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Eco de Maria Reina de la Paz 187 (Majo-Junio 2006)

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Mensaje del 25 de marzo de 2006
“¡Ánimo hijitos! He decidido condu-
ciros por el camino de la santidad.
Renunciad al pecado y emprended el
camino de la salvación, camino que mi
Hijo ha elegido. A través de cada una de
vuestras tribulaciones y padecimientos,
Dios os mostrará el camino de la alegría.
Por eso, hijitos, orad. Estamos cerca de
vosotros con nuestro amor. ¡Gracias por
haber respondido a mi llamada!”
¡Ánimo hijitos!
El día en que la Iglesia católica celebra
la solemnidad de la Anunciación (Lc. 1,26-
38), María nos da un mensaje de esperanza,
aunque a la vez, solicita nuestra decisión. Ya
desde el principio sus palabras nos urgen:
¡Ánimo hijitos! He decidido guiaros por el
camino de la santidad.
Ese animarnos es
una invitación a salir de nuestros sepulcros y
a ponernos en pie. Despiértate ¡oh, tú que
duermes! Resucita y Cristo te iluminará
(Ef.
5,14). Pero es más que una invitación; es una
decisión que María ya ha tomado y que no
admite réplica. No podemos siquiera atre-
vernos a decir ¿cómo será posible? (cfr. Lc.
1,34). Solo debemos decir Sí, estoy aquí,
quiero dejarme guiar por el camino de la
santidad,
o, No, gracias, prefiero permane-
cer como estoy.
Parece que María no está
dispuesta a tomar en consideración una res-
puesta negativa y pasa a indicarnos el cami-
no por el cual ha decidido guiarnos.
Renunciad al pecado y emprended el
camino de la salvación, el camino que ha
escogido mi Hijo.
Es el camino cuaresmal
que la Iglesia nos propone cada año y que
nos conduce a la Resurrección; es el camino
del Calvario que Jesús ya ha recorrido.
Camino de salvación que El escogió libre-
mente, porque nadie me quita la vida –dice
Jesús- sino que soy Yo Quien la da (Jn
10,18). Amor que se deja clavar en la Cruz
para ser VIACRUCIS de salvación. Cuerpo
que se da por nosotros
(Lc. 22,19), Sangre
derramada para muchos en remisión de los
pecados
(Mt. 26,28). María quiere guiarnos
por este camino, porque no hay otro. Cristo
es el Cordero inmolado y nosotros, semejan-
tes a Él por el Bautismo, somos corderos
semejantes a Él. Apacienta mis corderos (Jn.
21,15-17) dice Jesús a Pedro.
María lo ha decidido. Ahora nosotros ya
no podemos demorarnos, sino que debemos
decidirnos. No basta agotar la paciencia de
los hombres
; especialmente de los que espe-
ran la justicia, el amor y la paz ¿por qué
entonces queremos acabar con la paciencia
de Dios? (cfr Is 7,13) Pongamos fin a toda
altivez, al espíritu de orgullo, de superiori-
dad, de división, a toda soberbia y a todo
pecado. Dejemos de contemplarnos a noso-
tros mismos y dirijamos a Dios nuestra
mirada, nuestro corazón y nuestra alma.
Purifiquémonos y eliminemos el mal que
conllevan nuestras acciones
, aprendamos a
hacer el bien y a ir en pos de la justicia (cfr
Is. 1, 16-17)
Encaminémonos por la vía de
la salvación,
no es un camino fácil pero sí el
único que nos lleva a Dios. El camino de la
santidad
ya está trazado: es el camino de las
bienaventuranzas (Lc 6,20-23).
Todos estamos llamados a la santidad.
Vosotros sed perfectos como vuestro Padre
celestial es perfecto
(Mt 5,48). Por el cami-
no encontraremos tribulaciones y sufri-
mientos,
de otro lado compañeros insepara-
bles de toda vida, no solo de quien empren-
de un camino de santidad.
Característica de este camino en cambio,
es el modo con que se afrontan las tribula-
ciones y sufrimientos, el modo de aceptar las
adversidades. De hecho, podemos aceptar las
contrariedades, solos o con Jesús. Podemos
buscar apoyo y consuelo en el mundo, o bien
buscarlo en Dios. A través de vuestras tri-
bulaciones y sufrimientos Dios os concede-
rá el camino de la alegría.
Dejémonos guiar
por María; Ella, llena del Espíritu Santo,
sabrá guiarnos con la Sabiduría del Espíritu y
con la dulzura de Su Corazón Inmaculado.
Por tanto, oremos, es decir, apaguemos
nuestros televisores y sintonicémonos al
Canal del Amor. Nosotros, dice María, esta-
mos cerca de vosotros con nuestro amor
y
este nosotros implica a Dios Padre, Dios
Hijo y Dios Espíritu Santo y la Virgen María.
¿Qué más nos puede faltar?
Nuccio Quattrocchi
Mensaje del 25 de abril de 2006
“¡Queridos hijos! También hoy os
invito a tener más confianza en mí y en
mi Hijo. Él ha vencido con su muerte y
resurrección y os llama, para que a tra-
vés de mí, ustedes sean parte de su ale-
gría. Hijitos, ustedes no ven a Dios, pero
si oran sentirán su cercanía. Yo estoy con
vosotros e intercedo ante Dios por cada
uno de vosotros. ¡Gracias por haber res-
pondido a mi llamada!”
Parte de su alegría
¿Y que es la verdad? – se pregunta Pilato
(Jn 18,38)-. En realidad se lo pregunta a sí
mismo más que a Jesús, prueba de ello es
que dicho esto, de nuevo salió a los Judíos
sin esperar Su respuesta. Sin embargo, Jesús
poco antes, aseguraba: Yo para esto he naci-
do y para esto he venido al mundo, para dar
testimonio de la verdad,
añadiendo: todo el
que es de la verdad oye mi voz.
Si Pilato hubiese escuchado estas pala-
bras no hubiera necesitado formular su pre-
gunta porque las palabras de Jesús son ya la
respuesta. Pero Pilato no está dispuesto a aco-
ger algo de Jesús; está encerrado en sí mismo,
en su cultura, en su poder, en la idolatría del
César y de sí mismo. Cerrado en su concepto
de vida, él pierde la única ocasión de entrar
en la Vida! Pero nosotros, que nos llamamos
cristianos, ¿Somos acaso muy diferentes de
él? Hoy, como entonces, tal vez más que
entonces, adoramos a nuestros ídolos y a
veces hasta los presentamos como expresión
de la voluntad de Dios, y de este modo, de
una manera más o menos consciente, instru-
mentalizamos el Nombre de Dios.
Sólo el abandono real y sincero a Él,
como María nos ha pedido siempre, es un
antídoto eficaz contra el veneno de la ser-
piente antigua (cfr Nm 21, 9 y S Juan 3, 14-
15). Mirar a Jesús en la Cruz para ser atraí-
dos por Él
(Jn 12,32), para ser elevados a Él,
para ser en Él abandono en el Padre.
Crucificados con Jesús, colgamos en la
madera de la Cruz todo lo que es negación
de Su Amor. Unidos a Cristo para ser Uno en
Dios, uno con el hermano. Hacerse todo
para todos
como San Pablo (ver 1 Cor 9, 19-
23) por amor a Cristo y al Evangelio.
¡Queridos hijos! También hoy os invito
a tener más confianza en mí y en mi Hijo.
Y esta creciente confianza que María nos
pide no es un simple paso hacia adelante, sino
algo radicalmente distinto: es la conversión a
Cristo, basada en la fe en Cristo y María y no
en nuestras pronunciaciones. No se trata de
hacer algo para Cristo o para la Iglesia, o para
el mundo, sino de ser en Cristo y de Cristo, de
vivir de Él y en Él, de respirar en Él y de Él,
de ser asimilados a Él en nuestras obras y
reacciones, en nuestras relaciones con el pró-
jimo y con lo creado. Jesús es la Verdad y
toda nuestra vida debe dar testimonio de Él.
Mayo, un mes entero con María
Majo- junio 2006 - Editado: por Eco di Maria, C.P.
27 31030 Bessica (TV)
(Italia) - Tel / fax 0423. 470331
A. 22, N° 5-6; Esd.a.p. art.2,com.20/c, leg.662/96 filiale di MN-Autor.tribun.MN: 8.11.86, ccp 14124226
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Él ha vencido con su muerte y resurrección
y os llama, para que a través de mí, voso-
tros seáis parte de su alegría.
La victoria de Cristo es absoluta, decisi-
va y definitiva y nosotros estamos llamados
a ser, a través de María, parte de su ale-
gría,
o sea a entrar en el Paraíso. La Santa
Virgen María es la Puerta del Cielo y noso-
tros estamos invitados a entrar a través de
Ella. Es Jesús quien vence y quien nos abre
el Paraíso pero es María el umbral que nos
introduce en Él. Esta alegría debe resplan-
decer en nuestros corazones para hacer res-
plandecer la ciencia de la gloria de Dios en
el rostro de Cristo
(2 Cor 4,6). Esta alegría
hace que nuestro testimonio sea auténtico.
Llevando siempre en el cuerpo el suplicio
mortal de Cristo, para que la vida de Jesús
se manifieste en nuestro tiempo. Mientras
vivimos estamos siempre entregados a la
muerte por amor de Jesús, para que la vida
de Jesús se manifieste también en nuestra
carne mortal
(2 Cor 4, 10-11).
Hijitos, ustedes no ven a Dios, pero si
oran sentirán su cercanía. La oración es
necesaria no porque sea impuesta por un
dios vanidoso sino porque nos permite posi-
cionarnos en la necesaria frecuencia de
onda, nos permite sintonizarnos con el
Corazón de Dios, cuyos latidos entran así en
resonancia con los latidos de nuestro cora-
zón y se funden entre ellos. Es en esta con-
sonancia que se siente Su cercanía, Su
Presencia. Paz y alegría en Jesús y María.
N.Q.
La Pascua es un día más largo de lo nor-
mal: dura ocho días; y justo en la octava de
pascua de este año el pontificado de
Benedicto XVI ha cumplido su primer año
de vida. Era el 19 de abril el día en que fue
elegido Papa, un pontificado aún joven res-
pecto al de más de veinte años de Juan Pablo
II, pero que ha dado ya claros signos de for-
taleza y estabilidad.
Naturalmente cualquier comparación
con su predecesor no sólo resulta arbitraria,
sino además superflua, en vista de la pro-
funda diferencia que caracteriza a los dos
Pontífices. No se puede tampoco negar la
línea de continuidad en las elecciones de
fondo, que no nos hacen añorar al ilustre
predecesor, sino que, nos ofrece un estilo
que sabe profundizar los contenidos de la fe
con sabiduría y elegancia.
Son numerosos sus discursos y las inter-
venciones dignas de señalar, pero también
poco el espacio del que disponemos.
Señalemos pues algunas reflexiones que
Benedicto XVI ha regalado a su rebaño con
motivo de las celebraciones pascuales -
corazón del año litúrgico y núcleo de nues-
tra vida en la fe.
El secreto de la vida es ofrecerse uno mis-
mo
“El secreto de la vida y del amor es ofre-
cerse uno mismo, en última instancia en la
Cruz de Cristo”. Es lo que afirmó el Santo
Padre en la Misa del Domingo de Ramos,
con la que inició la Semana Santa. “Hubo un
periodo- que todavía no ha terminado del
todo- en el que se rechazaba el cristianismo
por culpa de la Cruz. La Cruz habla de sacri-
ficio, se decía, la Cruz es signo de negación
de la vida. Nosotros, en cambio, queremos
la vida por entera sin restricciones y sin
renuncias. Queremos vivir, nada más que
vivir” nos recuerda el Papa con tono realis-
ta, y luego añade: “No hallamos la vida
adueñándonos de ella, sino entregándola. El
amor es ofrecerse uno mismo, y por esto es
el camino de la verdadera vida simbolizada
por la Cruz.”
El arco iris de Dios
Los profetas anunciaban un rey de paz
que destruirá los arcos y anunciará la paz.
“En la figura de Jesús esto se concreta
mediante el signo de la Cruz” nos recuerda el
Santo Padre, “ésta es el arco partido, en cier-
to modo, el nuevo y verdadero arco iris de
Dios, que enlaza el Cielo con la tierra y crea
un puente sobre los abismos de los continen-
tes. La nueva arma, que Jesús nos da en
mano, es la Cruz- signo de reconciliación,
signo del amor que es más fuerte que la
muerte. Cada vez que nos hacemos el signo
de la Cruz debemos acordarnos de no enfren-
tarnos a la injusticia con otra injusticia, a la
violencia con otra violencia; recordar que
podemos vencer al mal sólo con el bien y
nunca intercambiando un mal por otro mal.”
La Cruz en manos de los jóvenes
Sabemos que la Cruz es un símbolo que
acompaña la Jornada Mundial de la
Juventud en distintos lugares del mundo. En
el Domingo de Ramos el Papa la entregó a
una delegación especializada para que
comience su andadura hacia Sydney, donde
en el año 2008 “la juventud mundial preten-
de reunirse de nuevo en torno a Cristo para
construir conjuntamente con Él, el reino de
la paz. De Colonia a Sydney- un camino a
través de los continentes y de las culturas,
un camino a través de un mundo lacerado y
atormentado por la violencia “, comenta
Benedicto. “Simbólicamente es como el
camino que va de mar a mar, desde el río
hasta los confines de la tierra. Es el camino
de Aquel que, en el signo de la Cruz, nos da
la paz y nos hace portadores de su paz”.
El sacerdote es: hacerse amigo de Cristo
La mañana del Jueves Santo la Iglesia
celebra con solemnidad una Misa que nos
recuerda la institución del sacerdocio en la
que se bendice el Crisma, el aceite santo que
se usará para la unción en diversos sacramen-
tos. Es un bellísimo momento en el que los
sacerdotes renuevan en torno a su propio
obispo sus promesas y reciben la Gracia que
les acompañará en su ministerio pastoral todo
el año”. El mundo necesita a Dios- no a cual-
quier dios sino al Dios de Jesucristo, al Dios
que se hizo carne y sangre, que nos amó has-
ta el extremo de morir por nosotros, que ha
resucitado y que ha creado en si mismo un
espacio para el hombre”, dijo el Papa en la
homilía. “Este Dios debe vivir en nosotros y
nosotros en Él. ¡Ésta es nuestra llamada!”.
Ofrezcamos nuestra carne
Una vez más el Papa ha resaltado el
valor del ofrecimiento de uno mismo como
instrumento privilegiado para aquellos que
deseen colaborar con Cristo para crear la
Iglesia: “Seremos capaces de salvarnos sólo
ofreciendo nuestra propia carne. El mal del
mundo debemos sobrellevarlo y el dolor,
compartirlo, absorbiéndolo de lleno en
nuestra propia carne como ha hecho Jesús,
que se hizo carne nuestra. Démosle nuestra
carne, de este modo Él podrá venir a nuestro
mundo y transformarlo!”
¡Rechazar el amor nos ensucia!
“Sólo el amor tiene esa fuerza purifica-
dora que nos quita esa suciedad y nos eleva
a las alturas de Dios”, afirma el Papa
Ratzinger en la Misa del Jueves Santo,
memorial de la Última Cena, en la que
Cristo se arrodilló ante los pies de los após-
toles para lavárselos en señal de Caridad y
servicio. “El amor del Señor no conoce lími-
tes, pero el hombre puede ponérselos”, aña-
dió el Santo Padre. Y más tarde se pregunta:
¿Qué es lo que vuelve al hombre inmun-
do?…Es el rechazo al amor, el no querer ser
amado, el no amar. Es la soberbia la que
cree no tener necesidad de purificación, la
que se cierra a la bondad salvadora de Dios.”
“Esclavos” en el amor
“Dios baja del Cielo y se hace esclavo…
Él es continuamente ese amor que nos lava;
en los sacramentos de la purificación -el
bautismo y el sacramento de la penitencia-
Él está arrodillado ante nuestros pies y nos
ofrece el servicio de la purificación, nos
El Papa nos enseña a “hacer Pascua”
Juan Pablo II
Sacerdote y víctima
Gran emoción y afecto acompañaron la
celebración del 1er aniversario de la
muerte
de Juan Pablo II, amado con un
amor que el tiempo no debilita, sino que
mantiene actual su recuerdo en nuestros
corazones. Recordemos algunas de las pala-
bras del Papa Benedicto con las que acogió
la íntima esencia de su “amado predecesor”.
“El 2 de abril del pasado año, tal como
hoy, el amado Papa Juan Pablo II estaba
viviendo la última fase de su peregrinación
terrena. Su agonía y su muerte representa-
ron casi un alargamiento del Triduo pas-
cual…”Dios los probó- dice el Libro de la
Sabiduría- y los halló dignos de sí .Como el
oro en el crisol los probó y le fueron acep-
tos como sacrificio de holocausto”
(Sb 3, 5-
6). El término “holocausto” hace referencia
al sacrificio en el que se quemaba a la vícti-
ma, consumida por el fuego; era signo por
tanto de entrega total a Dios.
Esta expresión bíblica nos recuerda la
misión de Juan Pablo II, que entregó su
existencia a Dios y a la Iglesia y ha vivido
la dimensión de sacrificio de su sacerdocio
especialmente en la celebración de la
Eucaristía. Entre sus invocaciones preferi-
das, había una tomada de las Letanías de
Jesucristo Sacerdote y Víctima: Jesús,
Pontífice que te entregaste a Dios como
ofrenda y víctima, ten piedad de nosotros”.
¡Cuántas veces repitió él esta invocación!
Expresa bien el carácter íntimamente sacer-
dotal de toda su vida.
Él nunca ocultó su deseo de ser una sola
cosa con Cristo Sacerdote, a través del
Sacrificio eucarístico, fuente de incansable
entrega apostólica.*
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hace capaces de Dios. Pero hay aún una
dimensión más profunda. El Señor nos qui-
ta la suciedad a través de la fuerza purifica-
dora de su bondad. Lavarnos los pies los
unos a los otros significa sobretodo perdo-
narnos incansablemente los unos a los otros,
siempre recomenzar juntos de nuevo aunque
ello nos pueda parecer inútil. Significa puri-
ficarnos los unos a los otros soportándonos
mutuamente y aceptando ser soportados por
los demás…”
¡Busquemos nuestro lugar en el Via
Crucis!
“En el Via Crucis no podemos ser meros
espectadores. Estamos implicados en él y
debemos buscar nuestro lugar: ¿dónde esta-
mos nosotros? En el Via Crucis no se puede
ser neutral. Pilato, el intelectual escéptico,
quiso ser neutral, quedarse fuera, pero justa-
mente así se posicionó contra la justicia por
el conformismo de su carrera…” Con estas
palabras concluye el rito que habitualmente
en la noche de Viernes Santo se revive en el
Coliseo, lugar de martirio de miles de cris-
tianos en los tiempos de su persecución en
Roma. “El Via Crucis no es algo del pasado
y de un determinado lugar de la Tierra. La
cruz del Señor abraza al mundo, su Via
Crucis
atraviesa continentes y tiempos”,
añadió después.
Estaciones de consuelo
Sabemos qué sufrimientos padeció Jesús
en ese tramo de camino recorrido hacia el
Calvario, y a menudo tendemos a conside-
rar la maldad de los hombres. Nos hacemos
culpables identificándonos con ellos, pero
tal vez no consideramos lo suficiente las
figuras positivas que rodean al Condenado.
Por ello el Papa ha puntualizado: “También
hemos visto estaciones de consolación.
Hemos visto a la Madre, cuya bondad per-
manece fiel hasta la muerte y mas allá de la
misma. Hemos visto a la mujer valiente que
permanece ante el Señor y no tiene miedo de
mostrar su solidaridad con este sufriente.
Hemos visto a Simón el Cireneo… ¡Al igual
que los sufrimientos, tampoco las consola-
ciones terminan!
El camino de la misericordia
De este modo el Papa nos invita a cam-
biar nuestra visión del Via Crucis que “no es
simplemente una recolección de las cosas
oscuras y tristes del mundo, no es ni siquie-
ra un moralismo al final ineficaz, y no es un
grito de protesta que no cambia nada, sino
que en realidad el Via Crucis es el camino
de la misericordia que pone límite al mal,
así nos lo enseñó el Papa Juan Pablo II…Y
así es como somos invitados a tomar el
camino de la misericordia y poner con Jesús
límite al mal…Oremos al Señor para que
nos ayude a ser contagiados por su miseri-
cordia. Oremos a la Santa Madre de Jesús, la
Madre de la Misericordia, para que también
nosotros podamos ser hombres y mujeres de
la misericordia y así contribuir a la salva-
ción del mundo”, finalmente concluye.
¿Qué significa resucitar?
Toda nuestra fe cristiana se basa en ese
gran misterio de la noche del sábado; el
evento de la resurrección de los muertos.
Acontecimiento inaudito, determinante para
la suerte de la humanidad de todos los tiem-
pos. Pero justo en la homilía de la Vigilia
Pascual Benedicto XVI se pregunta: ¿En
qué consiste realmente la resurrección?
¿Qué significa para nosotros? Para contestar
el Santo Padre usa por vez primera una pala-
bra prestada de la teoría de la evolución: “La
Resurrección de Cristo es la mas grande
“mutación”, el salto más decisivo hacia una
dimensión totalmente nueva: un salto a un
orden completamente nuevo que atañe y
concierne a toda la historia.”
Parecen conceptos complicados, por ello
el Papa para explicárnoslo mejor nos sigue
preguntando: “¿Qué pasó allí? ¿Qué signifi-
ca esto para nosotros? Ante todo :¿Qué ha
ocurrido? Jesús ya no está en el sepulcro. Ha
iniciado una vida totalmente nueva. ¿Pero
cómo puede haber ocurrido esto? ¿Qué fuer-
zas han intervenido?”
Una explosión de luz
He aquí la respuesta: “La muerte de Cristo
ha sido un acto de amor. En la Última Cena Él
anticipó la muerte y la transformó en don de
sí mismo… La Resurrección fue como una
explosión de luz, una explosión de amor…
Ésta inauguró una nueva dimensión del ser, de
la vida, en la que de manera transformada, se
integró también lo material y a través de la
cual emerge un nuevo mundo”, añadió.
Esta gran explosión, así es como la defi-
ne el Papa Benedicto, nos implica también a
nosotros:
“La gran explosión de la
Resurrección nos ha aferrado en el
Bautismo para atraernos… Es evidente que
este acontecimiento no es un simple milagro
del pasado. Es un salto de calidad en la his-
toria de la “evolución” y de la vida en gene-
ral hacia una nueva vida futura, hacia un
nuevo mundo que, partiendo de Cristo, ya
penetra continuamente en este nuestro mun-
do, transformándolo y atrayéndolo a sí.
Vivir la propia vida como una entrada conti-
nuada en este espacio abierto: ¡Éste es el
significado de ser bautizado!
Nos aferramos al Señor resucitado y
sabemos que Él nos sustenta con fuerza aun
cuando nuestras manos se debilitan. Nos
aferramos a su mano, y así tomamos tam-
bién la mano de los demás, pasando a ser
todos una sola cosa.”
¡No está aquí!
“El Hijo de Dios no se quedó en el sepul-
cro, porque no podía quedar prisionero de la
muerte y la tumba no podía retener al
“Viviente” que es la fuente misma de la vida
“- comenta el Papa Benedicto el domingo de
Pascua, en la alegría serena que este día lle-
na los corazones. “El cuerpo exánime de
Cristo ha sido atravesado por el soplo vital
de Dios y, rotas las barreras del sepulcro, ha
resucitado en la gloria. Por esto los ángeles
proclaman: “no está aquí”, ya no se le puede
encontrar en la tumba… ¡ha abierto la tierra
de par en par hacia el Cielo!”
Y concluye con este deseo el recorrido a
través de su primera Pascua como Pontífice:
“El Señor resucitado haga sentir por todas
partes su fuerza de vida, de paz y de liber-
tad. A todos van hoy dirigidas las palabras
con las que en la mañana de Pascua el ángel
confortó a los corazones temerosos de las
mujeres: ¡No tengáis miedo!…No esta aquí.
Ha resucitado…No tema la humanidad del
tercer milenio abrirLe el corazón. Cristo
ahora está vivo y camina con nosotros.
¡Inmenso misterio de amor!”*
Esas
benditas
llagas
de Stefania Consoli
Pero ¿cómo es posi-
ble? ¿Cómo se puede
bendecir el signo
doliente marcado por
un sufrimiento? ¿Cómo
podemos estar alegres con el recuerdo de un
dolor, que tal vez esté aún vivo en el borde
de una llaga? Nosotros, gente de un mundo
que nos habla de lo contrario e intenta lim-
piar las huellas de todo mal. Pues bien , así
sucede con los signos que marcaron el cuer-
po del Resucitado: relato de pasión, crónica
de misión consumada en la cruz, testimonio
de un acto único de salvación eterna.
Ahí están las llagas, aún abiertas en su
cuerpo ya glorioso, vivo, para siempre, bajo
forma inconcebible para la mente, pero per-
ceptible a través de los sentidos que el alma
posee. Sí, el alma ve, oye y toca realmente
las realidades celestes.
A sor M. Marta Chambon - una mística
francesa de mediados del siglo XIX- Jesús
un día le dijo: “Mis santas llagas sostienen
al mundo… pídeme amarlas constantemen-
te, porque son fuente de toda gracia. Hay
que invocarlas a menudo, atraer al prójimo
e invitar a las almas a su devoción. De mis
Llagas salen frutos de Santidad.
Meditándolas, hallaréis en ellas siempre
nuevo alimento de amor.”
Luego sí están, y deben ser vividas,
conocidas y habitadas estas llagas benditas.
Porque de ellas emana la salvación. Y la luz.
Esa misma luz que inundó el sepulcro cerra-
do y desquició los sellos de la muerte.
Fuentes abiertas que ofrecen bebida a los
sedientos de justicia, paz e indulgencia.
Contemplarlas delante del Crucifijo rea-
viva la memoria de algo familiar que mueve
a la compasión. En la paradoja que une la
crueldad de los agujeros con la mansedum-
bre de Aquel que los ha permitido.
Ante nuestros ojos, fijos en ellos, van
pasando imágenes de escenas no vistas -
explicadas- y ayudan a comprender a aquel
Hombre que soportó por nosotros ese horri-
ble acto. Nos ayudan a conocer a aquel Rey
con su corona: una mordaza de espinas pun-
tiagudas que herían sin tregua su cabeza. Las
manos abiertas, extendidas por el espasmo.
Los pies atados, uno sobre el otro, bañados
en lágrimas.Pero hay una llaga que se aden-
tra en la profundidad de Cristo crucificado.
Allí es donde Él nos invita, en esa llaga
abierta de su costado, junto al corazón, don-
de oír los latidos aun vivos es algo muy nor-
mal, para el que va con fe.
Quien se sienta pobre está invitado.
Quien busque la salvación, se arrime a esa
fuente de perdón que nunca se cerrará. Es
más, en cada Misa, rebrotará de par en par
para difundir esa Sangre que lava, nutre y
purifica a los corazones penitentes.
Es una llamada para los débiles, los frá-
giles, los inseguros. Todos nosotros, pues,
para que hallemos refugio y protección,
como en las grietas de una roca. Ocultos a
los ojos ruines. Expuestos sólo a una mira-
da: la de la Misericordia.*
3
Eco 187
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Justicia del cuerpo
ante el Creador
¿Qué es el cuerpo? ¿Para qué sirve el
cuerpo? ¿Por qué tenemos un cuerpo?
Quizá nadie se plantea nunca estas cuestio-
nes porque se dan por descontadas. El cuer-
po es un don de Dios, un gran don; es un
misterio para el hombre que sin embargo tie-
ne la responsabilidad de conocer. A lo largo
de la vida, podemos someterlo a estudios
médicos, análisis, chequeos, pero nada de
eso sirve para adentrarnos en el misterio de
nuestro cuerpo, no nos ayuda a tratarlo con
justicia.
Por justicia del cuerpo entiendo aquel
aspecto propio original que Cristo ha eleva-
do a la dignidad de poder estar ante Dios. La
revelación de este misterio corresponde al
cristiano, porque tiene pleno acceso al cono-
cimiento del misterio, así como a descubrir
el don que Dios nos ha hecho dándonos el
cuerpo.
El descubrimiento del cuerpo acontece
como un proceso previsto en el camino de fe
del cristiano. De hecho, es la consecuencia
de la resurrección de Cristo en la carne; en
ella el cuerpo encuentra su dimensión y asu-
me las características propias en el orden de
la gracia; entra así en esta obediencia y asu-
me la vida convirtiéndose en parte importan-
te al servicio de lo que llamamos alma y en
la relación con Dios.
Muchos ejemplos nos pueden ayudar
a comprender esta previsión a la que está
llamado el cuerpo.
Vemos que actualmente
el cuerpo se ha convertido en un ídolo. El
hombre sirve al cuerpo de tantas formas y
maneras que se ha convertido en un esclavo
del aspecto de su propio cuerpo. Asimismo
vemos a personas consagradas que viven su
cuerpo con dejadez, como si fuera una reali-
dad al margen de la misión a la que han sido
llamados.
Son dos ejemplos extremos y distantes
entre sí, aunque entre uno y otro existe una
vasta gama de comportamientos que cada
uno adopta con el propio cuerpo. Pero ¿cuál
es la actitud que Dios quiere que tengamos
con nuestro cuerpo?
Por mi experiencia personal me doy
cuenta de que con el esfuerzo humano no es
posible dar al cuerpo un equilibrio, porque si
está fuera de la fe, no es más que un lugar
cerrado en el que se acumulan y descargan
toda clase de dramas y desequilibrios a los
que se ve sometida el alma.
Una sola es la respuesta que lleva a la
unidad del ser, en la que se da la verdad ple-
na del cristiano: esta respuesta es el paso
pascual de Jesús a través del hombre,
devolviendo equilibrio y unidad allí donde
había división y desequilibrio.
Entrar en su pasión y muerte con lo que
somos y tenemos, nos lleva a la resurrección
de su vida en nuestra carne, es decir a la
Eucaristía viviente. En este orden, el cuerpo
funciona como templo asumiendo las leyes
de la vida; asume también la tarea de conce-
lebrar lo que el alma celebra en su unión con
Jesucristo. De esta manera el cuerpo
encuentra su plenitud y su orden. “Que el
pecado no reine más en vuestro cuerpo mor-
tal…No entreguéis vuestros miembros al
pecado como instrumentos de injusticia. Al
contrario, entregaos a Dios como instru-
mentos de justicia…”
(Rm 6, 12-13).
Daniele Benatelli
Uno a mi sangre
el deseo de Dios
“Nosotros que somos fuertes, debemos
sobrellevar las deficiencias de los débiles y
no buscar lo que nos agrada a nosotros mis-
mos. Cada uno de nosotros debe procurar
agradar a su prójimo para su bien y su
robustecimiento en la fe. Porque Cristo no
buscó lo que le agradaba”.
(Rm. 15, 1-3).
DONAR SANGRE es siempre para mí
una experiencia muy significativa, una
acción que intento vivirla en Cristo y por
Cristo, uniéndome a Él en la sencillez de
este gesto. No lo afronto de hecho como un
sacrificio, sino tan solo como una respuesta
de amor hacia Aquel que me ha dado la vida
y la salud como don gratuito y para que yo
también pueda ser don para los demás.
A fin de que este simple gesto de volun-
tariado sea transformado en ofrecimiento
espiritual,
me acerco a la Eucaristía antes
de la donación, de manera que con Jesús
presente en mi alma y en mi cuerpo, sean su
vida y su sangre, que pasen a través de mí,
quedando yo al margen.
También añado la oración durante la
extracción, bendiciendo el instrumental
médico, el ambiente, los enfermeros, los
demás donantes, mi sangre y la de los
demás, ofreciéndola al Padre porque es su
Creador y uniéndola a la Preciosísima
Sangre del Hijo de Quien hemos recibido la
redención y consagrándola al Espíritu
Santo, inspirador de este acto altruista, reca-
pitulándolo
todo en el Amor.
Oro por la persona que recibirá mi
sangre, aun ignorando de quien se trata y
pido por su salud espiritual. Siento que mi
oración es escuchada, por cuanto que mi
gesto no es una donación solo física:
mediante la oración uno a mi sangre mi
deseo de Dios, mi ofrecimiento lo condicio-
no a El. Este gesto vivido con la mirada
puesta en Dios se transforma en un acto pre-
cioso que siento no debo dejar nunca de
hacer en mi vida.
“…Y Dios que da la paciencia y el con-
suelo, os conceda vivir en armonía unos con
otros a ejemplo de Jesucristo, para que con
un solo corazón y todos a una podáis dar
gloria a Dios, Padre de nuestro Señor
Jesucristo”.
( Rm 15, 5-6)
Al día siguiente de la transfusión, se advier-
te un poco de debilidad, pero también esto
se convierte en don y fuente de alegría, por-
que he dado una parte de mí. Este conoci-
miento se transforma también en pensa-
miento de gratitud y de ánimo, como ima-
gen de lo que debería ser a nivel espiri-
tual.
Así debería ser en la vida cotidiana de
quien desea ofrecer la propia vida: si pensa-
mos que todo lo hemos recibido como don y
que nuestra renuncia va a servir para nutrir y
sostener a alguno de nuestros hermanos
necesitados, entonces nos será más fácil
dejar de contemplarnos a nosotros mismos y
elevar nuestra mirada al Señor, dándole gra-
cias por cada uno de estos gestos ordinarios,
tal vez misteriosos, oscuros y dolorosos.
Hay que confiar también en el hecho de que
de todo aquello que nos privamos aun nece-
sitándolo, para nutrir a quien está necesita-
do, nos será dado de nuevo, según el tiempo
de la sabiduría divina y de su generosa
medida. Nuestro físico, creado con armo-
niosa perfección, nos da una demostración
práctica: un poco de mis fuerzas vitales han
servido para ayudar y sostener a otra perso-
na. Por otra parte, el cuerpo vuelve ensegui-
da a la actividad para recuperar sus caren-
cias. Esto es sólo el reflejo de nuestra natu-
raleza espiritual.
Desde el momento en que somos capa-
ces de dar y de darnos, al mismo tiempo nos
sentimos abiertos a recibir nuevamente del
Señor, dones abundantes para darlos a los
demás con alegría y gratitud. La sangre que
se reproduce en mi cuerpo
, es igual a la
que he dado y además nueva. Así también
sucede con la gracia que nos viene dada
después de cualquier renuncia que hayamos
hecho por amor, es siempre una gracia nue-
va, preciosa e irrepetible.
Si así lo hacemos nos sentiremos cada
vez más atraídos por Él, nos sentiremos
invitados a entrar en el círculo de la vida en
el Espíritu que nunca se acaba: dar y recibir,
morir y resurgir, recibir y dar amor, para ser
amor.
Viviendo y contemplando todo esto, dar
la sangre se convierte para mí en un canto de
alabanza y de agradecimiento a Dios Padre,
Hijo y Espíritu Santo, por el don de la salud
física y espiritual y como signo externo de
una realidad que quiero vivir cada vez más
plenamente, sin límites y sin interrupciones
en mi vida cotidiana, en mi oración y en mi
vocación: “Gratuitamente habéis recibido,
gratuitamente dad”
(Mt 10,8)
Francesco Cavagna
La amistad con los
santos de la Iglesia
gloriosa y purgante
es para conservarla
como valioso tesoro.
Ellos no se hallan
“gobernados”
por
límites e intereses
humanos, y nos pro-
fesan un amor verda-
dero.
Este año es un año especial para uno de
estos amigos. Se dará una fiesta de cumple-
años que durara un entero año, y estamos
invitados. Multitud de gracias y bendiciones
se ofrecerán a todos aquellos que se unan al
cielo y a la tierra para celebrar a ese hombre
que fue uno de los fundadores de la
Compañía de Jesús, junto con San Ignacio
de Loyola y al que se compara con el mis-
mo San Pablo por su pundonor y éxito en
sus misiones.
SAN FRANCISCO JAVIER nació en
España hace 500 años: era un 7 de abril de
1506. En 1542 Francisco inició su labor
misionera en las colonias portuguesas de la
India. Predicó con bastante éxito en Goa
antes de trasladarse a la India meridional y a
Ceylan (actual Sri Lanka), Malacca y Japon.
Decenas de miles de personas se convirtie-
ron y se fundaron muchas comunidades
cristianas.
Un santo en tierra de Asia
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Fue muy devoto de la Virgen, (siempre
llevaba consigo un rosario) y enseñaba un
cristianismo basado en la caridad. “Todo lo
que hacía lo hacía con gran alegría”, se lee
sobre él. Buscaba ante todo confortar a los
enfermos e instruir a los niños.
“Me ase-
diaba una multitud de jóvenes, tantos que no
hallaba tiempo para rezar el Oficio divino,
ni para comer, ni para dormir; me pedían
constantemente que les enseñara nuevas
oraciones. Empecé a entender que de ellos
es el reino de los cielos”.
Muchos eran los enfermos que sanaban,
incluso algunos muertos resucitaron. Su
fama le precedía en sus viajes y Francisco
recibía multitud de peticiones. Le escribió a
San Ignacio diciéndole que era imposible
satisfacer a todos él solo, y de este modo
para superar el problema y para evitar dispu-
tas entre los enfermos peticionarios, halló un
sistema doblemente eficaz utilizando a los
niños. Éstos fueron instruidos, y a los más
de fiar se les encomendaba ir a los enfermos
a recitar el Credo y otras oraciones en com-
pañía de sus familiares y amigos, animando
a los enfermos a tener fe y confianza en la
sanación. Dios se dejaba conmover por la fe
y por la piedad de estos pequeños-
escribía
Francisco- concediendo a un gran numero
de enfermos el don de la sanación en cuer-
po y espíritu.
Según los testigos, estos niños
pedían prestado el rosario del Santo
para
ponerlo sobre los enfermos durante la ora-
ción.
Pero la mies era mucha y los obreros
pocos. En sus cartas Francisco, apesadum-
brado, expresaba su decepción ya que pocos
estaban dispuestos a ofrecer su talento al
servicio de Dios: “Muchas veces me entran
ganas de recorrer las Universidades de
Europa y ponerme a
gritar como un loco y
zarandear a todos los que tienen más cien-
cia que caridad…”
para que alguno pudiera
responder: “Heme aquí Señor, ¿Qué quieres
que yo haga?” como Samuel en la Biblia.
“¡Muchísimos, en estos lugares, no se hacen
cristianos por no haber quien los haga cris-
tianos! “
Junto con Teresa de Lisieux, San
Francisco Saverio es venerado como patrón
de todas las misiones. Murió a las puertas de
China el 3 de diciembre de 1552. Su cuerpo
incorrupto
se conserva en la Iglesia del
Buen Jesús en Goa , India.
San Francisco Javier, en este año de gra-
cia (3 de diciembre de 2005 - 3 de diciembre
de 2006) encomendamos a tu intercesión
nuestro corazón para que se convierta,
dejando que del resto se ocupe Jesús, a quien
nadie gana en generosidad.
B.K. Drabsch
MAYO, EL MES DE MARÍA
Es del todo sabido que mayo es el mes
dedicado a María durante el cual se multi-
plican las iniciativas que ponen a la Madre
de Dios en el centro de nuestra atención:
plegarias, procesiones, peregrinaciones a
sus Santuarios, reflexiones y profundización
de vida interior. Pero, no de todos es sabido
desde cuándo y por qué esta tradición está
ligada al mes de mayo y cómo nació y se
desarrolló en el transcurso del tiempo. He
aquí una breve síntesis que nos ayudará a
vivir el “mes de María” con mayor conoci-
miento y comprensión.
En los orígenes del culto mariano
El culto mariano se ha desarrollado en el
transcurso de los siglos, enriqueciéndose
con el aumento de las fiestas litúrgicas dedi-
cadas a María y también con las expresiones
de piedad popular, aceptadas y promovidas
por el Magisterio de la Iglesia. Desde los
comienzos del cristianismo, en época de
Carlomagno (siglo IX), el día del sábado
estaba dedicado a María y de hecho aún hoy
existe la posibilidad de escoger para la litur-
gia del sábado la Memoria de Santa María;
seguramente para recordar la importancia
del Sábado Santo y comprender así mejor la
parte tan importante de María en nuestra sal-
vación. Ella, siendo la Madre de la Iglesia
naciente y de cada hombre en particular,
espera con firmeza la Resurrección de su
Hijo y confirma a los apóstoles y discípulos
en su fe vacilante.
De la misma manera que Ella estaba pre-
sente en los inicios de la Iglesia, ahora tam-
bién lo está en nuestro peregrinar por la tie-
rra, en el sábado de nuestra vida y de nues-
tra historia
, cuya salvación Cristo ya ha rea-
lizado, pero que debe llegar aún a su pleni-
tud, tanto en nuestra existencia particular
como en la del mundo.
La fe del pueblo
La piedad popular
hacia la
Bienaventurada Virgen
María ha gozado siem-
pre de gran fervor
entre los creyentes que
han sentido la necesi-
dad de caminar acompa-
ñados de la Madre, a lo
largo de los tortuosos sen-
deros de la vida. Le han con-
fiado sus vidas, sus familias, las
naciones. Así en el curso de los siglos, los
fieles han llegado a dedicar a María un mes
entero; en Occidente las primeras manifes-
taciones del mes del mayo mariano, se
remontan a la última década del siglo XVI,
una época en que el apostolado era muy
nutrido por los píos ejercicios, más accesi-
bles al pueblo, ya que la Liturgia de la
Iglesia era de más difícil comprensión y
más alejada del sentir popular.
Este mes está claramente asociado al
renacer de las flores, al abrirse de la natura-
leza y a la dulzura de sus paisajes y sus per-
fumes. Todo ello es imagen de la belleza y
del esplendor de la vida, tal como el pueblo
desde siempre ha percibido a María.
En el rito bizantino en cambio, el mes dedi-
cado a María es el de agosto, en el que se
celebra la solemnidad de su Dormición (la
Asunción para nosotros), mientras que los
cristianos coptos han escogido para Ella el
mes de Kiahk (entre diciembre y enero), en
el que se celebra la solemnidad de la
Navidad.
El Magisterio de la Iglesia contempla
también un Directorio sobre la piedad
popular,
para poder integrar todas las devo-
ciones personales o comunitarias con lo que
es el vértice de la vida cristiana: la Sagrada
Liturgia, en la que todo debe confluir para
poder armonizar la madurez de la fe y de la
vida espiritual.
Toda forma sana de piedad popular, es
testimonio de la fe de los sencillos de cora-
zón, y siempre basada en la raíz de los mis-
terios de la fe cristiana, lleva a la unión vital
con Cristo, a la creencia en El y prepara el
corazón al encuentro con El, en la celebra-
ción litúrgica de la santa Misa.
María nos lleva siempre a Jesús
El mes de mayo puede ser un momento
de mayor reflexión y de compromiso de una
conversión concreta, un tiempo en el que
dediquemos más espacio a la oración perso-
nal y/o comunitaria, de varias y diversas ini-
ciativas.
Es importante que estas iniciativas vayan
en consonancia con el tiempo litúrgico; el
mes de mayo cae a menudo dentro del cin-
cuentenario de la Pascua y de esta manera
los piadosos ejercicios pueden reflejar la
participación de la Virgen María en el mis-
terio pascual y de Pentecostés.
La devoción a María nos lleva asimismo
a la Encarnación de su Hijo y a descubrir el
verdadero rostro de Jesús, que toma de Ella
su humanidad. A través de María meditamos
sobre el misterio de Su existencia
y nos lleva a podemos encon-
trar con Jesús, como el
Dios con nosotros,
como Aquel que ha
compartido en todo
nuestra existencia
terrena.
La Madre de Dios
como primera discí-
pula, ha entrado en la
plenitud de la vida
porque ha vivido siem-
pre en Gracia perfecta,
como persona redimida y
ahora quiere acompañarnos a
cada uno de nosotros por este camino.
Ella es la llena de gracia para nosotros, por-
que por medio de Ella hemos recibido la
Salvación y continuamos recibiendo todas
las gracias que nos son necesarias en nues-
tro camino y en la vida espiritual, así como
para abrirnos al Amor del Padre celestial.
Cualquier devoción y culto a María
deben por tanto ayudarnos a acogerla como
Madre, tal como lo hizo Juan al pie de la
Cruz, para que María pueda permanecer a
nuestro lado en nuestra vida cotidiana y en
nuestra casa, permitiéndole que nos guíe
hacia la santidad. Entonces no estaremos
nunca solos porque donde está María está
presente la Santísima Trinidad.
Sabina Rosciano
“Y es que Dios hizo el cuerpo, dan-
do mayor honor a lo menos noble,
para evitar divisiones en el cuerpo y
para que todos los miembros se pre-
ocupen unos de otros. Así, si un
miembro sufre, con él sufren todos
los miembros; si un miembro recibe
una atención especial, todos los
miembros se alegran. Ahora bien,
vosotros sois el cuerpo de Cristo y
cada uno por su parte es miembro
de ese cuerpo.
(1 Cor 12, 24-27).
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Chiara Lubich con una expresión muy bella
y significativa, ha dicho: “cuando uno se
hace pequeño, el diablo no lo ve y por tanto
no puede atacarlo”.
En resumen, el pequeño está como
inmunizado contra el mal. La acción de
Jesús que es el antídoto contra el pecado,
ejerce su eficacia en la pequeñez: en el gran-
de parece que la medicina no tiene efecto.
También Jesús escogió el último lugar
para hacer la voluntad del Padre, se hizo
pequeño, es más, aceptó el aniquilamiento,
que es verdaderamente el lugar más peque-
ño. Y de este modo el Padre lo exaltó y col-
mó de gloria.
María escogió también el último lugar,
se hizo pequeña y pudo decir: todas las
generaciones me llamarán bienaventurada.
Si también nosotros nos hiciéramos
pequeños, posibilidad que se concede a
todos, también nos llamarían beatos y lo
seríamos verdaderamente.
Animémonos a recorrer este camino.
Nos daremos cuenta de que será cada vez
más luminoso y de esta manera tendremos la
luz suficiente para distinguir claramente las
cosas: las que nos llevan a la vida y las que
nos llevan a la muerte.
Pidamos a María la sabiduría del cora-
zón para poder comprender que ser peque-
ños no es ningún mal sino un bien y para
poder comprender que es el modo privile-
giado para vivir la vida en plenitud.
Si lo hacemos así, tal vez podremos alabar y
agradecer a Dios, como hizo María, las
maravillas que el Padre hace en nosotros y
en los demás.
Pietro Squassabia
25 AÑOS
DE
GRACIA
El 25 de junio de 2006
hará 25 años que María se
aparece en Medjugorje. Un
hecho extraordinario bajo
muchos puntos de vista y que ya ha
hecho correr ríos de tinta y que con mucha
probabilidad hará correr muchos más, por
cuanto aún se dirá y se escribirá.
Pero la Virgen no viene para que se
escriban libros o para que los sacerdotes dis-
cutan. La preocupación del corazón de
María, es la salvación del mundo, de cada
uno de los hijos de Dios que viene a la tierra
en esta generación.
A mí esta efeméride de los 25 años me
remite a otra efeméride, la del Jubileo,
que también tiene lugar cada 25 años y que
es llamado “año de gracia” desde el Antiguo
Testamento. Y el relato bíblico que me lo
sugiere, es un fragmento del profeta Isaías:
“El Espíritu del Señor Dios está sobre mí,
porque el Señor me ha ungido. Me ha envia-
do a llevar la buena nueva a los pobres, a
curar los corazones oprimidos, a anunciar
la libertad a los cautivos, la liberación a los
Noticias de la tierra bendita
presos; a proclamar un año de gracia del
Señor”
(Is 61,1 ss).
En este fragmento se encuentra todo
Medjugorje. ¿Quién más que María ha reci-
bido en don el Espíritu del Señor? Ella es su
Esposa, su Sombra la cubrió y concibió por
su acción y para no aparecer como un caso
singular, compartió el don del Espíritu con
los Apóstoles en Pentecostés, es decir, con la
Iglesia naciente.
Como “miembro escogido por la Iglesia
y como su figura” (LG 53), como la define
el Concilio Vaticano II, María posee de
manera sobresaliente todas las característi-
cas y funciones que Jesús, cabeza del
Cuerpo Místico, ha transmitido a todo el
pueblo de Dios: la función profética, sacer-
dotal y real.
No hay profeta que no sea enviado y
María ha dicho muchas veces que estas
apariciones no se deben a una iniciativa
suya;
es Dios Quien la envía, cuando y don-
de quiere. A este propósito, poco sentido tie-
nen los comentaros un poco irónicos de
aquellos a quienes les parece que María
habla mucho. El profeta enviado por Dios es
un centinela que no puede callar ante el peli-
gro, so pena de acarrearse una enorme res-
ponsabilidad.
Como el profeta, María viene a traer-
nos la buena nueva. Es significativo que la
Santísima Virgen denomine las palabras
dirigidas a los videntes y a nosotros “mis
mensajes”. Las palabras de María, unas
veces de ternura y dulzura indescriptibles,
otras, severas y veladas de tristeza, son
siempre el eco de la Buena Nueva, es decir
del evangelio de Jesús; porque Ella está tam-
bién al servicio del evangelio, es más, Ella
es la “estrella de la nueva evangelización”,
como decía Juan Pablo II.
Los mensajes de Medjugorje son
Buena Nueva porque intentan consolar a los
pobres y vendar las heridas de los corazones
rotos. El corazón roto es la conversión, moti-
vo de fondo de todos los mensajes, que nos
dicen que no es imposible ni mortificante,
sino que lo más justo que el hombre puede
hacer es poner a Dios en el primer lugar de
su vida.
Quien va a Medjugorje respira aún
hoy la paz y la razón es muy sencilla: allí
las cosas son exactamente como Dios desea;
primero es Dios y las cosas de Dios, después
todo el resto. La armonía espiritual se refle-
ja en la armonía de todo el ambiente y María
sierva fiel de Dios desde su primer sí, puede
ser llamada justamente Reina de la Paz.
Shalom significa paz-plenitud de Dios;
María goza de esta plenitud en el cielo y la
difunde por mandato de Dios, sobre la tierra.
Si todos escuchásemos los mensajes de
María, de verdad el mundo gozaría de los
beneficios del año sabático, del Jubileo, es
decir, del don del perdón dado y recibido y
de la retribución de los bienes de la tierra
con justicia. El fruto de la justicia es la paz.
Pero como todo profeta, María no es
escuchada en su patria, en la Iglesia. En
este tiempo actúa seguramente satanás, del
cual María nos ha puesto tantas veces en
guardia; aunque si el Señor permite esto, es
seguramente para obtener un bien mayor.
Dejemos que este misterio de gracia se
manifieste en el tiempo hasta que el Señor
quiera y como Él desee; a nosotros, a los que
la Virgen ha tocado el corazón, nos sea con-
cedida en este año jubilar, una fidelidad cada
vez mayor a sus mensajes, al don de la ora-
ción y a la paz profunda del corazón.
don Nicolino Mori
La Pequeña
(pensamientos sencillos)
“Mi alma magnifica al Señor y mi espíritu
se alegra en Dios mi salvador, porque ha
mirado la humildad
(la pequeñez) de su
esclava”
(Lc 1,46).
María no era ninguna personalidad de su
tiempo. No era una persona que contase en
la sociedad. No formaba parte del círculo de
los doctores de la ley, ni mucho menos de
los sabios de entonces. Era una joven y por
tanto tenida en poca consideración, sobre
todo en aquel tiempo. No era de familia aco-
modada, por lo que en la presentación de
Jesús en el templo, la vemos ofreciendo un
par de pichones como hacían los pobres. No
hace nada importante. No se la toma en con-
sideración ni siquiera cuando se convierte en
Madre de Dios. Nadie se percata de Ella y
tampoco Jesús da muestras de tratarla como
una persona importante.
Ella es discreta, no habla mucho y está
atenta a la escucha; conserva en su corazón
cuanto ha aprendido y no dispersa los dones
recibidos, sino que los hace fructificar. No
se impone, sino que se deja conducir. Ella es
la pequeña.
Nos podemos preguntar: ¿Cómo ha
podido Dios escogerla por madre y qué
características ha visto en Ella? ¿Qué exá-
menes ha superado para haber sido conside-
rada digna de ser la Madre de Dios? ¿Qué
estrategias ha usado para llegar a ser la pre-
dilecta?
Quizá el secreto esté en esto: en su
pequeñez.
Y aún: ¿Qué dones ha encontrado Dios
en Ella y sigue encontrando para complacer-
se y continuar complaciéndose en Ella? La
respuesta es siempre la misma: su pequeñez.
María es la Pequeña que ha permitido a Dios
actuar en Ella, pudiéndola colmar de dones
y hacerla llena de gracia, toda pura, toda
santa, toda entrega y toda amor.
Es por su pequeñez que María es
grande, su pequeñez la guarda del mal y su
pequeñez la convierte en Madre de Dios.
Su pequeñez atrae la benevolencia de
Dios, el solo Santo, el solo Bueno, el solo
Justo. En Ella se complace verdaderamente
su Señor y la hace toda bella e invencible,
tanto ahora como entonces.
También nosotros tenemos la posibili-
dad de imitar a María, también nosotros
podemos escoger el último puesto, el puesto
de los pequeños. “Te bendigo Padre… por-
que has escondido estas cosas a los sabios e
inteligentes y las has revelado a los peque-
ños”
(Mt 11,25). Si nos convenciéramos de
esto no nos lamentaríamos nunca del lugar
que nos toca en esta vida.
Aceptaríamos como María y los santos,
el lugar que nos reserva la Divina
Providencia. Gozaríamos de nuestra peque-
ñez y veríamos con ojos diferentes los gozos
y las penas de la vida.
Por eso el maligno nos empuja siempre a
buscar el primer puesto, a la grandeza, él que
es grande en soberbia, para después hacer-
nos caer en el abismo.
Jesús en cambio nos dice: “Cuando seas
invitado ponte en el último puesto y así
cuando venga el que te invitó, te dirá: ami-
go, sube más arriba” (Lc 14,10). Él nos invi-
ta a escoger el último lugar para poder ele-
varnos a lo alto, al cielo.
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¡Se ha abierto
el Cielo!
del P. Tomislav Vlasic’
Al atardecer del 24 de junio de 1981 en
Bjakovici, fracción de la parroquia de
Medjugorje, se abrió el Cielo. Nada nuevo y
todo nuevo….En las almas de los cristianos
todo era ya sabido, no obstante, una nove-
dad se manifiesta y se hace viva; la fe, la
esperanza y la caridad despiertan y activan
la vida divina de las personas.
Esta novedad para algunos se convierte
en vida, para otros, en obstáculo. La Virgen
viva entre los hombres para algunos es una
alegría, mientras que otros quisieran elimi-
narla. El júbilo en el pueblo de Dios se con-
vierte en inspiración y promotor de fe,
mientras que en el que no cree se insinúa el
miedo del pueblo “libre en Dios”. El Señor
se muestra vivo a su pueblo, y como siem-
pre, se vuelve signo de contradicción.
En este torbellino humano, María se
manifiesta como Madre de todos, por enci-
ma de cualquier división y reserva del hom-
bre. Lo prueba el hecho de que la Madre de
Dios se revela en la dignidad de la Reina de
la Paz, y anuncia a cada uno la grandeza y la
nobleza de la vida en Dios. Maternalmente
permanece con la gente, a pesar de la diver-
sidad de reacciones a Su llamada.
El pueblo reconoce a la Gospa
Sucedió así. Los seis videntes dan testi-
monio de ver a la Reina de la Paz y ense-
guida el pueblo se muestra favorable.
Atraído como por un imán, obedece a la
Gospa y se encamina con entusiasmo por el
camino de Dios. El Señor, por su parte, acre-
dita generosamente la presencia de María
con gracias y signos.
El pueblo entra en la realidad de la presen-
cia especial de la Virgen que ha venido a
establecerse en la parroquia de Medjugorje,
mientras Medjugorje se extiende hacia toda
la humanidad. Es imposible citar los innu-
merables testimonios de los feligreses. Sin
embargo apuntaré algún dato.
En agosto de 1981 le pregunté a un hom-
bre recién llegado de unas vacaciones en
Alemania: “Iván, ¿qué piensas, se ha apare-
cido la Virgen?”. Me contesta: “Reverendo,
¿dudas, acaso?”. “Deseo saberlo de ti”, le
digo. “Pero ¿cómo es posible no creer tras
todos estos signos y gracias?” Y añado:
“¿Qué dirías si mañana los videntes dijeran
que han mentido?” Me contesta: “Diría:
¡Ahora mentís, porque la Virgen se ha apa-
recido!”.
Dios sella así las almas abiertas del pue-
blo. El Padre Jozo, vestido de párroco, sigue
los pasos de la Virgen y con él, toda la
parroquia. Era un honor ir a prisión escolta-
do para un interrogatorio nocturno. El alegre
testimonio ilumina el rostro del creyente;
¡El miedo, una vez expulsado del alma,
genera una fe inquebrantable!
El pueblo no se queda en la superficie,
sino que comienza a vivir la vida auténtica
de la Iglesia: la confesión, la participación en
la Santa Misa, la oración y el ayuno se vuel-
ven realidades. Era realmente un placer guiar
la liturgia. Uno de los eventos que no olvida-
ré nunca es la participación a la oración en
otoño de 1981 y en otoño de1982 cuando los
trabajos del campo son menos intensos. La
iglesia estaba repleta de gente: una verdade-
ra multitud. Se recitaban dos coronas del
Rosario, la Santa Misa y la adoración euca-
rística, y en la iglesia ¡nadie se movía! Todo
era silencio. La iglesia entera parecía un
auténtico convento. El pueblo era atraído por
Dios. A la gente le bastaba apenas una señal
para reunirse. ¡La vida era vivir para Dios!
Nadie debía obligar al pueblo.
La voz se hace eco
Un parapsicólogo esloveno cuyo nom-
bre no recuerdo anota una experiencia suya
de agosto de 1981: “Ayer me escondí tras
unas matas de espinas en el Podbrdo. No
podía ir al lugar de las apariciones ya que la
policía me controlaba. Eran casi las 21
horas. Los pájaros ya no cantaban. Solo se
notaba un hecho: en todas las casas resona-
ban oraciones y cánticos. La vida aquí está
sumergida en Dios. Para mí, que estudio
estos fenómenos, esto es algo único, algo
irrepetible. En este lugar se manifiesta una
dimensión especial de la vida.”
Al igual que una emisora de radio, cada
alma que recibe el anuncio lo transmite a los
demás. La noticia implica a toda la humani-
dad. Entra en los poros de los movimientos
espirituales: la adoración al Santísimo
Sacramento, la lectura de la palabra de Dios,
y la devoción a la Virgen se convierten en la
base para el despertar del pueblo. Los men-
sajes golpean hasta a los no creyentes.
Alguno acaba convirtiéndose. Otros, sumi-
dos en el miedo hacia Dios, divulgan la noti-
cia dándole un “carácter hostil”. Pero la
noticia exacta llega a los sedientos de Dios.
La humanidad entera es improvisamente
abrazada por la novedad divina.
El camino se abre
Hoy nos han quedado los secretos, las
preguntas, las expectativas. Se han sustitui-
do las interpretaciones humanas. Alguno
anda perdido por el desierto y de vez en
cuando regresa a la esclavitud, a pesar de lo
nuevo. ¡Pero todos están a la espera de las
señales prometidas!
El camino se abre para los hombres de
buena voluntad. Fieles a Dios y valientes en
el Espíritu Santo, ellos saben acceder a los
secretos y a las promesas: son conscientes
de que debemos entrar en el misterio y
encontrar la Luz.
Será demasiado tarde
para aquellos que esperan oír de los viden-
tes o de otros, que es lo que hay que hacer:
serán ciegos, a pesar de tener ojos.
Entrar en la Luz requiere una conversión
total, la transformación en hijos e hijas de
Dios creados a Su imagen. Ser hijos con el
mismo Dios es el objetivo que la Virgen fija
a la humanidad para que ésta entre en el
nuevo cielo y en la nueva tierra ( cfr. Ap
21,22). Ésta es la REALIDAD en la que
desaparecen esos signos que Dios da única-
mente como orientación en el camino.
La historia enseña que se consideran
santos, consagrados por completo, también
a aquellos que viven el Evangelio de modo
profundo: una pequeña minoría. A menudo
son muy reservados, pasan desapercibidos,
son perseguidos, pero Dios les abre el cami-
no de manera silenciosa. De esta manera Él
abre milagrosamente el camino a toda la
humanidad, porque ésta está llamada a
entrar en la REALIDAD prometida. ¡Habrá
una victoria y gran alegría!
¡Adelante valientes! Dejad que Dios os
guíe, y seguidLe. Quien desee encerrar las
revelaciones divinas para sí mismo interesa-
damente se quedará en el desierto o acabará
en la esclavitud. Quien se abandone a Dios,
obtendrá la vida de Dios.
¿Cómo se está en el camino?
Un día, conversando con una monja le
pregunté: “¿Qué le pides a Dios mientras
rezas?”. Me contestó: “¡Nada! ¿Que tengo
que pedir si todo me ha sido dado
ya?…Dios me ha hecho resucitar. Yo sim-
plemente acojo los dones que recibo de Dios
y los distribuyo. Todo lo demás, es una per-
dida de tiempo. Fíjate como se comporta la
Virgen con Dios. ¿Qué mas puede
pedirLe?”
Ésta es la vida de quien camina con
Dios. Esto es vivir en el Dios vivo. A pesar
de los desafíos de la vida, el hombre obtie-
ne bienes abundantes: ¡Tiene todo y lo
dona todo!
Dar testimonio significa transmitir la
vida divina. Dios continúa creando, redi-
miendo y consagrando a las almas que Él
encuentra disponibles. Quien transmite la
vida de Dios, vuelca sobre los demás fe viva,
esperanza viva y caridad viva. La Luz expul-
sa las tinieblas y abre a la humanidad el
camino de respuesta a cada pregunta. De este
modo la humanidad sabe adonde está yendo.
“Deseo mostrarme a los peregrinos a tra-
vés del rostro de los feligreses”, dijeron los
videntes en nombre de la Gospa en 1981.
Que las gracias del año 2006 puedan ilumi-
nar a todos los llamados para que ellos sean
luz que ilumine el camino a la humanidad
envuelta en tinieblas.
En el mundo de hoy la oscuridad es muy
grande. Pero la Luz de Dios es aún más
grande. Es el tiempo del despertar de la con-
ciencia; el tiempo de la misión valiente que
muestre a los hombres la salvación. Si
somos intercesores auténticos, como lo es la
Reina de la Paz, el “Cielo abierto” se hará
cada día mas claro, y no habrá mas secretos
ya que la Luz clarifica todo misterio! *
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Villanova M., 20 de mayo de 2006
Resp. Ing. Lanzani - Tip. DIPRO (Roncade TV)
El Eco de María es gratuito y vive sólo de
donativos que pueden hacerse por COR-
REO:
en este número de cuenta: 141 242
226 a nombre de Eco de María Cas. Post.
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ficaciones en la dirección escribir a la
Secretaría del Eco
CP 27 31030 BESSICA (TV)
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Que nos bendiga Dios Omnipotente, el
Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Amén.
Bosnia:
el éxodo de los católicos
Acabo de regresar de mi 290º viaje a
Bosnia con el que hemos llevado ayuda a
muchos pobres de las distintas etnias. A cro-
atas, musulmanes y serbios
. Estamos
abiertos a todas las pobrezas sin discriminar
entre razas y religiones. Sin embargo, esta-
mos observando un fenómeno muy grave
que está ocurriendo en Bosnia: los católicos
croatas, que tenían en Bosnia y Sarajevo su
cuna originaria, están prácticamente desapa-
reciendo de este país. No hay trabajo y el
poco que hay es muy difícil que sea para los
croatas, que en Bosnia constituyen una
pequeña minoría. Así los católicos croatas
se ven obligados a emigrar. La Diócesis de
Banja Luka constituye hoy una décima par-
te de lo que era antes de la guerra. Pero tam-
bién en la de Sarajevo los católicos han dis-
minuido vertiginosamente.
Por esto, aunque ayudamos a todos,
tenemos un cuidado especial por ayudar a
las parroquias, las comunidades religiosas y
las institucionales socio-caritativas y asis-
tenciales católicas. Intentamos de este modo
dar nuestra pequeña aportación para frenar
el éxodo y permitir a las comunidades cató-
licas que resistan a pesar de las grandes difi-
cultades. Tenemos programado un convoy al
menos una vez al mes. La etapa de oración
en Medjugorje nos ayuda a reponer fuerzas
y nos da el don de la perseverancia.
Alberto Bonifacio – Centro Información
Medjugorje
– Via S. Alessandro, 26 – 23855
PESCATE (LC) –
Tel. 0341-368487 – fax 0341-368587 – e-mail:
b.arpa@libero.it
Para eventuales ayudas y donativos enviarlos a:
A.R.PA. Associazione Regina della Pace Onlus
(misma dirección):
* cuenta corriente postal n. 46968640
¡A Medj se va con radio y auriculares!
Son aún muy pocos los peregrinos italia-
nos que llegan a Medjugorje con radio y
auriculares. Así se pierden una parte impor-
tante de las gracias que Dios quiere dar en
ese santuario a través de María. Se pierden
toda la traducción en italiano de las horas de
oración vespertina: la Santa Misa y la bellí-
sima oración de sanación, siempre nueva y
diferente, que se hace siempre después de la
Santa Misa vespertina. Es cierto que no
siempre hay traducción. La parroquia de
Medj la garantiza y la ofrece gratuitamente
sólo en las grandes fiestas. En las demás
ocasiones debe pedirse por fax o e-mail que
cada organizador debe enviar a la Oficina de
Informaciones de Medjugorje para notificar
la llegada de su grupo:
Fax 00387 – 36 – 651 988
e-mail: informaciie@medjugorje.hr
Al llegar, se pasa por la Oficina de
Información para pagar el costo de la tra-
ducción, que es de 60 euros por tarde, pero
que puede repartirse entre los distintos gru-
pos presentes. Por esto, la invitación a todos
los organizadores de peregrinaciones es
ésta: recomendar a todos los peregrinos que
lleven una radio con auriculares y luego
coordinaros con la Oficina de Información y
con los demás organizadores para garantizar
la traducción.
La Reina de la Paz concluye cada uno de
sus mensajes agradeciéndonos “por haber
respondido a su llamada”. De hecho, Ella
nos está llamando con acusada pasión
maternal todos los días desde hace veinti-
cinco años: “Yo queridos hijos soy incansa-
ble, os llamo aunque estéis lejanos de mi
corazón…”
(Mens.14.11.1985).
Sólo un amor sin medida, el mismo que
incendió el Corazón del Hijo hasta la “locu-
ra de la cruz”, puede explicar este incom-
prensible “abajamiento” de la Reina del
Cielo y de la tierra, que no teme estar tanto
tiempo “llamando a la puerta” del corazón
de piedra de sus hijos, tan enfermos y por
esto más amados. Es sólo esta inexpresable
calidad de amor que La impulsa a sumergir-
se completamente en el misterio de la “keno-
sis”
del Hijo, que “aun siendo de naturaleza
divina, no se guardó celosamente su igual-
dad con Dios, sino que… asumiendo la con-
dición de siervo… se humilló a sí mismo”.
(Fil 2, 6-8). Aquí está la auténtica raíz de la
humildad de María, de Aquella que, aun con
“lágrimas de sangre por sus hijos que se
pierden en el pecado”
(Mens. 24.05.1984),
continúa sometiéndose al don terrible y pre-
cioso de la libertad entregada a sus hijos, ese
sello divino que los constituye en imagen y
semejanza de su Creador: “…Dios ha dado
a todos la libertad, que Yo respeto con todo
amor: y yo me someto, en mi humildad, a
vuestra libertad”
(Mens.25.10.1987).
La única arma de que se vale María en el
combate decisivo contra el poder de las
tinieblas, es el amor puro de Dios que brota
plenamente de su Corazón Inmaculado, ese
mismo amor que cambió en el Calvario el
corazón del centurión que conducía a los
que iban a crucificar al Hijo, y que hoy quie-
re llevar a cabo la plena transfiguración del
mundo, abriéndolo definitivamente a la luz
increada de nuevos cielos y de tierra nueva.
El “gracias” de María cada vez nos
sorprende íntimamente, inspirándonos
junto a un sentimiento de ternura filial tam-
bién una cierta incomodidad por la concien-
cia de la ambigüedad radical de nuestras
respuestas al don inefable de su amor purí-
simo, que aún continúa llamándonos por
nuestro nombre.
De hecho, conocemos bien el cúmulo de
obstinadas frialdades y de traiciones sutiles
que anidan en los pliegues de nuestros cora-
zones enfermos, que resisten desde hace
demasiados años a Su amor tierno y fiel. Su
Corazón de madre sin embargo, más atento
a una chispa de bien que a un océano de mal
presente en el corazón de sus hijos, sabe
reconocer y valorar cada semilla, por peque-
ña que sea, de fresca respuesta de amor al
don celeste de Su llamada. Y por esto nos
agradece
, comprometiéndonos de esta
manera a custodiarlo y a dejar que se desa-
rrolle como un bien precioso que Ella desea
llegue a su plena maduración, para que de él
broten inesperadas corrientes de vida y de
salvación para nosotros y para los demás.
En realidad María es hoy la mano y el
Corazón del Padre que invita a sus hijos al
banquete de las Bodas celestes del Cordero,
para unirlos eternamente a Su ofrecimiento
real que ilumina la nueva creación:
“Queridos hijos, decidíos y creed que Dios
se ofrece a vosotros en Su plenitud. Vosotros
sois invitados y es necesario que respondáis
al Padre que os llama a través de Mí”
(Mens. 25.10.1987).
El despliegue del inmenso potencial de
gracia salvífica que Dios hoy quiere infundir
en el mundo a través de la “esclava del
Señor” depende increíblemente de nuestra
libre respuesta de amor a su llamada.
En
este sentido somos objetivamente responsa-
bles de la salvación de multitud de herma-
nos y del universo entero. “Jesús… os nece-
sita. Vuestros corazones disponibles para Él
le ayudarán para salvar el mundo”
(Mens.
12.03.1984).
¡No infravaloremos la importancia decisi-
va de la hora presente y de nuestra respuesta
personal a las invitaciones de María!
También el magisterio profético del Papa, en
sintonía perfecta con el mensaje de la Reina
de la Paz, nos advierte que ha llegado el tiem-
po de las elecciones unívocas y decisivas.
“La Cruz del Señor abraza el mundo: su
Via Crucis atraviesa el tiempo y los conti-
nentes. En el Via Crucis no se puede perma-
necer neutral. Debemos encontrar nuestro
lugar”. (Papa Benedicto XVI, 14.04.06).
“Queridos hijos, hoy como nunca antes
os invito a la oración… Satanás es fuerte y
desea destruir no sólo la vida humana, sino
también la naturaleza y el planeta en el que
vivís. …Yo os bendigo y permanezco con
vosotros hasta que Dios quiera. Gracias
porque no traicionaréis mi presencia aquí.
Gracias porque vuestra respuesta sirve al
bien y a la paz. Gracias por haber respon-
dido a mi llamada”
(Mens. 25.01.1991).*
“¡Gracias por haber respondido a mi llamada!”
di Giuseppe Ferraro
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