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Eco de Maria Reina de la Paz 185 (Enero-Febrero 2006)

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Mensaje del 25 de noviembre de 2005
“¡Queridos hijos! También hoy os
invito: orad, orad, orad hasta que la ora-
ción se convierta en vida para vosotros.
Hijitos, en este tiempo de manera especial
oro ante Dios para que os conceda el don
de la fe. Sólo en la fe descubriréis el gozo
del don de la vida, que Dios os ha dado.
Vuestro corazón estará gozoso al pensar
en la eternidad. Yo estoy con vosotros y os
amo con tierno amor. ¡Gracias por haber
respondido a mi llamada!”.
El don de la vida
En un mundo víctima cada vez más de
modas efímeras, de elecciones virtuales, de
relaciones provisionales, María habla de
eternidad. En un mundo en el que la doctri-
na del mercado lo uniforma todo mortifican-
do la personalidad singular de cada uno en
una masificación estereotipada, María propo-
ne la doctrina de la fe que exalta la dignidad
de cada persona y sanciona su original e irre-
petible esencia. En un mundo en el que el
hombre parece a punto de adueñarse del prin-
cipio de la vida, María confirma que la vida
es don de Dios.
Meditemos en este Adviento
Sus palabras: que este mensaje se sumerja en
nuestra alma para regarla, fecundarla, y
hacerla florecer; que no pase sin obrar en
nosotros lo que desea
(cfr Is 55, 10-11).
Orad, orad, orad hasta que la oración
se convierta en vida. La oración es el puen-
te que nos une a Dios, que nos pone en
comunión con Él; es el canal por el que tran-
sita su amor. La oración, si es verdadera ora-
ción, nunca es estéril y tarde o temprano,
fecunda la vida, da forma y sustancia a la
vida, se torna vida, vida eterna ya en este
mundo, porque la vida eterna es conocer al
único y verdadero Dios y a aquel que Él ha
enviado, Jesucristo
(cfr Jn 17, 3).
Hijitos, en este tiempo oro especial-
mente ante Dios para que os conceda el
don de la fe
. En este tiempo en que nuestros
opulentos países identifican el regalo navi-
deño con el regalo consumista, María implo-
ra para nosotros el don de la fe. Y cierta-
mente lo obtiene porque es Ella quien lo
solicita y porque es lo que Dios mismo
desea. Sólo en la fe descubriréis la alegría
del don de la vida que Dios os ha concedi-
do
que es ya la vida biológica, pero más
todavía, infinitamente más, es la vida en
Cristo Jesús, en Su Nombre (cfr Gv 20, 31).
Yo he venido para que tengáisi vida y la ten-
gáis en abundancia
(Gv 10, 10b) o sea la
vida plena, en la que reinará la paz mesiáni-
ca (Is 11, 1-9) y no habrá mas niños que
vivan pocos días, ni ancianos que, pasados
sus días, no alcancen la plenitud
(Is 65, 20
a). La vida es don de Dios y como tal debe
ser acogida desde su concepción, debe ser
respetada, honrada, cuidada, defendida en
cualquier circunstancia, en la salud como en
la enfermedad, en la juventud como en la
ancianidad. La vida humana debe ser prote-
gida de todo aquello que enturbia la imagen
de Dios impresa en ella (cfr Gen 1, 27), debe
ser promovida para que sea siempre más
conforme al Cristo impreso en ella desde el
Bautismo, debe ofrecerse, en Jesús y con
Jesús, al Padre para que resulte un sacrificio
grato a El.
Hoy en día se rechaza cualquier
sacrificio y no nos damos cuenta de que así
se sacrifica al hombre, se le reduce a bien de
consumo, mercancía de cambio, objeto de
mercado. La vida debe ser vivida como don
de Dios y como tal debe ofrecerse, gastán-
dola para los demás; sanad a los enfermos,
resucitad a los muertos, curad a los lepro-
sos, echad a los demonios. Lo que gratis
hayáis recibido, dadlo gratis
(Mt 10, 8).
Vuestro corazón estará alegre pensan-
do en la eternidad. Y la eternidad es la vida
en Cristo: si, por lo tanto, habéis resucitado
con Cristo, buscad las cosas de arriba, don-
de se encuentra Jesús sentado a la derecha
de Dios; pensad en las cosas de arriba, no
en las terrenas. Vosotros, de hecho, estáis
muertos, y vuestra vida está ya escondida
con Cristo en Dios! Cuando Cristo, vuestra
vida, se manifieste, entonces también voso-
tros os manifestaréis con Él en la gloria
(Col 3, 1-4).
Nuccio Quattrocchi
Mensaje del 25 de diciembre de 2005
“¡Queridos hijos! También hoy os
traigo en brazos al Niño Jesús, Rey de la
Paz, para que os bendiga con su paz.
Hijitos, hoy os invito especialmente a ser
mis portadores de paz en este mundo sin
paz. Dios os bendecirá.
Hijitos, no lo olvidéis: yo soy vuestra
Madre. Os bendigo a todos con una ben-
dición especial, con el Niño Jesús en mis
brazos. ¡Gracias por haber respondido a
mi llamada!”
Portadores de paz
La paz os dejo, mi paz os doy. No como
el mundo la da, os la doy yo (Gv 14,27).
Estas palabras de Jesús vuelven a nuestra
memoria cada vez que María habla de paz.
Hay de hecho una diferencia abismal entre
la paz que viene de Dios y la que viene del
mundo. La verdadera paz es don de Dios, es
fruto de su amor purísimo. La que da el
mundo, aun cuando no es fruto de agobio,
podrá ser como máximo fruto de solidaridad
humana, puede contener algún reflejo del
Amor divino, pero nunca ser su fruto.
Conocemos bien nuestros limites, las tenta-
ciones repetitivas de defender o imponer la
paz con las armas, antes era con la espada,
hoy día con terribles instrumentos de des-
trucción. Entonces, como ahora, quizás aho-
ra mas que antes, el nuestro es un mundo
sin paz.
Y será siempre así mientras bus-
quemos la paz solo con nuestras fuerzas,
hasta que nos decidamos a implorarla y reci-
birla de Dios.
No es fácil, pero es la única posibilidad
de frenar el odio, la enemistad, las divisio-
nes que avanzan entre las civilizaciones,
entre los estados, entre los pueblos, entre las
religiones, pero también en el interior de
cada nación, del mismo credo religioso, de
la ciudad misma, de la familia. La división
hoy día penetra la psique del individuo cre-
ando malestar o enfermedades mas graves
que en el pasado. Este mundo sin paz, es el
mundo del planeta Tierra, pero también el
mundo de nuestras ciudades, el mundo de
nuestra familia, mi mundo personal.
¿Qué hacer? ¿Por dónde empezar?
Partamos de donde comienza el mensaje:
Queridos hijos, también hoy les traigo en
brazos al Niño Jesús, Rey de la Paz, para
que los bendiga con su paz.
De aquí hemos
de comenzar. Aquel niño está en los brazos
de María, no para ser mimado por su Madre
o admirado por nosotros; esta allí para que
nos sea donado (os traigo), está allí para que
lo acojamos, lo vivamos. Todo empieza des-
de allí. Acojamos a Jesús en nosotros, y Su
bendición hará brotar la paz, porque Él es el
Rey de la paz. Que nuestra alma sea un seno
para Dios que viene al mundo, santuario de
Su Presencia. Ningún proyecto especial que
Él es el Rey de la paz!
Enero - febrero 2006 - Editado: por Eco di Maria, C.P.
27 31030 Bessica (TV)
(Italia) - Tel / fax 0423. 470331
A. 22, N° 1-2; Esd.a.p. art.2,com.20/c, leg.662/96 filiale di MN-Autor.tribun.MN: 8.11.86, ccp 14124226
185
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El año de los dos papasAl cierre de un
año es normal mirar hacia atrás para de una
ojeada contemplar lo que ha acontecido, para
que sea ante todo motivo de agradecimiento
con el Te Deum que la Iglesia canta en las
últimas Vísperas de diciembre, pero también
un balance objetivo, que ayuda a poner las
bases para la construcción de un nuevo año.
Al final del año 2005 los recuerdos se
detienen especialmente en los aconteci-
mientos de la “casa de Pedro”, es decir, en la
conclusión del largo y fecundo pontificado
del Papa Woytila
y el inicio de uno nuevo,
el del Papa Ratzinger
que, con la sobriedad
que lo distingue, nos está revelando poco a
poco el regalo que Dios, a través de el, ha
querido hacer a la Iglesia.
Se ha dicho mucho sobre Juan Pablo II,
pero todavía queda mucho por decir de el,
considerando el espesor de su persona y su
profundidad espiritual. No faltará ocasión
para ello. Pero ciertamente en nuestro cánti-
co de agradecimiento resuena el reconoci-
miento por el ejemplo de fe, de coraje, y de
amor obediente, que lo llevó a hacer frente a
la muerte en la cruz de su enfermedad como
un manso cordero, ofrecido hasta el último
instante junto a su Señor. Hasta que dulce-
mente susurró: “ Ahora dejadme ir a la casa
del Padre…” El resto es crónica.
Pero ese grano de trigo muerto
tan santamente no podía sino hacer reflore-
cer una nueva espiga: Benedicto XVI, un
pontífice manso con las ideas muy claras y
firmes, capaz de orientar con sabiduría y
fuerza la trayectoria de la Iglesia de hoy, en
su viaje entre las olas de la duda, de la incer-
tidumbre, del relativismo, del nihilismo y de
la incredulidad que vive el hombre moderno.
Hacía falta un Papa así, uno de los mayores
teólogos vivos, que a pesar de todo ha ofre-
cido de inmediato una imagen inesperada de
sí mismo: la de un hombre manso, esquivo,
reservado, paternal y humilde. Una imagen
que contrasta con la del “viejo” cardenal
Ratzinger, temido por su rigor doctrinal.
\No tiene miedo de decir la verdad, y prue-
ba de ello es que ha elaborado su primer
Mensaje dedicado a la paz. Sigue pues los
pasos de su “Venerado predecesor”- así es
como ama llamarlo- actualizando la conduc-
ción de la Cátedra de Pedro según las exi-
gencias que van surgiendo en el corazón de
la humanidad.
Extraemos ahora algunas ideas toma-
das de diversas intervenciones públicas
del Papa Benedicto,
para captar su pensa-
miento y comprender los pasos a seguir, per-
sonalmente y juntos, que él indica sobre el
camino que lleva a Cristo.
S.C.
haya que estudiarse, ni pactar en los palacios
de los poderosos. Que cada uno se deje
penetrar por la presencia del niño que María
nos trae como don, e inundar por Su bendi-
ción. Jesús es el único proyecto de paz que
Dios nos entrega y está en esa cuna de paja.
La conversión comienza por un encuentro.
El Evangelio no es un tratado de teología,
sino la narración del encuentro de Jesús con
el hombre: con quien Lo acoge, con quien
Lo mira con indiferencia, con quien Lo
rechaza. A los que lo acogieron, les dio el
poder de ser hijos de Dios
(Jn 1, 12).
Dejémonos encontrar por Jesús, y llevare-
mos Su paz llevando Su caricia, Su mirada
de Amor a quien busque nuestras manos y
nuestros ojos. Gratis lo recibís, dadlo gratis
(Mateo 10, 8b). No más ojo por ojo, violen-
cia por violencia; ahora, tras la venida de
Jesús, la respuesta al odio es sólo el amor, a
la violencia es sólo el perdón, a la traición es
sólo el beso de la paz. Es lo que debemos
hacer con todos, pero esto sólo es posible si
estamos tan llenos de Dios que seamos
expresión pura de su presencia en nosotros.
Por esto es necesario hacerse seno para
Dios. ¿Como podrá ser esto?…Nada hay
imposible para Dios
(Lc 1 , 34-37).
María lo sabe, nos lo repite en Sus men-
sajes , y hoy nos lo confirma en la triple ben-
dición del Hijo, del Padre y la Suya personal
y especial. Antes de que sea demasiado tar-
de, dejémonos convertir en Sus portadores
de paz
N.Q.
IGLESIA
La Iglesia vive de Cristo y con Cristo. Él
le ofrece su amor esponsal guiándola a lo
largo de los siglos; y ella , con la abundan-
cia de sus dones, acompaña al caminar del
hombre, para que aquellos que acojan a
Cristo tengan vida, y la tengan en abundan-
cia. La Iglesia siempre quiere acoger a
todos, en la verdad y en la caridad.
INMACULADA
Mirando a la Virgen, ¿como no dejar des-
pertar en nosotros, sus hijos, la aspiración a
la belleza, a la bondad, a la pureza del cora-
zón? Su celeste candor nos atrae hacia Dios,
ayudándonos a superar la tentación de una
vida mediocre, basada en compromisos con
el mal, y orientarnos decididamente hacia el
autentico bien, que es fuente de alegría.
Cuanto más cerca de Dios esté el hom-
bre, mas lo estará de los hombres también.
Lo vemos en María. El hecho de que Ella
esté cerca de Dios es también la razón por la
que está cerca de los hombres. Por eso pue-
de ser la Madre de toda consolación y de
toda ayuda.
La Virgen se dirige a nosotros y nos dice:
¡Ten el coraje de atreverte con Dios!
¡Pruébalo! ¡No tengas miedo de Él!
¡Comprométete con Dios, entonces verás
que con ello tu vida se amplía y se ilumina,
deja de ser aburrida, se llena de infinitas
sorpresas, porque la bondad infinita de Dios
no tiene fin!
COMUNIÓN CON DIOS
Dios nos llama a la comunión con Él,
que se realizará plenamente con el retorno
de Cristo, y Él mismo se esfuerza para que
lleguemos preparados a este encuentro final
y decisivo. El futuro está, por así decir, con-
tenido en el presente, o mejor, en la presen-
cia de Dios mismo, de su amor inde-
fectible, que no nos deja solos, no
nos abandona ni un instante, como
un padre y una madre no paran nun-
ca de cuidar de sus propios hijos en
su crecimiento.
SANTIFICACIÓN
La santificación es un don de
Dios e iniciativa suya, pero el ser
humano está llamado a corresponder
con todo su ser, sin que nada de él
quede excluido. En cada individuo
se resume la entera obra de la creación y de
la redención, que Dios, Padre, Hijo y
Espíritu Santo, va llevando a cabo desde el
inicio hasta el fin del cosmos y de la histo-
ria. Y así como en la historia de la humani-
dad, la figura central es la primera venida de
Cristo y al final su retorno glorioso, también
cada existencia personal está llamada a
medirse con Él- de modo misterioso y mul-
tiforme- durante la peregrinación terrena,
para ser hallada “en Él” en el momento de
su retorno.
LUZ
La luz es fuente de vida. Pero luz signi-
fica sobretodo conocimiento, significa ver-
dad en contraste con la oscuridad de la men-
tira y de la ignorancia. Así pues la luz nos
hace vivir, nos indica el camino. Pero tam-
bién la luz, cuando da calor, significa amor.
Donde hay amor, emerge una luz en el mun-
do; donde hay odio, el mundo está en la
oscuridad.
El verdadero misterio de la Navidad es el
esplendor interior que viene de este Niño.
Dejemos que ese esplendor interior se
comunique a nosotros, que encienda en
nuestro corazón la llama de la bondad de
Dios. ¡Llevemos todos, con nuestro amor, la
luz al mundo! ¡No permitamos que esta lla-
ma luminosa, encendida en la fe, se apague
con las corrientes frías de nuestro tiempo!
EN LA VERDAD, LA PAZ
“En la verdad, la paz” - indica la convic-
ción de que, donde y cuando el hombre se
deja iluminar por el esplendor de la verdad,
toma casi de modo natural el camino de la
paz. La paz no puede ser reducida a la sim-
ple ausencia de conflictos armados, sino que
debe ser entendida como “el fruto del orden
impreso en la sociedad humana por su divi-
no Fundador”.
Cuando falta adhesión al orden trascen-
dente de las cosas, así como también el res-
peto de esa “gramática” de diálogo que es la
ley moral universal, escrita en el corazón del
hombre, cuando se obstaculiza y se impide
el desarrollo integral de la persona y la tute-
la de sus derechos fundamentales, cuando
tantos países están sometidos a injusticias y
desigualdades intolerables, ¿cómo se puede
esperar que se realice el bien de la paz? Se
disminuyen los elementos esenciales que
dan forma a la verdad de tal bien.
La mentira va ligada al drama del pecado,
con sus consecuencias perversas, que han
causado y siguen causando efectos devasta-
dores en la vida de los individuos y de las
naciones.
El año de los dos papas
2
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¿Cómo no quedarnos preocupados seria-
mente ante las calumnias de nuestro tiempo
que encuadran amenazadoras escenas de
muerte en no pocas regiones del mundo? La
auténtica búsqueda de la paz debe partir de
la concienciación de que el problema de la
verdad y de la mentira compete a cada hom-
bre y a cada mujer y resulta ser decisivo. La
verdad de la paz llama a todos a cultivar
relaciones fecundas y sinceras, estimula a
buscar y recorrer los caminos del perdón y
de la reconciliación, a ser transparentes en la
negociación y a ser fiel en la palabra dada.
Pido al mismo tiempo que se intensifique la
oración, porque la paz es ante todo un don
de Dios, que se debe pedir incesantemente.
AL HOMBRE “TECNOLÓGICO”
El hombre de la era tecnológica se
arriesga a ser víctima de los éxitos de su
inteligencia y de los resultados de su capa-
cidad operativa, se encamina hacia una atro-
fia espiritual, a un vacío del corazón. Por
eso es importante que abra la propia mente
y el propio corazón a la Navidad de Cristo,
evento de salvación capaz de imprimir reno-
vada esperanza en la existencia de cada ser
humano.
¡Despierta, hombre del tercer milenio!
En Navidad el Todopoderoso se hace niño y
pide ayuda y protección. Su modo de ser
Dios pone en crisis nuestro modo de ser
hombres; su “tocar a nuestras puertas” nos
interpela, interpela nuestra libertad y nos
pide que revisemos nuestra relación con la
vida y nuestro modo de entenderla.
Hombre moderno, adulto, si bien a veces
débil de pensamiento y de voluntad, déjate
llevar de la mano del Niño de Belén; ¡no
temas, fíate de Él!
La fuerza vivificante de su luz te anima
a esforzarte en la edificación de un nuevo
orden mundial, basado en justas relaciones
éticas y económicas. Que su amor guíe a los
pueblos e ilumine la conciencia común de
ser “familia” llamada a construir relaciones
de fe y de mutuo sustento.
BENDICIÓN
La bendición del Señor produce, por
fuerza propia, bienestar y salvación, así
como la maldición trae desgracia y ruina. La
eficacia de la bendición se concreta después,
con mayor detalle, por parte de Dios, en el
protegernos, en el ser propicio, y en el dar-
nos la paz, o sea, en otras palabras, en su
oferta de abundante felicidad.
A LOS CONSAGRADOS
Desde los orígenes, la vida consagrada
se ha caracterizado por su sed de Dios. No
tengáis miedo de presentaros incluso visi-
blemente como personas consagradas, e
intentad siempre manifestar vuestra perte-
nencia a Cristo. La Iglesia necesita de vues-
tro testimonio, necesita de una vida consa-
grada que haga frente con coraje y creativi-
dad a los desafíos del tiempo presente.
Frente al avance del hedonismo, a vosotros
se os pide el testimonio de la castidad.
Frente a la sed del dinero, vuestra vida
sobria y predispuesta al servicio de los más
necesitados, recuerda que Dios es la riqueza
auténtica que no muere. Frente al individua-
lismo y al relativismo, vuestra vida fraterna,
capaz de dejarse coordinar, luego capaz de
obedecer, confirma que vosotros confiáis a
Dios vuestra realización.
Benedicto XVI
Una fiesta de luz
para los consagrados
La fiesta de la Presentación de Jesús
en el Templo que se celebra el 2 de febre-
ro
, o sea cuarenta días después de Navidad,
tiene orígenes lejanos, y ha sufrido varias
modificaciones en el tiempo.
Tuvo su origen en Oriente como fiesta
del encuentro en el espacio sagrado del
Templo de Jerusalén entre la benevolencia
de Dios y la espera del pueblo elegido, entre
el Antiguo y el Nuevo Testamento.
Más tarde se difundió en Occidente don-
de se convirtió en la fiesta de las luces en la
que se introdujeron la solemne bendición y
la procesión de las velas, encendidas en caso
de calamidad, como una renovación de la
propia confianza en Dios: desde ese
momento tomó el nombre de Candelaria.
Adquiere pues fundamental
importancia el tema de la luz,
que simboliza al mismo Cristo,
luz que ilumina el camino de
cada hombre y le abre la vía de
la salvación, por eso se bendi-
cen las velas y se va en proce-
sión al encuentro del Cristo
para llegar al final a la casa del
Padre y hallarlo en la celebra-
ción de la Eucaristía, en espera
de que se manifieste a nosotros
en plenitud.
Esta fiesta marca el paso
de la liturgia navideña a la
apertura del camino hacia la Pascua,
ya
que se celebra el momento en el que María
junto a José ofrecen el Hijo al Padre, consa-
grándolo a Él, para que a través de Él se
abra a los hombres el camino de la
Salvación, que se realiza a través de su
sacrificio en la Cruz.
La ley Levítica judía prescribía tanto la
purificación de la mujer 40 días después del
parto como el ofrecimiento de un sacrificio
ritual por cada varón primogénito nacido,
como rescate, ya que pertenecía por derecho
a Dios. Por estos dos motivos María junto a
José se dirigen al Templo, pero en su caso el
ofrecimiento del primogénito al Señor tenía
un significado especial, ya que ponían de
nuevo la vida del pequeño Salvador a dispo-
sición del Padre, que se lo había donado,
renunciando a cualquier derecho sobre él.
En el Templo, mientras Jesús es aún niño
entre los brazos de María, el viejo Simón,
iluminado por el Espíritu Santo, proclama a
todos su verdadera identidad y su misión: el
ofrecimiento de su vida por la Redención
del mundo.
María no es ajena al camino del Hijo, de
hecho justo en el Templo, el viejo Simeón
profetiza el futuro del niño, y el de la Madre,
a la que una espada atravesará el alma,
cuando participará activamente en la
obra redentora de Hijo, cuando ofrece su
sufrimiento.
Además Simeón saluda a Jesús como
Aquél que será la Gloria de su pueblo
Israel,
pero al mismo tiempo preparará la
salvación ante todos los pueblos y será luz
para iluminar a las gentes.
En 1997 Juan Pablo II, contemplando la
Presentación de Jesús en el Templo, eligió
esta festividad para celebrar la primera jor-
nada dedicada a la vida consagrada.
El
Papa ha pedido a todos los consagrados dar
juntos gracias a Dios por el don de la voca-
ción y renovar juntos sus compromisos ante
Él; ésta cita se repite ya casi todos los años
en todas las diócesis del mundo.
Seguramente cada consagrado se reco-
noce predestinado para su misión desde el
inicio de su vida, como Jesús ofreció su vida
al Padre para continuar abriendo el camino
de la salvación a los demás hermanos.
Naturalmente cada uno tiene una historia y
un carisma propios, hay quien va procla-
mando el Evangelio hasta los confines de la
tierra, quien elige estar junto a los últimos y
los pobres, quien educa a los jóvenes o
quien se dedica por completo a la oración y
a la adoración de Dios, para reparar todos
los ultrajes que recibe de los corazones de
los hombres.
Pero lo que tienen todos en común es el
deber de proclamar con la palabra o las
obras la supremacía de una realidad
sobrenatural,
de Dios que está vivo y pre-
sente en la realidad y es el único que puede
dar respuestas a los problemas existenciales
del hombre.
Las velas que se encienden en la
Candelaria, nos recuerdan la nece-
sidad de velar,
llevando a nuestro
alrededor la luz de la esperanza, de
la fe y de la caridad, en un mundo
que a menudo se ahoga en la oscu-
ridad y en la angustia.
Los consagrados deben saber
ver más allá de la realidad contin-
gente,
saber leer los signos de los
tiempos, como Simeón o Ana la
profetisa, que supieron vislumbrar
en el pequeño Jesús el gran milagro
de la Salvación ofrecida al mundo.
El Espíritu Santo da a quien lo acoge una
mirada penetrante, una sabiduría que no es
humana, una fuerza y un coraje inexplica-
bles, que quieren demostrar al mundo que el
hombre que vive en Dios y para Dios dis-
pone de recursos misteriosos
que le otor-
gan una humanidad especial y transfigurada.
La elección de una vida vivida en la pobre-
za, en la castidad y en la obediencia debe lle-
gar a la liberación del egoísmo, para degus-
tar una libertad interior que permita vivir
una vida de hombre redimido,
o sea no
preso ni limitado por el pecado. Se puede
demostrar así que el Reino de Dios puede
comenzar a ser realidad ya en esta tierra, que
su Gracia es sobreabundante y transforma
nuestra humanidad de decaída en resucitada.
Entonces nos volvemos luz para las
naciones, cuando nuestra vida muestra que
es posible pasar de la muerte a la vida, cuan-
do sabemos difundir entorno a nosotros la
alegría de vivir, cuando nuestro amor rompe
el desprecio y el desamor de los demás. Es
el amor desinteresado, libre, el que es
capaz de difundir la misericordia, el perdón
de los pecados, y de curar las heridas del
corazón.
La vida consagrada en sus variadas
formas quiere testimoniar que la vida en
Dios está llena de alegría
y es capaz de
mostrar el Rostro del Padre, su presencia en
el mundo, precisamente a través de las
variadas experiencias, desde la oración a la
caridad, quieren hacer tangible algo de
Dios. Uno puede representar en el mundo
su amor, otro encarnar su paciencia, o su
paz, o su sabiduría, para que en el mosaico
de las variadas experiencias emerja la pre-
sencia de un Dios que camina junto a sus
hijos a través de quien se ofrece a Él sin
reservas.
Sabina Rosciano
3
Eco 185
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CONSOLATA BETRONE
“En el seno de la Iglesia
tú serás la confianza”
En la mística cristiana, sin duda, ser víc-
tima es el estado más alto al que un alma
puede aspirar. En cierto modo, viene a ser el
compendio y la coronación de todas las
vocaciones. Pero el sentido de víctima aquí
debe ser bien comprendido: se trata de un
alma que se ofrece voluntariamente; y aun-
que deba sufrir, no se ofrece al dolor, sino al
Hombre de los dolores, por amor, para com-
partir con Él Su Pasión de amor. Es, sí, un
alma que se sacrifica, pero en el sentido que
la Antigua Alianza daba al ofrecer un sacri-
ficio, o sea: ofrecer un don sagrado a Dios.
Consolata Betrone, clarisa capuchina
que vivió cerca de Turín en la primera
mitad del siglo pasado
(1903-1946), fue sin
duda un alma víctima que tuvo el coraje de
responder a la llamada de Jesús: “Tengo sed
de víctimas para salvar al mundo. Tengo sed
de Esposas, no de monjas; y en el momento
actual tengo mas necesidad de víctimas que
de esposas”,
y de ofrecerse como holocaus-
to (sacrificio que termina quemado, consu-
mado completamente, siempre según el sen-
tido bíblico) “por cada alma del universo,
para que Jesús pueda salvarlas a todas”.
Especialmente por los sacerdotes y los con-
sagrados- que ella llamaba “los Hermanos y
las Hermanas”- que no viven según su pro-
pia llamada o que han renegado de ella.
Inspirándose en la pequeña Teresita del
Niño Jesús, tuvo la audacia de ser “aquella
alma aún más débil, más pequeña” de la cual
la santa carmelita había dicho que habría
recibido de Dios aún mas gracias que ella
“siempre y cuando se abandonara con fe ple-
na a su Misericordia infinita”. Y Consolata
fue esa alma, hasta el punto de merecer estas
palabras de Jesús: “En el seno de la Iglesia
tu serás la confianza … Me agrada tanto la
confianza ciega, infantil, sin limites, inmen-
sa que tú tienes en Mi…no permitas nunca,
ni por un solo instante, que el enemigo pene-
tre en tu alma con un pensamiento de des-
confianza, nunca! Créeme único y siempre
bueno, créeme único y siempre madre
tuya…. Comprende, Consolata, mi cora-
zón…di al mundo cuán bueno y materno Yo
soy…Yo soy, y amo ser exclusivamente, bue-
no y misericordioso con mis criaturas. No
me hagáis ser Dios de rigor, cuando en rea-
lidad soy sólo Dios de Amor…¡Yo salvaré al
mundo con el Amor misericordioso!”
Con la finalidad de consolar al amor
de Jesús por tanta desconfianza en Su
Bondad y Misericordia,
Pierina Betrone
recibe el nombre de Consolata, deseando ser
consoladora del Corazón de Jesús y de todos
aquellos que no son capaces de percibir ni
acoger el amor del Señor. Y fue Jesús mismo
quien le indicó no sólo el camino para con-
solarle sino también para “amarle como
nadie lo hizo hasta ahora y salvar almas
como nunca nadie ha salvado”
: el incesante
acto de amor “Jesús, María, os amo, salvad
a las almas!”
, que el Redentor indicó como
diminuto camino de amor y de confianza no
sólo a ella sino a todos sus hijos; porque Él
quiere “el triunfo en el mundo no sólo de la
Misericordia, sino también del Amor, espe-
cialmente en las almas pequeñas”.
“Jesús, María, os amo, salvad almas,
incluye todo” decía el Señor: el amor por Él
y por las criaturas, “las almas del
Purgatorio así como las de la Iglesia mili-
tante; el alma inocente y la culpable; los
moribundos , los ateos, etc…No pierdas
tiempo, recuerda que cada acto de amor es
un alma”. .
Este acto de amor, si se vive
intensamente, está destinado a extirpar la
raíz de todo mal y a quitarle la vida al
hombre viejo
para hacer vivir al hombre
nuevo que es, todo y solo, amor a
Dios (Jesús, María, os amo) y todo
y sólo amor por los hombres (salvad
almas). Se trata de un camino evan-
gélico
en el verdadero sentido de la
palabra, porque requiere permane-
cer en Su amor continuamente,
tener los mismos sentimientos que
Cristo, no tener más tiempo para
otras cosas sino para amar a Jesús y
a María y salvar a las almas, o sea la
perfecta negación de uno mismo,
pedida por Jesús a sus discípulos.
Por esto Jesús dijo a Consolata
que el incesante acto de amor la
habría anulado. Ella, de hecho,
comprobó que “para ser un incesan-
te acto de amor virginal hay que
desaparecer “: desaparecer de los
demás y de sus propios ojos, para
seguir, con todas tus fuerzas, en el
profundo silencio y en el amor, sólo a Dios,
hasta que todo se realice. En su respuesta
radical la pobre hermana capuchina decidió:
“Nunca contentarme a mí misma: en la
comida, bebida, reposo, vestidos, gustos,
preferencias; Anulación total de cada ape-
tencia, derecho, trabajos
personales….Anulación de la lengua….res-
ponder sólo lo puramente necesario acompa-
ñado siempre por el acto de amor”.
Vivir este acto de amor continuamen-
te, con todo el ser, tanto en la consolación
como en la prueba,
requiere heroísmo, des-
pojarse de uno mismo, pero purifica el cora-
zón y lo unifica. Es un camino análogo a la
oración del corazón tan difundida en el
Oriente cristiano. Pero aquí se trata de algo
más: no sólo unión con Jesús, sino unión con
Dios a través de Jesús y María. Se trata de
unirse a sus corazones que se inmolan al
Padre como sacrificio de amor por las almas.
No se puede separar a Jesús de María,
como no se puede separar el amor de Dios
del ofrecerse por la salvación de los her-
manos.
En efecto, en Consolata el amor por
Jesús y por María Virgen fueron insepara-
bles. Y fue este amor el que generó en ella el
amor por las almas, hasta el punto de hacer-
le decir, antes de morir, estas palabras: “Oh,
siento que el Corazón Divino un día, mos-
trándome al mundo, solo tendrá una frase:
¡Se ha fiado de mí! Me ha creído. Sí, Jesús
hará cosas grandes y yo, anticipándome, me
uno a la SS. Virgen cantando el Magnificat.
Unos cuantos meses más y Consolata pasará
a ser consoladora. Oh, me postraré con amor
sobre cada corazón que gima, que sufra, que
desespere, que insulte, que maldiga… Me
dan tanta pena los que sufren…”.
Este amor divino por las almas le hizo
desear el Paraíso para hacer el bien a
todos.
Y hoy, cuando Consolata ya está jun-
to al Padre, su sed de hacer el bien está com-
pletamente saciada, según la promesa de
Jesús: “´Sí, tu Jesús te lo concede: postrarás
tu oído a todos los dolores de la tierra,
arrancarás de mí las mayores gracias, y a
cada alma le pedirás, a cambio, la Santa
Comunión… sí, desde ahora te lo prometo:
la misión especial de tus hermanos a parte,
serás la Consolata de todos”.
Cristina Palici
Jesús, María, Os amo,
¡salvad almas!
En el mensaje del 25 de julio de 2005 la
Virgen en Medjugorje ha dicho: “Queridos
hijos, os invito a “llenar vuestra jornada
con breves y ardien-
tes oraciones”.
Hay
innumerables breves y
ardientes oraciones, y
probablemente cada
uno tiene su preferida
que desea decir más a
menudo. Descubrir el
origen de cada una
sería un duro trabajo,
pero se puede decir que
todas están inspiradas:
desde el Amor por
amor, amor a las almas
y a cada uno de noso-
tros. Son las jaculato-
rias. Hay una muy
bella inspirada en la
Sierva de Dios, Sor
Maria Consolata
Betrone.
Para ella todo
inició con la lectura de la “Historia de un
alma” de Santa Teresita del Niño Jesús, pero
Consolata, a su vez, tuvo experiencias místi-
cas, y es recordada por su “diminuto cami-
no”, accesible a las almas y que se resume
en tres puntos esenciales:
Ofrecer un acto incesante de amor con
el corazón: “¡Jesús, María, Os amo, salvad
almas!”
Ofrecer un sí a todos, sonriendo, vien-
do a Jesús en todos.
Ofrecer un sí a todo, siempre agrade-
ciendo.
Un acto de amor es también un acto de
reparación: Jesús ha especificado: Un
“Jesús te amo” repara mil blasfemias.
Pero
la importancia de esta invocación, corta y
muy poderosa, se puede entender por las
palabras de Jesús que Sor Consolata ha
escrito en su diario: “Sólo te pido esto: un
acto de amor continuo, JESÚS, MARÍA, OS
AMO, SALVAD ALMAS…”
Consolata fue invitada por Jesús a inten-
sificar la oración sin demorarse: “No pier-
das tiempo porque cada acto de amor repre-
senta un alma. Entre todos los dones, el
mayor que puedes ofrecerme es una jornada
llena de amor. Yo deseo un incesante
“¡Jesús, María, Os amo, salvad almas! des-
de que te levantas hasta que te acuestas”.
El acto de amor incesante que Jesús quiere
no depende de las palabras que se pronun-
cian con los labios, sino que es un acto inte-
rior, de la mente que piensa en amar, de la
voluntad que quiere amar, del corazón que
ama. La formula “Jesús, María, Os amo”
quiere ser simplemente una ayuda.
A la mística alemana, Justine Klotz
(1888-1984) el Señor le ha inspirado una
jaculatoria similar con atención especial a
los sacerdotes: “¡Jesús, María, Os amo, sal-
vad almas sacerdotales,
salvad almas!”.
Cuando se reza por un sacerdote no se reza
sólo por él. Un sacerdote santo llevará al
redil a muchas otras almas, pero tiene nece-
sidad de ser sostenido por nuestra oración.
Hacemos un gran regalo a la Iglesia, a noso-
tros mismos, y al mundo, cuando rezamos
por los sacerdotes. ¡Y que el Señor nos man-
de muchas y santas vocaciones!
Beverley K. Drabsch
4
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LAS COMUNIDADES
EN MEDJUGORJE
Distintos carismas en un único corazón
El pasado diez de noviembre tuvo lugar
el encuentro de todas las comunidades pre-
sentes aquí en Medjugorje; encuentro que
últimamente tiene lugar dos o tres veces al
año en la casa de una de las comunidades.
En esta ocasión ha sido el “Oasis de la Paz”
quien ha tenido el honor de organizarlo.
Todo se desarrolló con gran sencillez; un
largo rato compartido fraternalmente prece-
dió el Rosario y la Santa Misa celebrada por
el neosacerdote Luka María de la comuni-
dad de las Bienaventuranzas.
Junto a las tres comunidades de consagra-
dos ya conocidas (Oasis…, Bienaventuran-
zas, Kraljice Mira
) estaban también presentes
otras realidades de reciente fundación. Las
dos ramas (masculina y femenina) de la
comunidad fundada por la madre Rosaria -
Hijas adoradoras de la preciosísima Sangre y
Apóstoles de María Afligida-
que vive el
carisma de la oración de reparación. La
comunidad Corazón de María, una realidad
todavía en vías de desarrollo donde, bajo la
guía de Sor Milena, algunos jóvenes de diver-
sos países viven periodos mas o menos lar-
gos, una experiencia de vida comunitaria que
se combina con un intenso ritmo de oración.
Y por fin la comunidad Nuevos Horizontes,
nacida para favorecer la rehabilitación de ex-
drogadictos. La comunidad Cenacolo, en
cambio, no pudo asistir, pero estuvo en comu-
nión de oración.
Personalmente percibí como todos expe-
rimentaban una gran emociónal ver a tantos
jóvenes reunidos que representaban realida-
des tan diversas. Pero superando el primer
impacto, se podía vislumbrar un signo
común y evidente de la “mano” de María:
cada uno mostraba un rostro sereno y abier-
to que, en la sencillez, transparentaba el
amor de Dios, que sabía testimoniar que
“Dios ha dispuesto, la Virgen ha llamado,
Dios ha hecho, yo sólo he respondido….”.
Distintos por procedencia, por vesti-
dos, estilos de vida, carisma. Pero justa-
mente por esto nuestro encuentro, en el sig-
no de Aquel que todo lo une en Si, ha sido
un testimonio importante que tuvo gran
importancia y significado. Cada uno de
nosotros representaba parte de la gran fami-
lia que la Reina de Paz ha reunido entorno a
su Corazón. En Dios y por Dios y en su
amor se encontraban personas deseosas de
pertenecer al Señor, que pueden reencontrar-
se justamente en esta decisión, en la búsque-
da común, en la que cada paso del hermano
es ayuda y estimulo, y cada ocasión de com-
paración es riqueza.
Pienso en senderos que conducen a la
misma meta y que en algunos tramos se
acercan, incluso se cruzan. O en una carre-
ra, en la que no hay primeros ni últimos, en
la que ninguno puede avanzar solo, al nece-
sitar del otro que le va abriendo el camino, y
es llamado a su vez, a ser guía para los
demás. ¿Quién diremos que es más grande,
el que siembra o el que cosecha? El que va
delante, indicando el camino como un profe-
ta, o bien el que va detrás, que siguiéndolo,
recogerá los frutos más bellos y más abun-
dantes? “ Quien cosecha recibe un salario y
N
OTICIAS DE LA
T
IERRA
B
ENDITA
recoge frutos para la vida eterna, para que
gocen juntos quien siembra y quien cose-
cha. Aquí, en realidad, se cumple el dicho:
uno siembra y otro cosecha”
(Jn 4, 36-37).
La mies es mucha, numerosos los sende-
ros a seguir, hay sitio para todos y cada uno
es importante en el plan de Dios. Pienso que
el signo más creíble de nuestro ser servido-
res y familiares de Dios sea precisamente la
comunión en la originalidad
que debe flo-
recer en cada comunidad y saber expandirse
- irradiando al exterior - comprendiendo y
abrazando todas las realidades que se
encuentran.
El tiempo de oración fue intenso, una
fascinante experiencia que pienso habrá
aportado mucho a cada uno, aun habiéndose
celebrado en una natural y gran sencillez.
Reconozco que aun siendo importante
compartir el intercambio amistoso de expe-
riencias e impresiones para conocerse
mejor, el verdadero encuentro tuvo lugar,
arrodillados ante Jesús Eucarístico, unidos
en oración a la Virgen.
Durante el rezo del Rosario, recitado en
diversos idiomas, testimoniamos nuestra
unidad en el proyecto de la Virgen María y
nos unimos a su incesante oración. En la
Santa Misa, después, vimos realizarse esta
unidad en la plenitud del don recíproco:
sobre ese único altar cada uno dejaba su
pobre y rica ofrenda, ese objeto precioso y
original. Y Cristo tomaba nota de todo ello.
En el milagro eucarístico todo se ofrecía a
Dios Padre convirtiéndose en sacrificio per-
fecto, semilla de santidad, sangre que trae
vida plena, vida incorruptible, prenda de
salvación, pan troceado para ser distribuido
y consumido por los creyentes.
PERO DEJEMOS LA PALABRA
A LOS DIVERSOS TESTIMONIOS
Fr. Alessio Maria
Comunidad “Oasis de la Paz”
Ha sido un momento de bella y serena
comunión. El diálogo, el compartir las ale-
grías y las penas del camino, la oración
comunitaria han sido ocasión para crecer en
el reciproco conocimiento y en la concien-
cia de estar caminando juntos tras el Señor
Jesús, y nos han ayudado a profundizar en
nuestro ser, en la variedad de familias espi-
rituales, hijos de la única familia de Dios, al
servicio de la única Gospa.
Para mí, que estoy en Medjugorje desde
hace poco tiempo, ha sido especialmente
bello y provechoso, encontrarme de cerca
con personas ya vistas en diversas ocasiones
en la Iglesia, en el Podbrdo, sobre el
Krizevac…que ponen sus vidas a disposi-
ción de la Virgen, y conocer mejor el don de
sus comunidades y su espiritualidad. Me tra-
en el recuerdo de las palabras de San Pablo:
Existen diversos carismas, pero uno solo es
el Espíritu…uno solo es Dios, que obra todo
en todos. Y a cada uno se le manifiesta el
Espíritu de manera especial para provecho
de todos” .
Y las palabras de nuestra Madre
Celestial :”Hijitos, a través de los mensajes
deseo crear un bellísimo mosaico en vues-
tros corazones, para que Yo pueda ofrecer a
Dios a cada uno de ustedes como imagen
original…..
(25.11.89) Hijitos, deseo que
seáis un bellísimo ramo de flores preparado
para la eternidad…
(25.7.95) Deseo que mi
corazón, el corazón de Jesús y vuestro cora-
zón se fundan en un único corazón de amor
y de paz”.
Roland
Apóstol de María dolorosa
El encuentro anual de las comunidades
religiosas presentes en Medjugorje es para
nosotros un momento valioso, en el que
experimentamos de manera concreta la uni-
dad espiritual que la Gospa crea para reali-
zar sus proyectos en nosotros y en la huma-
nidad entera. Este año ha sido para mí un
momento de consuelo y alivio, a través del
compartir las propias experiencias en los
compromisos cotidianos de misión y apos-
tolado. Es bonito estar juntos y animarse
mutuamente con la fuerza de la decisión por
Dios y por María Reina de la Paz que cada
uno lleva en su corazón. En el espíritu
oímos el fuerte viento de la tormenta que se
abate sobre el mundo, la tormenta de la
incredulidad, de los compromisos y de las
falsedades.
Sor Halina
Comunidad “Kraljice mira, potpuno
tvoj - po Mariji k Isusu”
El Señor desea y necesita a sus obreros, a
sus colaboradores, a sus hijos. Gracias a este
evento, (el encuentro de las Comunidades
n.d.r.) he podido ver como el Señor llama a
sus obreros y he reconocido, en la presencia
de las comunidades en Medjugorje, un gran
don. He llegado a comprender más profun-
damente cuánta riqueza trae la diversidad de
nuestros carismas y qué importante y con-
creto testimonio representan para el “mun-
do” que viene continuamente a Medjugorje.
Compartir simplemente lo que es el propio
camino, nuestra espiritualidad, nuestra vida
cotidiana,…también numerosas carcajadas
espontáneas nos han reunido en un espíritu
de comunión. Pienso que, durante la Santa
Misa, celebrada conjuntamente, hemos podi-
do expresar mutuamente y de buena manera
nuestra alegría y gratitud a Dios. En ese
momento, más que nunca, el Señor estaba en
el centro. A Él llegaba nuestra alabanza,
nuestras almas sólo deseaban pertenecerLe.
Se sentía la gracia de la bendición de Dios,
Padre Nuestro, y la mirada materna y amo-
rosa de nuestra Reina de la Paz.
El Señor nos ha concedido el hermoso
don de poder ofrecernos a Él, de poder
confiarLe por entero nuestra vida, de poder
expresar nuestra originalidad en la libertad
sirviéndoLe. Abrigo una gratitud inexpresa-
ble por lo que Dios ha hecho por mí, donán-
dome esta vida y llamándome a la vida en
comunidad. Y veo cuán importante y valio-
sa es cada llamada, cuando aporta vida.
Sor Lioba
Comunidad de las Bienaventuranzas
Es siempre enriquecedor cuando nos
juntamos todos. La alegría y el amor que se
siente entre nosotros, el encuentro con los
hermanos y hermanas de otras comunidades
y otros países, culturas y continentes es para
mí una degustación anticipada de Cielo: por
muy distintos que seamos, todos estamos
reunidos en la gran familia de Dios.
Esto me recuerda el mensaje de María
del 25 de julio de 1999: “Deseo que enten-
dáis que aquí no quiero realizar sólo un
lugar de oración, sino también un encuentro
de corazones. Deseo que mi corazón, el
Corazón de Jesús y vuestro corazón se fun-
dan en un único corazón de amor y de paz.”
Allí donde podamos vivir esto, experimen-
tamos ya el Reino de Dios, y nuestro cora-
zón es feliz pensando en el amor eterno.*
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Entrevista al P. Tomislav
Veinticinco años con María
Se cumple este año el 25º aniversario
de las apariciones de la Virgen en
Medjugorje. Tú has sido testigo de los
eventos extraordinarios de los primeros
años. ¿Qué es lo que se despierta hoy en
tu memoria, a la luz de tu camino perso-
nal y de tu experiencia sacerdotal?
Desde el punto de vista de mi pasado en
Medjugorje, en este instante no me vienen
muchas cosas a la memoria. Desde 1985 me
he retirado gradualmente de Medjugorje
para vivir en la contemplación. Según iba
teniendo una relación más cercana a Dios, se
abría la memoria de mi alma, ese espacio en
el que el Espíritu Santo asumía cada vez más
el papel de actor principal, y revelaba el
Misterio. En esta memoria no están tan pre-
sentes los fenómenos de Medjugorje como
tales, sino más bien la verdad divina de Dios
vivo y verdadero, de la Madre de Dios que
está presente en nosotros y que obra en noso-
tros. Ésta es la verdad acogida por la Iglesia.
Todo el que recibe una gracia extraordi-
naria debe hacerla fructificar a favor de la
Iglesia. Prueba de ello es que los videntes
han dicho, a propósito de algunos secretos,
que cuando éstos sean revelados, para
muchos será ya tarde. Esto significa que la
atención está puesta sobre nuestra participa-
ción en la acción divina en nosotros, inclui-
da la que se manifiesta en Medjugorje de
modo tan extraordinario.
¿Qué es, pues, lo más importante para ti
en lo que concierne a Medjugorje?
Como decía, la memoria de nuestra alma
lo graba todo, en ella todo queda almacena-
do. El Espíritu Santo nos va revelando poco
a poco el contenido, para llevarnos a la ver-
dad por entero. Todo queda confiado a la
Iglesia para que seamos llevados a Dios y se
desarrolle en nosotros el depósito de la ver-
dad divina.
Para todos nosotros es muy importante
acoger a la Madre de Dios en su relación
con Dios, en el evento salvífico que se rea-
lizó en Ella, en su persona. Siguiendo su
ejemplo y dejándonos guiar por su amor
materno, participamos en su glorificación. A
través de Ella concebimos a Cristo en noso-
tros, y en nosotros Él crece, se ofrece y entra
en la gloria. Por medio de María Santísima
nos insertamos en el evento salvador de
Cristo. Se trata de un recorrido dinámico
que implica al ser humano en todos los nive-
les de su existencia y lo lleva a desarrollar-
se. Por tanto le llega incluso a desconcertar
y a turbar, en el buen sentido de la palabra.
Quien acepta esta acción de Dios y se con-
vierte, se deja introducir por entero en el
acontecimiento de la salvación, que es obra
de Jesucristo, el Salvador, convirtiéndose él
mismo en instrumento de la acción divina.
Si esto no llega a ocurrir, el hombre se cie-
rra en su pequeño mundo, aun permanecien-
do como creyente.
La Virgen en Medjugorje llama continua-
mente a la conversión. ¿Piensas que la
gente se ha convertido de verdad?
Los frutos son numerosos y evidentes. Si
ha habido o no conversión verdadera, deje-
mos que sea el Cielo que juzgue. En el men-
saje del 25-12-2005 dado a Jakov, la Madre
dice: “Queridos hijos, en todo el tiempo que
Dios me ha permitido estar con vosotros, os
he llamado continuamente a la conversión.
Muchos de vuestros corazones han perma-
necido cerrados… Comenzad a orar. Orad a
Dios por el don de la conversión.”
Creo que
estas palabras nos debieran hacer reflexio-
nar seriamente.
¿No piensas que el mensaje que has cita-
do contiene acentos demasiado severos,
que podrían desalentar a los que tienen
buena voluntad pero se sienten débiles?
¡Claro que no! Aquí erramos porque
entramos en nuestros miedos y buscamos
excusas. San Francisco de Asís, al final de
su existencia terrena, decía a los frailes:
“¡Hermanos, empecemos de nuevo, porque
hasta ahora no hemos hecho nada!”
Son
palabras de gran significado para nosotros.
Quien se abre a Dios, ve siempre delante de
sí horizontes nuevos, y recibe siempre gra-
cias nuevas. Es arrastrado por la fascinación
de la vida en Dios y con
esa misma fascinación
vital atrae a los demás a
Dios, los implica y los
desconcierta. En este
tiempo nuestro, en el
que el mal nos acecha
por todos lados, Dios
espera que sus hijos se
dejen implicar comple-
tamente en su vida divi-
na, para que puedan a su
vez atraer a los demás y
así abatir y destruir el
mal, y hasta la misma
muerte. Si los creyentes
se quedan de lado en
esta acción dinámica,
quedan indefensos, no
llegan a la conversión
auténtica y sufren la
agresividad del mal.
En el mensaje citado,
la Virgen nos invita a
orar. Es la enésima
invitación después de
tantos años, que se
repite puntualmente.
¿Por qué?
Porque la Virgen
permanece fiel a sí mis-
ma. Nos indica el cami-
no, nos muestra los
medios más adecuados para despertar en
nosotros la vida divina en toda su dimensión.
No cabe duda de que la oración permanece
como el medio fundamental para participar
activamente en la vida de la gracia.
¿Por qué muchas de nuestras oraciones
no son correspondidas, aun cuando nos
parece pedir cosas buenas?
San Agustín lo explica diciendo que las
personas oran “mali”(malos), “male”(de
mal modo), y”mala” (para cosas malas).
Esto significa que, cuando somos malos,
oramos de mala manera, con malas inten-
ciones. Giramos entorno a nosotros mismos,
queremos implicar a todo y a todos, Dios
incluido, en nuestra necesidad egoísta y
egocéntrica. Y Dios se aparta de todo esto.
En el mensaje del 25-12-2005 que he
citado antes, se leen todavía estas palabras
de la Virgen: “Queridos hijos, Jesús es paz,
amor y alegría. Por tanto decidios por
Jesús”.
La verdadera oración eleva a la per-
sona orante, la introduce a la vida de Cristo,
apartándola del egoísmo y haciéndola parti-
cipe de la dinámica de la salvación. Ésta es
la oración que alcanza su finalidad.
¿Podrías decirnos algo sobre el ayuno al
que siempre la Virgen nos ha llamado, y
que muchos ven con dificultad o no tole-
ran?
Debemos comprender que en los planes
de Dios, todo esta relacionado de manera
armónica. Así el ayuno, independientemente
del modo en que se realiza, debe ayudar a la
persona a abandonar el consumismo material
y espiritual, y despertar la búsqueda de Dios,
y empujarle hacia la conversión. También el
ayuno, como la oración, es uno de los medios
indispensables para llegar a Dios.
¿Qué consejos puedes darnos para pro-
gresar en el camino espiritual?
La finalidad de nuestra vida es la de
entrar en unión mística con Jesús, entrar en
la plenitud de su vida. Si tenemos al Hijo,
tenemos también al Padre y el Espíritu Santo
nos guía, como dice San Juan Apóstol. Si
nos dejamos implicar y conmover por
Jesucristo, entonces nos convertimos en su
pueblo y Él en el Emmanuel, el Dios con
nosotros.
Todas las apariciones, todas las
gracias que se nos dan, tienden a que alcan-
cemos esa finalidad.
Si caminamos decididos en esa direc-
ción, o sea hacia la unión total con Jesús, en
nuestra vida va a cambiar todo. La fe, la
esperanza, el amor se vuelven dinámicos,
capaces de implicar y turbar a los demás. Así
nos insertamos en la acción de la gracia divi-
na y nos convertimos en partícipes del man-
dato de los apóstoles, llenos de la fuerza del
Espíritu Santo. Si no, nos quedaremos ence-
rrados en nuestra religiosidad superficial,
girando entorno a nosotros mismos, a nues-
tra preocupación por el futuro, buscando
implicar a los demás no en Dios sino en
nosotros mismos. Entramos pues en un
remolino destructivo.
No parece que el mundo esté yendo bien.
Mucha gente está preocupada y pesimis-
ta. ¿Crees que está cambiando algo en el
mundo?
¡Muchas cosas están cambiando! Dios es
el verdadero protagonista de la historia, aun-
que pensemos que está escondido. Su acción
es silenciosa, queda oculta a los “grandes” de
la tierra. Transforma todo y no quiere dañar
nada. Permite hasta las crisis de la humani-
dad, para que el hombre busque a Dios y se
convierta. Dios hace cosas maravillosas tam-
bién hoy, a menudo a través de los pequeños,
de los sencillos, de los más escondidos. De
hecho, es como ha actuado siempre en la his-
toria, también en la vida de la Virgen María.
¿Qué se espera de este 25º aniversario de
las apariciones de Medjugorje?
¡Un jubileo es siempre un jubileo! Trae
muchas gracias y abre grandes escenarios a
la acción divina. Por ello espero mucho.
Especialmente espero el despertar del pue-
blo de Dios en la oración, en la conversión,
en el ayuno, para poder ser envuelto en
Dios. Espero cada creyente comprenda que
el escenario principal de la acción de Dios
está en sí mismo, en su alma. Los frutos lle-
garán tanto dentro como alrededor de cada
persona. El pueblo de Dios, de este modo,
verá realizarse las promesas de Dios, verá la
salvación de la humanidad. Entonces saldrá
de los creyentes el anuncio de la salvación
para cada hombre. Es mi esperanza y tam-
bién mi oración a Dios y a Nuestra Madre.*
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Mas allá de todo pensamiento e imagi-
nación. Mas allá de nuestra capacidad y de
nuestros méritos. Mas allá de nuestros pro-
yectos y nuestros rechazos. Así es como la
Virgen se presenta en Medjugorje. Y lo hace
mas allá de nuestra lógica. Mas allá de la
voluntad de retenerla o de ignorarla. Mas
allá de toda ley humana y toda razón.
Desde hace casi 25 años la Virgen visita
de este modo a sus hijos, inmersos aún en el
tiempo y el espacio, para ayudarles a traspa-
sar sus umbrales. Ya hoy. Aquí en esta tierra.
¿LOS MEDIOS?
La oración - continua y libre de todo
esquema. El sacrificio - amoroso y genero-
so. La Santa Misa - con participación plena
y celebrada vivamente. La Palabra - vivida
en una liturgia continuada, que nos trasfor-
ma en evangelios vivientes. Todo esto, uni-
do a una acogida incondicional de la Madre,
nos hace capaces de habitar en el Cielo aun
permaneciendo con los pies en el suelo de
esta tierra; y nos ayuda a ser testigos verda-
deros de un reino que no nos espera tras la
muerte, sino que está ya aquí entre nosotros.
María ha venido a recordárnoslo. Ha
venido a renovar en nosotros el anuncio de
que Ella misma acogió al ángel en aquel día
en el que el Verbo, en su seno, se hizo car-
ne: la noticia de que Dios se hace como uno
de nosotros para reconducirnos a Él, para
arrancarnos de la mordedura de la corrup-
ción que destruye nuestra naturaleza y para
mostrarnos el modo de elevarnos a una
dimensión que nos hace inmunes ante cual-
quier corrupción. Pero para entenderlo
debemos ante todo dejar entrar a María en
nuestra vida.
De modo real, natural. Ya no
es tiempo de esas devociones que la relegan
al plano de recitar, de usar fórmulas, de imá-
genes en tela o en yeso, aunque el sofistica-
do mundo de los bienes materiales nos quie-
re hacer creer que sólo cuenta lo que se ve y
se posee. Para no dejarnos engañar hace fal-
ta entonces transparentar lo invisible, lo
que nuestra mirada interior ha acogido y
reconocido como verdad.
¿PERO CÓMO HACER?
Es tan sencillo como respirar. Sí, porque
María es como el aire fresco. Es una “pure-
za fresca” que alienta el alma, que oxigena
el espíritu, que da vigor a nuestros miem-
bros apagados y adormecidos por el sueño
de la rutina. Es una “pura frescura” que rea-
viva nuestra sangre y la hace más fluida, de
tal modo que corriendo por nuestras venas,
reaviva en nosotros las ganas de vivir, de ser
y de gozar.
Todo esto se experimenta cuando en
Medjugorje nuestros pies pisan las piedras
de aquella pequeña montaña donde desde
hace ya 25 años la Virgen decidió aparecer-
se: el Podbrdo. A mí me gusta llamarlo el
Monte de la Madre. Allí donde, si escuchas
con atención y permaneces en silencio pro-
fundo, puedes oír su respiración, sentir su
aliento ligero y delicado que te acaricia la
piel, que te penetra en los huesos y te hace
sentir su beso maternal. Te habla de Ella, te
confirma su presencia invisible pero absolu-
tamente real, concreta y cierta. Al bajar del
monte sólo cabe decir: “María está aquí. Yo
la he encontrado. Sí, porque Ella me ha lla-
mado, esperado y abrazado.”
¿ENTONCES QUÉ DEBEMOS HACER AL
RETORNAR DE ESE LUGAR DE GRACIA?
Al volver a nuestras casas, en nuestros
pequeños mundos basados en relaciones,
deberes, compromisos, ritmos marcados no
por el corazón sino por las manecillas de un
reloj, ¡nuestra alma debería emanar la fra-
gancia de Maria!
Me explico. Tras haberla
absorbido, debemos esparcirla en el aire,
para que los demás puedan, a su vez, respi-
rarla. Y dejarse inundar, llenarse de Ella.
Como el aire fresco que entra por una venta-
na abierta, la Virgen los renovará. Es el
momento en el que lo invisible se vuelve
visible.
El momento en el que lo eterno
irrumpe en el tiempo y sobrepasa sus limites.
MARÍA NOS PROPONE AMPLIOS
HORIZONTES
Sólo hay que tener el coraje de aventurar-
se a través de su Corazón, sin dejarse atemo-
rizar por la ausencia de esos límites que nor-
malmente el hombre crea entorno a sí mis-
mo. Estamos habituados a las estructuras, a
nuestras leyes y convenciones humanas que,
habitualmente, construimos por miedo a lo
desconocido que no podemos controlar. Pero
unidos a Ella, se puede acceder mas allá del
tiempo y del espacio, dilatando nuestro yo,
hasta donde Dios lo consienta. Y entonces
podremos gozar de toda la plenitud, de la que
nuestra alma es capaz. María está, pero no se
deja capturar. Se ofrece, pero no se deja pose-
er. Ni instrumentalizar. Como Jesús mismo,
peregrino en los caminos de Palestina. La
Reina de la Paz está con nosotros desde hace
casi 25 años para guiarnos en este tiempo
difícil, y al mismo tiempo, valioso para nues-
tras almas. Lo hace con toda la gracia que
habita en Ella, arrancándole a Dios minutos,
para instruirnos, consolarnos, confirmarnos y
exhortarnos.
HA DICHO MUCHO EN SUS MENSAJES
Pero aún mucho mas, ha orado, ha ama-
do y, seguramente también, sufrido, obser-
vando a sus hijos a menudo distraídos,
cerrados, indiferentes y hasta reacios. Creo
que ha llegado el tiempo de sintetizar hones-
ta y realmente para comprender con mayor
nitidez el proyecto que Dios quiere realizar
a través de Medjugorje. Una toma de con-
ciencia responsable que nos empuje a res-
ponder siempre con una mayor calidad a las
llamadas de María, una Madre que no se
olvida nunca de agradecernos por “haber
respondido a su llamada”.
Stefania Consoli
Mas allá del tiempo y del espacio
El gran proyecto de luz
de Giuseppe Ferraro
En el corazón del mensaje de la Reina de
la Paz hay una clarísima línea de luz, un
plan de gracia de dimensiones inimagina-
bles, que Dios está donando al mundo por
medio de María. Tal vez no es inútil, en vis-
tas al gran jubileo de 25 años de aparicio-
nes de la Madre de Dios,
intentar afinar la
mirada del corazón para acoger el núcleo
esencial de este gran misterio de amor.
María, en sus mensajes, hace a menudo
referencia a un extraordinario programa
de salvación que Dios Padre le ha confia-
do en este tiempo,
que Ella define como
un tiempo especial” (25.6.1993),”ligado
al cielo de manera especial a través de Mí”
(25.5.1996). Este extraordinario proyecto de
gracia nos parece que encierra la llave del
sentido espiritual mas verídico y de la moti-
vación más profunda de la presencia de la
Reina de la Paz entre los hombres: “Deseo
agradeceros porque me ayudáis a realizar
mi proyecto”
(Mens. 26.6.2004), “Queridos
hijos, me habéis ayudado con vuestra ora-
ción a realizar mis proyectos, permaneced
en la oración, para que estos proyectos se
realicen totalmente
(27.9.84).
La Virgen nos invita de hecho a no
banalizar el significado auténtico de su
presencia
, a no reducirla indebidamente a
un rango loable pero en el fondo simple de
devoción mariana. Ella subraya en cambio
con fuerza el carácter explícitamente bíblico
e intensamente profético
de este gran even-
to de gracia, que irradia una esencial
dimensión eclesial
y que se inscribe con
letras mayúsculas en el gran proyecto divino
del cumplimiento de la obra de salvación
humana: “Orad, Dios os ayudará a descu-
brir la verdadera razón de mi venida. Por
tanto, queridos hijos, orad y leed la Sagrada
Escritura, para que, a través de mi venida,
podáis descubrir en la Sagrada Escritura el
mensaje para vosotros.” (Mens. 25.6.1991);
“Leed la Sagrada Escritura, vividla y orad
para poder comprender los signos de este
tiempo”
(Mens. 25.8.93).
Recorriendo los mensajes, la historia y
la difusión de diversos frutos espirituales
nacidos
de la gracia dinámica de
Medjugorje, es posible captar las líneas fun-
damentales evolutivas de esta vertiginosa
efusión de luz redentora, que pasa, como en
toda obra divina, a través de un inescrutable
“mysterium electionis”, escondido en el
Corazón del Padre.
Los instrumentos de los que se sirve
María, para realizar su programa de luz se
distinguen, según el estilo de Dios, por su
absoluta inadecuación a los ojos del mun-
do.
Al principio, una pequeña Comunidad
parroquial, situada en un oscuro suburbio
perdido de los Balcanes, en una región des-
conocida para la mayoría, “…conseguiréis y
me daréis la alegría de ver realizado por
entero el proyecto que Dios tiene sobre
Medjugorje”
(Mens. 7.2.85).
En este lugar Ella se manifiesta al prin-
cipio por el testimonio de los seis jóvenes
videntes,
entonces casi todavía niños.
Después a través de la obra de otras almas
sencillas,
a menudo enriquecidas por secre-
tos y carismas espirituales, cada una de ellas
llamada a una misión especifica que se
inserta como una armoniosa tesela de luz en
el gran mosaico de amor de María.
Por eso, comunicándose directamente al
corazón de sus hijos, Ella atrae a este lugar
donde “se halla la fuente de la gracia”
(Mens. 8.5.86), a multitudes “de toda estir-
pe, pueblo y nación”. Almas inscritas desde
la eternidad en el Corazón del Altísimo, lla-
madas a servir de modo especial a los pro-
yectos de salvación: “Queridos hijos, quie-
ro que comprendáis que Dios ha elegido a
cada uno de vosotros en su plan de salva-
ción para la humanidad”(Mens. 25.1.87);
“Cada uno de vosotros es importante en mi
plan de salvación” (25.5.93)
Cada uno está llamado a responder con
total libertad y sencillez filial a la llamada
que Dios dirige por medio de Ella: “Por
tanto, queridos hijos, deseo que vuestras
decisiones sean libres ante Dios, porque Él
os ha dado la libertad”
(Mens. 25.11.1989);
“..vosotros estáis invitados y debéis respon-
7
background image
Me pregunto: ¿por qué el hombre, por no
decir nosotros, se lamenta a menudo, por qué
no acoge y no ama al prójimo, por qué se
apropia de los demás y de sus cosas, por qué
grita y no se contenta nunca?
Quizás porque no sabe alabar y agradecer a
su Señor.
No sabe alabar y agradecer al Padre por
los dones recibidos y por lo que recibe con-
tinuamente, y sobre todo por el Don, que es
su Hijo Jesús. No alabando y no agradecien-
do, el hombre pierde el don recibido y no ve
cuánto le ha sido dado y cuánto le es dado
continuamente.
Además la alabanza y el agradecimiento
son dones de lo Alto muy queridos. Es el
medio que la Providencia concede al hom-
bre para corresponder al don recibido.
Agradeciendo y alabando a Dios, nosotros
correspondemos a la gracia, obviamente,
como pobres hombres, pero no importa, a Él
le gusta así.
Obrando así, nos hacemos capaces, por
gracia de Dios, de corresponder a lo que
Dios nos da. ¡Sorprendente!
De este modo, la vida de gracia es un
intercambio de dones: de Dios al hombre y
del hombre a Dios. Incluso el Paraíso, que
comienza en esta tierra, es un don continuo
de Dios al hombre al que puede correspon-
der con la alabanza y el agradecimiento.
Pienso en el Paraíso como este intercambio
de dones entre Dios y el hombre, para toda
la eternidad.
Un cristiano no puede existir sin alaban-
za y agradecimiento a su Señor. El cristiano
es la persona de la alabanza y del agradeci-
miento, no puede ser de otro modo; también
la Eucaristía es agradecimiento.
La capacidad de alabar y de agradecer a
Dios es un don potente hecho al hombre
desde lo Alto para acabar con el mal, para
hacer huir al maligno que nos hace ver sólo
cosas malas y perspectivas negativas, y nos
impide ver el Don.
Entonces alabemos siempre y no nos
lamentemos de lo que sucede sino que con-
fiémoslo todo a Dios, que provee y guía
cada cosa para lo mejor.
Quizás así podremos ver cosas maravi-
llosas, incluso milagros. ¡Intentémoslo!
Me pregunto: ¿cuál puede ser el motivo
por el que María siempre nos da las gracias
en sus mensajes? Que sea una sencilla forma
de cortesía me parece un pensamiento muy
limitado. Quizás María da las gracias por-
que ha aprendido bien del Hijo Jesús que el
agradecimiento es importante para la vida,
porque agradecer quiere decir amar, porque
agradecer quiere decir crear comunión, por-
que agradecer es una actividad del Cielo,
porque Jesús agradecía siempre al Padre.
Bien. Si es así, como parece, hagámonos
el propósito de agradecer y alabar siempre a
nuestro Señor por lo que tenemos y por lo
que somos. Pidámosle a Él que nos convir-
tamos verdaderamente en personas de la
alabanza y del agradecimiento: así tendre-
mos el gozo para nosotros y para los demás.
En este año en que se celebra el 25º ani-
versario de las apariciones de María en
Medjugorje, verdadero don de gracia,
demos gracias especialmente a la Divina
Providencia, y acordémonos de hacerlo a
menudo: es la mejor manera de no perder el
don, de hacer que “estos talentos” que se
nos ofrecen den fruto.
Pietro Squassabia
Villanova M., 25 de enero de 2006
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Que nos bendiga Dios Omnipotente,
el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
Amén.
der a la llamada del Padre, que os llama a
través de mí”
(Mens. 25.10.1987). Éste es el
paso decisivo,
que si se acoge, genera una
tal extraordinaria efusión de gracia que ini-
cia, de modo concreto, el proyecto de María
en nosotros y a través nuestro. “Yo sólo
espero que me deis vuestro sí para ofrecér-
selo a Jesús, y que Él, así, os llene de Su
gracia.
(Mens. 25.5.1992). Ella, de hecho,
espera de sus hijos un “sí” incondicional,
para que lo ofrezcamos al Padre unidos al sí
que brotó de Su Corazón Inmaculado, para
poder introducirnos en una relación viva
de comunión con el Corazón de Su Hijo:
“Invito a todos los que me han dado su sí a
renovar la consagración a mi Hijo Jesús, a
Su Corazón y a mí, de forma que podamos
utilizaros aún más eficazmente como instru-
mentos de paz en este mundo sin paz”
(Mens.25.04.1992)
Pero la consagración al Corazón de
Cristo significa “tener en nosotros los mis-
mos sentimientos que tuvo Jesucristo”
(Fil
2, 5), es decir, la plenitud del Amor puro
de Dios,
de esa misma savia espiritual que
se manifiesta concretamente en la plena y
libre donación al Padre por la salvación del
mundo: “Éste es mi mandamiento: que os
améis unos a otros como yo os he amado.
Nadie tiene un amor más grande que el que
da la vida por los amigos”
(Jn 15, 13). Por
esto la Reina de la Paz, como lo hizo ya en
Fátima a los tres pastorcillos, no cesa de
exhortar a la multitud de sus hijos a reco-
rrer con Ella un camino de ofrecimiento
total a Dios:
“Testimoniad con vuestra
vida. Sacrificad vuestras vidas por la salva-
ción del mundo” (Mens. 25.02.1988);
“Ofreced vuestros sufrimientos a Dios como
un don para que se conviertan en una bellí-
sima flor de gozo”
(Mens. 25.09.1996);
“Reconciliaos unos con otros y ofreced
vuestra vida para que reine la paz en toda la
tierra”
(Mens. 25.12.1990).
Éste es de hecho el núcleo decisivo de
Su gran proyecto de salvación: hacer que
seamos gozosos canales de la Vida y del
Amor puro de Dios para el mundo, dejándo-
nos transformar interiormente según la
medida de Su Corazón Inmaculado, hasta
convertirnos casi en una prolongación de Su
presencia viva entre los hombres:
“Queridos hijos, ...hoy os invito a abriros a
mí para convertiros en instrumentos en mis
manos por la salvación del mundo...”
(Mens. 25.03.1994); “os invito a vivir mis
mensajes y a propagarlos por todo el mun-
do, para que un río de amor fluya entre la
gente llena de odio y sin paz. Os invito hiji-
tos a ser paz donde no hay paz, y luz donde
hay tiniebla, para que cada corazón acepte
la luz y el camino de la salvación”
(Mens.
25.02.1995).
Sólo así ese inmenso “río de agua lim-
pia como el cristal” (Ap 22, 1), que brota
incesantemente del Corazón del Altísimo,
podrá derramarse plenamente en el mundo y
sanar a todas las almas y a la creación
entera
, a través de la obra salvífica de la
Iglesia plenamente renovada en María: “Os
invito queridos hijos a comprender la
importancia de mi venida y la seriedad de la
situación. Quiero salvar todas las almas y
ofrecerlas a Dios”
(Mens. 25.08.1991).
Sin embargo la culminación salvífica
de este extraordinario programa de gracia
sólo podrá alcanzarse a través del ofreci-
miento,
en cada lugar espiritual del univer-
so, no sólo a través de la dimensión sacra-
mental, sino también en esa encarnada y
existencial del Cuerpo Eucarístico del Hijo,
vivo y palpitante de amor en plenitud en las
nuevas Comunidades
que Ella misma ha
suscitado en este tiempo. Por esto Ella está
guiando, con distintos carismas, núcleos
espirituales de un nuevo pueblo de almas
completamente ofrecidas a Dios.
Un pue-
blo capaz de expresar ese misterio de
Comunión que constituye la esencia misma
de la única Iglesia, antigua y nueva; el don
supremo entregado a los hombres por el
cual Cristo ha derramado su sangre y a tra-
vés del cual aún hoy quiere irrigar el mundo
con las inagotables corrientes de vida que
brotan de Su Corazón traspasado, “pues no
hay ningún otro nombre bajo el cielo dado a
los hombres, por el que tengamos que ser
salvados”.
(Hch 4, 12).
Éste es el fermento de vida que la
Madre de Dios desea difundir hoy en
todas las naciones y continentes,
para
regenerar plenamente también en la tierra,
como ya ocurre en la Iglesia celeste, a los
miembros del Cuerpo Místico del Hijo y
guiar así al universo entero a Su mismo paso
pascual; el único que nos hace pasar de la
corrupción y de la muerte, a la vida inco-
rruptible de los nuevos cielos y de la tierra
nueva, de los que la Reina de la Paz consti-
tuye para todos un signo muy cierto y un
anuncio luminoso.*
Un pensamiento para el Eco
“Damos gracias a Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo” (Col 1, 3)
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