezco todo lo que resta de mi
vida, para los demás. Espero que todo esto
tenga aún cierto valor… Tu haz de ello
según tu voluntad. Pero, te ruego, Oh Señor
mío, que me hables. Y que yo pueda escu-
charte.”
Alberto Ripamonti
7
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La danza
que no tiene limite
Querida mamá,
Se que puede parecer absurdo, pero te
escribo porque, hablando, me ha parecido
imposible describir la enorme alegría que he
sentido cuando, gracias a tu ayuda, subí al
escenario para asistir por primera vez a una
clase de danza.
La felicidad que sentía era enorme, no ya
por el hecho de bailar luego en público, sino
por haberme hecho entrar en un mundo que
no tiene fronteras ni limites. En esta tierra
mágica, la silla de ruedas, que representa
mis limitaciones físicas, es punto de partida
para crear una danza. No puedes imaginarte
la tristeza y el dolor que sentía al ver a mis
compañeras ir a clase de danza. Cada vez
que las oía hablar de este tema, me entriste-
cía más que un árbol desnudo en invierno y
pensaba: “Pero ¿Porque ellas pueden permi-
tírselo y yo no? ¿Será solo una simple silla
de ruedas lo que me impide acceder al
mágico mundo de la danza?”.
Hasta que un día, en mi vida, se abrió
otra puerta. Mi silla “había desaparecido”, y
yo era libre de expresarme y de compartir
mis sentimientos con las demás chicas que
bailaban junto a mi.
A mi entender, lo que te hace ser una
mamá de verdad única es también esto: tu
has satisfecho mi deseo mas grande, por
muy insólito que sea.
Deseo concluir recordándote algunas cosas.
Ante todo, quiero recordarte que para mi
danzar significa expresarme, compartir mis
sentimientos con los demás y , para llegar a
ello, no sirve ciertamente la capacidad de
correr de puntillas, sino que basta con dese-
arlo. Y por último, deseo recordarte
algo…Cien madres aman a sus hijos, pero
¿Qué significa realmente amar a sus hijos?
Significa satisfacer su deseo más grande y tu
has transformado en realidad lo que parecía,
para mí, un sueño inalcanzable: danzar.
¡Con gran afecto!
Tu Miry
(Miryam es una niña que sufre desde su naci-
miento un grave problema físico, la espina bífi-
da, por lo que está obligada a vivir en silla de
ruedas).
Con
mi hija
Estoy ante este folio blanco desde hace
ya bastantes minutos. Blanco, sigue en blan-
co. El cursor del ordenador parpadea, como
si tuviera prisa por escribir algo. Nada. O
mejor: todo. Todo lo que llevo en mi cora-
zón presiona para salir a flote, para salir fue-
ra. Invoco al Espíritu Santo, que . como
siempre, me guía para salir del atasco. ¡Ay
de mi si no te tuviera, Señor! Cada instante
de la jornada, en el coche, en el trabajo, en
casa, siempre estas conmigo, nunca me
dejas sola… No me siento abandonada ni
siquiera ahora que Maria esta ya en los bra-
zos de la Madre.
Maria, una hija tan deseada, pero que
nunca vino al mundo. ¡Que alegría tan
inmensa cuando supe que estaba embaraza-
da! No esperé ni siquiera que mi marido
regresara de un viaje de trabajo para decírse-
lo. “¡Eres papá!” le susurro entre palabra y
palabra. El entusiasmo me lleva a compartir
esta noticia con familiares y amigos. El vin-
culo con Maria es inmediato: la siento, no
tanto en lo físico como en lo espiritual…
Maria vivió en mi seno durante algo mas
de un mes. La alegría le hace espacio al
sufrimiento, retrocede pero no desaparece,
¡Porque yo soy mamá! Mamá de una niña
que no podré tener entre mis brazos aquí en
la tierra, pero oro para que pueda tenerla en
la eternidad.
El vinculo, la comunión que nos une no
se rompe con la muerte. El amor supera
cualquier barrera, incluso las físicas. Estoy
agradecida al Señor por haberme encomen-
dado a una creatura suya. Me cuidaré de ella
con mi oración, con la certeza de que Maria
hará lo mismo.
¿El sufrimiento? Lo hay, ¡Vaya si lo
hay! Todos los días se la ofrezco al Señor.
La cruz no me aplasta, me salva. Cuando
intenta derrotarme bajo su peso y caigo,
pienso en Jesucristo: ¡Cuánto sufre por
nuestra culpa! ¡Seguimos hiriéndole y a la
vez pretendemos que atienda nuestras peti-
ciones! A pesar de ello, Jesus nos ama, y si
le buscamos, El está ahí. Entonces es cuan-
do cojo Su mano y me levanto de nuevo,
pensando que es una gracia estar por un
tiempo en la cruz haciéndoLe compañía.
Elena Casucci
¡Con Dios se vence a la muerte!
El pasado 11 de enero, salía de un supermercado con mi esposa, mi hija Giulia, de 5
años y el pequeño Lorenzo. Mientras mi esposa devolvía el carrito, Giulia trata de cru-
zar la calle dando dos pasitos fuera ya de la acera; pero en ese instante ¡Pasa a toda velo-
cidad un automóvil arrollando a la niña!
Desde ese instante todo se hizo oscuridad. Tres días de doloroso calvario, mas tarde
su cuerpecito martirizado, se rinde. Es viernes, 14 de enero.
El conocimiento de la vida eterna en la que Giulia ha entrado no calma nuestro
dolor, no llena el vacío que sentimos en nuestro corazón, ¡La oscuridad no se aclara!
Pero poco a poco se va abriendo un camino, y al final del mismo se vislumbra una luz:
¡Medjugorje! Nunca habíamos estado allí pero cada vez sentimos mas la necesidad de
encontrarnos con Maria allí donde Ella ama ser visitada. Así que, tras nuestro 30º ani-
versario, decidimos peregrinar a Medjugorje esperando recibir de la “Reina de la Paz”
esa paz que habíamos perdido. Pues bien, ya el primer día, fotografiando el Krizevac con
la cámara digital y descargando luego las fotos en el ordenador, ¡Vemos a Giulia como
en la foto-recuerdo que distribuimos de nuestro 30º aniversario
y tomada unos
meses antes!
Añado una nota alegre: al regreso de Medjugorje, tras varios intentos de darle una her-
manita a Giulia, algo que nos venía pidiendo desde hacia un año… ¡Mi esposa descu-
brió que estaba encinta! Bueno,… no dejaré de orar y de agradecer a Jesus, a Maria y a
Giulia por esta gracia… ¡Ahora se que existen de verdad!
Francesco Venuti
Los lectores escriben
E.F. O’Sullivan, desde Tea Tree Gully,
Australia: “¡Gracias por el Eco! Leer todo
lo que la Virgen continua diciéndonos es
bueno para el corazón... En este mundo tan
lleno de gratificaciones materiales e indivi-
dualistas, todos los valores comunes se han
perdido… Dios os bendiga. Continuad con
vuestra bella labor, ¡Os necesitamos!”.
Paula Kuemper, desde Terrace, Cana-
dá: “Soy feliz de seguir recibiendo el Eco de
Maria que regularmente recibo por correo.
Lo leo rápido en cuanto lo recibo, me gusta
ver lo nuevo que ocurre en Medjugorje.
Muchas gracias y os envío un pequeño
donativo para que continuéis vuestra labor”.
Myriam Dupont, desde La Verziere,
Francia: “Vuestro periódico, que me envía
una amiga ¡Es tan bonito! Trae consuelo en
la soledad y en las dificultades que encontra-
mos a diario. Con la oración, la confianza
plena y escuchando la inspiración del Espí-
ritu Santo, Maria está con vosotros y con
todos nosotros también. En la esperanza y
en la acción de gracias, os expreso toda mi
amistad”.
El Eco de María
vive sólo de donativos
que pueden hacerse
por VÍA BANCARIA:
Associazione Eco di Maria
Banco de Valencia
(Grupo BANCAJA)
IBAN: ES59 0093 0999 1100 0010 2657
CUENTA CORRIENTE Nº:
0093 0999 11 0000102657
Para nuevas suscripciones o para
modificaciones en la dirección escribir a la
Secretaría del Eco
ECO DI MARIA
Via Cremona, 28 - 46100 Mantova -
Italia
E-MAIL: eco-segreteria@ecodimaria.net
Eco en Internet: http://www.ecodimaria.net
E-mail redacción: ecoredazione@infinito.it
Villanova M., 15 de mayo 2011
Resp. Ing. Lanzani - Tip. DIPRO (Roncade TV)
Un secreto de santidad
Si cada día, durante cinco minutos,
sabéis hacer callar a vuestra imaginación,
cerrar los ojos a las cosas sensibles y los
oídos a las cosas de la tierra para entrar den-
tro de vosotros mismos, y allí, en el santua-
rio de vuestra alma bautizada, que es el
Templo del Espíritu Santo, hablad a ese
divino Espíritu diciéndole:
¡Oh, Espíritu Santo, alma de mi alma!
Yo te adoro, ilumíname, guíame, consuéla-
me, fortifycame, dime qué debo hacer, dame
tus órdenes. Te prometo someterme a todo
lo que quieras de mi y aceptar todo lo que
permitas que me suceda; solamente te pido
conocer tu voluntad.
Si hacéis esto, vuestra vida se deslizará
serena y llena de consuelo, aún en medio de
las penas, porque la gracia sera proporciona-
da a la prueba dándoos fuerza para soportar-
la, y llegaréis a las puertas del paraíso carga-
dos de méritos. Esta sumisión al Espíritu
Santo es el secreto de la Santidad.
Cardenal Mercier
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